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La insignia
2 de enero del 2003


México-España

Encuentros en la tercera fase


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Y ETA contestó a Marcos
Jesús Gómez
La Insignia. España, enero del 2003.



«Gracias, Marcos» era el título del texto que uno de los comisarios políticos de Gara, periódico del brazo político de ETA, dedicaba al subcomandante el pasado día 31 de diciembre en las páginas del diario La Jornada. Es difícil que se pueda encontrar símbolo más explícito y clarificador sobre los despropósitos del otrora defensor de derechos indígenas y hoy receptor de esa clase de aplausos.

En esta ya vieja historia se han terminado las excusas. Lejos de haber rectificado, el sub Marcos se empeña en dar la razón a quienes desde el principio consideraban que no estábamos ante un turista político sino ante algo bastante más grave. Pero ni en eso tiene suerte: su desconcierto es más obvio que nunca en su última carta, donde mezcla Montes Azules con batallones de San Patricio, supuestas vasquidades de Navarra, un verdadero cacao mental de referencias inconexas y la habitual gama de preguntitas y posdatas naif. En mi opinión, no parece ése el comportamiento de un cómplice consciente del fascismo representado por Batasuna. Parece más bien la actitud de una marioneta pasada de copas y por supuesto el punto final para la escasa credibilidad que aún pudiera tener.

Mucho ha cambiado, sin embargo, en las semanas transcurridas desde la famosa reaparición del redactor de cartas a finales de noviembre. Para bien, en la medida en que siempre es bueno que un líder político incompetente se cave su propia tumba (es bastante inusual en su gremio), y para mal en la medida en que ha dañado con su torpeza las justas reivindicaciones del movimiento zapatista. Aunque peque de incidir en lo dicho, no se puede pasar por alto que el sub Marcos está hablando en todo momento en nombre del EZLN. No interviene a título personal, sino con la cobardía de ampararse en un colectivo al que ha convertido en rehén de sus propias locuras. Lamentablemente, el EZLN ha asumido la responsabilidad política derivada, más allá de cualquier posible duda, al no desmarcarse de las mencionadas declaraciones. Bien al contrario, tras un presunto comunicado de condena, llegó una nota que anulaba lo dicho (por quién) y dejaba las cosas en su lugar: cierre de filas en defensa del intocable.

De no ser por el uso de la red de distribución del EZLN, cualquiera diría que Marcos es lo que en los foros de Internet se conoce como un troll; es decir, un emisor de mensajes malintencionados dirigidos a interrumpir, sabotear o cambiar el rumbo de un debate. Pero su egolatría le pierde y anula en parte la táctica; tanto yo, tanto giro sobre sus propios gustos y manías a partir de un estilo que empeora con el tiempo, es más clarificador incluso que el contenido de sus intervenciones. Hasta el punto de que cuesta recordar que estamos ante un dirigente político y no ante un mal escritor inventado por el mercado editorial que acertadamente critica. Sin embargo, hagamos un penúltimo esfuerzo y recordemos.

Se sabe que con los silencios y las omisiones se dice tanto como con las palabras. Cuando un medio de comunicación, un gobierno o un partido político, subrayan un hecho determinado y callan otro, están haciendo política en un sentido evidente. En su primera carta de noviembre -sólo algo más impresentable que la de esta semana- el sub Marcos reservaba todo el afán descalificador y los insultos no precisamente a los asesinos ni a sus cómplices. No, ellos sólo han merecido hasta el momento su respeto, como volvió a demostrar más tarde, en la farsa del encuentro por la paz, al equiparar a un vulgar grupo terrorista y a su instrumento político con el propio Estado de Derecho y sus representantes democráticos. La posterior condena de la violencia política no debería engañar a nadie: siendo ésta el factor esencial en el conflicto de Euskadi, donde nadie puede hablar sin miedo, el señor Marcos ni siquiera consideró que fuera digno de mención. Lo olvidó, convenientemente.

Miente Marcos y miente su camarilla, muy numerosa en La Jornada, cuando insinúan que existe algún tipo de justificación del asesinato o de la persecución (y esto es igualmente relevante) que sufre al menos la mitad de la población vasca por el tremendo pecado de no ser nacionalistas o de plantar cara al terror. Mienten, y de forma no menos llamativa, cuando afirman que en España se persiguen las ideas y evitan el pequeño detalle de que los inquisidores son sus para ellos incómodos -por poco presentables en sociedad, no por otra cosa- pistoleros de ETA y sus buenos amigos de Batasuna. Mienten y no se molestan en mejorar la propaganda, tal vez porque en España sólo puede encontrar el apoyo del sector troskoestalinista de IU (nuestra nueva aportación al absurdo político); del sempiterno meapuntoatodo de El País, siempre en busca de una foto; de un ex director de opinión del gubernamental El Mundo que ahora presenta periódicos de partido que dicen ser alternativos (imagínense lo que tienen de alternativos) y hasta de la esposa de un conocido escritor a la que seguramente invitan a firmar aquí y allá (cuando él no firma: nótese la sutileza) por su trabajo de traductora. No es mucho, la verdad; es menos que nada. Y comprendo que para ese viaje no necesiten alforjas.

