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| 22 de diciembre del 2003 |
de Jean François Revel
La Insignia. México, diciembre del 2003.
Siguiendo sus pasos del anterior ejercicio de "Ni Marx ni Jesús", Jean Francois Revel se lanza a la tarea de abordar todos los comentarios negativos que ha levantado, dentro y fuera de los Estados Unidos, la campaña estadounidense contra el terrorismo, emprendida desde el 11 de septiembre del 2001. Su tarea la realiza en el libro "La Obsesión antinorteamericana: Dinámica, causas e incongruencias", París, Ed. Urano, 2002.
Hay que reconocer, en cierta forma, que se necesita valor para escribir un libro de esta clase. Pero también hay que decirlo, el libro destila muchos planteamientos obnubilados y dañinos. El autor considera infundados muchos comentarios que se han lanzado contra la política estadounidense y especialmente se pueden agrupar sus argumentos de esta forma: 1.- Estados Unidos tiene derecho a combatir a antiguos aliados que desestabilizan sus intereses. 2.- Estados Unidos tiene el derecho de defensa legítima para aplicar la guerra a países como Afganistán. 3.- Hay un odio árabe y fundamentalista claro hacia los Estados Unidos. 4.- Europa lanza críticas cínicas hacia Estados Unidos sobre cosas que también realizan los países del viejo continente. 5.- La causa principal de los ataques del 11 de septiembre es el resentimiento contra la grandeza de Estados Unidos. 6.- Estados Unidos no es una nación mediocre. ...Y otros de naturaleza similar, muy sugerentemente redactados. Pero me concentraré en estos 6 puntos para debatir con el punto de vista de Revel. Hay que concederle, en su justa dimensión, algunos razonamientos. Principalmente estoy de acuerdo en la denuncia de la hipocresía de otras naciones, especialmente europeas, a las críticas estadounidenses. Ejemplo de esta actitud lo tenemos en Francia, Alemania y Rusia, cuando "rectifican" su postura sobre la guerra contra Irak y les preocupa el reparto de contratos para la reconstrucción de Irak, cuando se reparten el pastel Halliburton y otros gigantes de sobra conocidos. En su momento, el autor de estas líneas reconoció la valiente actitud del canciller galo Villespin en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pero las "rectificaciones" frente al reparto de contratos generan una actitud contradictoria. También tenemos la postura de Rusia frente a la ratificación del Protocolo de Kioto, ya que siguió los pasos de Estados Unidos y se negó a ello. ¿Será que no quiere perderse los contratos en Irak? ¿Le han ofrecido alguna tajada en el mapa del Medio Oriente y del Cáucaso para que no se oponga en el fondo a los planes de Estados Unidos? Junto con estos planteamientos, está el comentario sobre la 'grandeza' de la nación estadounidense. A pesar de sus gobernantes violan el derecho internacional, igual que los dictadores que dejan de apoyar y ahora quieren juzgar, la nación estadounidense tiene mucho que ofrecer al mundo. Quizá su cultura no sea tan esplendente como la del viejo continente o la de algunos países latinoamericanos, pero sin duda comete un grave error el analista que menosprecie el papel cultural de Estados Unidos en el mundo, incluso desde el planteamiento de la antiglobalización. Hasta este punto hay que conceder. En lo demás, Revel tiene una petulancia comparable a la del mismísimo George Bush o a la de cualquiera de sus asesores. Cuando supuestamente 'demuestra' el odio de los árabes, se refugia exclusivamente en un autor que está tremendamente desacreditado en esta perspectiva -Bernard Lewis- y su análisis no es muy objetivo. La verdadera causa de los ataques del 11 de septiembre no es la envidia hacia Estados Unidos, sino la falta de control de un grupo de mercenarios que usaron en Afganistán y se les salió de su férula. Las lenguas malintencionadas dirían que ellos consintieron esas acciones, pero sin meternos en el problema de la tesis del autoatentado del 11 de septiembre, hay que decir que el pueblo de EEUU y la Comisión que investigó la conducta de las autoridades estadounidenses han sido muy benevolentes. Ni un despido, ni un cese fulminante. Parece que Revel y otros apologistas de su laya toleran la incompetencia. En otro punto, Revel dice que se le escatima el derecho de autodefensa a los Estados Unidos. Creo que nadie en su sano juicio podrá negar, y Revel lo hace con desfachatez, que la comunidad internacional, incluso Naciones Unidas, avalaron las acciones en Afganistán. Se reconoció el derecho de legítima defensa, pero de ahí a quedarse callado cuando Estados Unidos usa bombas de racimo y destruye Afganistán causando un grave desequilibrio ecológico, hay un abismo de distancia. Los excesos tienen que ser denunciados, y si Revel se quiere esconder tras las faldas de la crítica barata a los últimos rescoldos del comunismo, pues es su problema de deshonestidad intelectual. Meterse también, como lo hace Revel, a justificar la postura de Israel, es un ejercicio de parcialidad de su parte, porque alguien que trata de ser honesto intenta analizar los excesos de las dos partes, tanto de palestinos como de israelíes. Hay que exigir responsabilidad por los actos terroristas, pero también responsabilidad por excesos como los de Jenin, Belén y otras zonas ocupadas. En suma, el libro complacerá a los que simpatizan con la causa imperial del actual gobierno de los Estados Unidos. En cuanto a los críticos de esa postura, nos obliga a analizar algunos argumentos para no ser envueltos en el calificativo gratuito, además de injusto, de "simpatizantes de las peores causas de la humanidad". Como si la exhibición del Enola Gay hablará precisamente bien de un Estado que dice que va a libertar al mundo de las cadenas de la opresión. |
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