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La insignia
24 de enero del 2003


Guerra en Irak:
¿Revitalizador de la economía estadounidense?


__Especial__
EEUU en guerra
Jacobo Quintanilla
Agencia de Información Solidaria (AIS).
España, enero del 2003.



La guerra de Kosovo fue, en palabras de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, "la guerra inaugural del siglo XXI". Después de la intervención en Afganistán en octubre de 2001, parece más que seguro que nos encaminemos ya hacia la tercera.

En el pasado, el aumento de los gastos de defensa producidos por las grandes guerras originaron auges económicos. La II Guerra Mundial sacó a la economía estadounidense del desplome producido por el crack del 29 y la colocó como potencia hegemónica mundial. Hoy, EE.UU. destina 370.000 millones de dólares anuales al presupuesto de defensa. La inversión en su industria de guerra ha tenido hasta el momento la capacidad de animar sus mercados, el consumo y las inversiones, es decir, tiene capacidad teórica para relanzar la economía en un momento especialmente crítico para la administración Bush, que arrastra un déficit de 360.000 millones. Parece indudable que EE.UU. se impondrá con una fuerza aplastante si entra en conflicto con Irak, pero sí existen muchas incógnitas sobre cuánto costará realmente la guerra a las arcas estadounidenses y qué consecuencias económicas tendrá en los mercados. “Se entra en la guerra muy preparado militarmente pero no económicamente”. Así de contundente es William D. Nordhaus, profesor de Economía de la Universidad de Yale, en su informe sobre las consecuencias económicas de la guerra contra Irak.

Hasta el momento, el Congreso americano sólo ha presentado dos estudios detallados sobre el coste de la guerra. Partiendo de que se tratará de una intervención rápida y exitosa, se calculan entre 50.000 y 140.000 millones de dólares, en el peor de los casos. ”La administración Bush no ha hecho ningún cálculo público serio de los costes de la guerra que se avecina”, afirma Nordhaus, y es que al margen de estos costes militares directos cuantificados, para Nordhaus existen además unos “gastos adicionales” después del conflicto de los que nada dicen los informes del Congreso, al igual que no contemplan la posibilidad de que se alargue el conflicto.

Hasta septiembre de 2002, EE.UU. se gastó 13.000 millones de dólares en la guerra de Afganistán, pero tan sólo destinó 10 a “otros gastos”, léase ayuda humanitaria y trabajos civiles. Nordhaus denomina esta predisposición demostrada por EE.UU. en las últimas décadas “filosofía del conductor que atropella a alguien y se da a la fuga”, y esta parece ser, a raíz de los datos facilitados por los estudios del Congreso, la misma tendencia que seguirá a la hora de comenzar el proceso de reconstrucción de Irak tras la guerra.

Los primeros “gastos adicionales” no cuantificados por el Congreso a los que se refiere Nordhaus tienen que ver con la necesidad de establecer una fuerza de ocupación y mantenimiento de la paz, cuyos gastos estima, basándose en la guerra de Kosovo, entre los 17.000 y 45.000 millones de dólares al año. Otros costes serían las tareas de reconstrucción material e institucional de Irak, es decir, una especie de “Plan Marshall para Irak” que necesitaría de entre 25.000 y 100.000 millones de dólares para su completa consecución. Y además, el coste de la asistencia humanitaria, que requeriría de entre 1.000 y 10.000 millones de dólares para atender a entre uno y cinco millones de iraquíes.

Tras analizar estos “otros elementos”, Nordhaus afirma que la guerra más barata (intervención corta y rápida estabilización de la zona) costaría 120.000 millones de dólares. Pero el peor escenario de guerra larga (repliegue irakí en las principales ciudades y que la producción de crudo quede inutilizada) podría suponer 1,6 billones de dólares. “Es bastante probable que los estadounidenses subestimen el compromiso económico que implica una guerra contra Irak”, comenta el experto.

Otro dato importante es saber quién se hará cargo de todos estos gastos. Parece obvio que si EE.UU., dentro de su política de “ataques preventivos”, decide actuar de forma unilateral desatendiendo la resolución de Naciones Unidas, será quien deba hacerse cargo de la mayor parte de los gastos. Una posible fuente de financiación serían los ingresos procedentes del petróleo, unos 25.000 millones de dólares, siempre que Irak recupere una producción de 4 millones de barriles al día, circunstancia que se prevé en cinco años y que apenas cubriría las necesidades de la población, y de que Irak no destruya sus pozos como ya hiciera en 1991.

Nordhaus también asume el presupuesto de que la guerra origine una crisis de suministro mundial de petróleo. Según George Perry, economista de la Brookings Institution, en el escenario más negativo, el precio del barril de crudo podría triplicarse alcanzando los 75 dólares, arrastrando irremediablemente a los mercados y provocando probablemente una recesión en la economía mundial. Así que, aunque improbable según Nordhaus, si la guerra se alarga y la situación se complica, “incluso sin ningún impacto en el precio del petróleo, las reacciones económicas podrían recordar la brusca desaceleración de 1990-91 o el desplome posterior al 11-S”. Así que lejos de que la guerra vaya a producir crecimiento económico y un despegue en la economía mundial, parece ser que los americanos tendrán que pagar, mediante subidas de impuestos, recortes de gastos y aumentos de intereses, parte de los onerosos costos de la guerra.

A excepción de los costes militares directos, todos los cálculos de Nordhaus deberían considerarse -como él mismo afirma- “conjeturas bien fundadas”. Sin embargo, como dijo John Maynard Keynes, es mejor tener razón de forma vaga que estar equivocado de forma precisa. La única garantía para el crecimiento de las economías es un panorama de paz, de consenso multilateral y de estabilidad internacional.



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