Vivo en un país que probablemente posea el récord mundial de organizaciones independentistas por metro cuadrado; es una peculiaridad histórica que también tiene su lado positivo porque dificulta el estúpido y peligroso chovinismo tan común a otras naciones. Aquí las patrias van por pueblos, y como el sentido del humor no falta, hasta en mi barrio gritábamos aquello de Vallecas independiente, queremos puerto de mar, pero ésa es una historia que habría que contar otro día y sin salirnos del tema: somos muchos los que padecimos de ciertos males en la izquierda y la única diferencia de Marcos y de algunas plumas es que llegan veinte o treinta años tarde y que no han aprendido nada en todo ese tiempo. Unos, porque no se enteran. Otros, porque se quedaron momificados en el franquismo y son en realidad fantasmas de otra época. Sin embargo, cualquiera pueda comprobar sin demasiado esfuerzo que el Estado no ha perseguido desde la vuelta de la democracia a ningún partido político por convicciones de ninguna clase. Ha cometido errores gravísimos, como bien sabe quien fuera instructor del sumario de los GAL, Baltasar Garzón, y errores menores en comparación (la Ley de Partidos). Ninguno de ellos, sin embargo, justifica el terror. Y hay algo más que nuestros manipuladores tienden también a olvidar: ninguno de ellos está en el origen del terror. No hay relación ni transmisión alguna. ETA mata y Batasuna coacciona porque necesitan hacerlo, porque son conscientes de que jamás podrán conseguir sus objetivos si no expulsan del País Vasco a un porcentaje suficiente de la población o lo silencian con el miedo. La palabra diálogo, en sus bocas, significa rendición a la extorsión, ruptura del derecho, eliminación de cualquier debate, impunidad.

Tiene razón el juez de la Audiencia Nacional cuando afirma, en su auto del 16 de octubre pasado, que ETA y Batasuna practican una política de limpieza étnica. Léanlo quienes no lo hayan leído porque hay pocos textos tan ajustados en el análisis de lo que estamos sufriendo en España. Por supuesto, la corrección del análisis es una cosa y la demostración jurídica de los hechos, otra bien distinta. Garzón pretende demostrar en su investigación que Batasuna no es sino parte de una estructura mafiosa que, como tal, merece el trato de cualquier asociación de delincuentes. Es una apuesta arriesgada y difícil, que puede fracasar, pero que en principio se atiene perfectamente al Estado de Derecho y no introduce posibles interpretaciones restrictivas de éste como hace la ley de partidos. Ahora bien, tenga o no tenga éxito, resulta hasta cierto punto asombroso que los jerifaltes de La Jornada repitan últimamente que Batasuna y ETA son cosas distintas, cuando la propia Batasuna es la menos interesada en negar su relación con el grupo terrorista salvo en los extremos que implican algún tipo de complicación para la secta. El asunto es tan obvio que Batasuna podría haber evitado el proceso de la ley de partidos por el sencillo y superficial procedimiento de condenar los atentados, pero no lo ha hecho y no lo hará. ¿Por qué? La pregunta no se refiere a que compartan la actuación de ETA -algo indiscutible- sino a su estrategia política. Condenar públicamente los atentados no significaría que no los apoyen, como participar durante décadas en las instituciones no significa que las respeten. ¿Por qué, entonces? Si creen que a Batasuna le interesa hacer política, no encontrarán jamás la respuesta.

Como comentaba en una ocasión anterior, ETA ya ha contestado a la niñería de Marcos y su oferta de encuentros en la tercera fase en algún hotel de Canarias; lo hizo hace días asesinando a Antonio Molina, de 27 años. Curiosamente, el sub no lo menciona en su última carta. Para qué. Si la presencia de ETA le pareció en su momento un detalle tan intranscendente como para no citarlo y si sólo lo hizo después para librarse un poco de la que estaba cayendo, también le parece intrascendente ahora que tras solicitar una tregua a los asesinos, éstos vuelvan a matar. En cambio, regresa sobre los pasos de la estupidez original y la empeora por el procedimiento de afirmar que todos los que no comparten su empanada mental son monárquicos e intelectuales del poder en busca de premios como el Príncipe de Asturias (sic), ganado el pasado año, entre otros, por Edward Said, Arthur Miller, Hans Magnus Enzensberger, Woody Allen, la selección brasileña de fútbol, etcétera, etcétera. Al parecer, la confabulación mundial contra marquitos tiene un alcance que algunos, en nuestra inocencia, ni siquiera habíamos sospechado. ¿Qué tienen que ver los galardonados, o el espíritu del muy institucional premio, con el conflicto en el País Vasco? Cualquiera sabe. De alguien que habla sin pensar, que de repente nos viene a decir que Navarra es vasca (algo así como pedir la «devolución» de México a la corona española) y que lanza gritos en inglés en pleno éxtasis masoquista hablando en nombre del EZLN y en su calidad de dirigente político, se puede creer cualquier cosa.

Personalmente, sólo me queda a estas alturas un relativo interés por saber qué van a decir ahora los personajes que intentaron salvar la cara al sub Marcos, tal vez porque pensaron que rectificaría. No estoy pensando en individuos como algunos de los que mencionaba antes, sino en gentes bastante más dignas de respeto que sin embargo siguen funcionando con la vieja y lamentable norma mafiosa del «uno de los nuestros». Hasta ahora, hay silencio y poco más; su icono para camisetas les ha complicado mucho la reedición de la defensa condicional y es probable que opten por esperar a que escampe. Pero cuidado, es un truco que no siempre funciona. Todavía quedan medios de comunicación independientes y personas con buena memoria, que piensan por su cuenta, que no están ni en la palabra ni en la información -que ya es decir- por trepar y trepar hacia dónde, que no se prestan a los innumerables chanchullos de toda aristocracia y que no tienen miedo a las represalias profesionales, como otros.



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