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| 18 de diciembre del 2003 |
La Insignia. EEUU, diciembre del 2003.
Aún no sabemos si George Bush va a renovar su cargo de presidente de los EEUU en las próximas elecciones presidenciales, pero una cosa es segura: no lo va a tener fácil. Casi con seguridad, Howard Dean ganará las elecciones primarias dentro del partido demócrata, a distancia de Kerry, Edwards o Lieberman, quienes se afanan por descalificar a Dean allá donde van, a sabiendas de que hace sombra a todos ellos y es el objetivo a batir si quieren tener alguna posibilidad de éxito en las primarias.
Si yo fuera Bush estaría temblando debajo de las sábanas, sólo de pensar que algún día tendría que vérmelas con Dean en un debate cara a cara. La diferencia entre ambos es abismal. Dean es un hombre locuaz e inteligente, todo lo contrario de Bush, quien apenas balbucea lo que puede cuando habla en público. Dean razona y explica sus puntos de vista, los argumenta y convence en razón del peso de sus ideas. Bush se siente acorralado con cada simple pregunta en las escasas ruedas de prensa que convoca. Cree que todo lo arregla con poner cara de pena y hacer una inspirada referencia patriótica al 11 de septiembre, lo cual, por arte de magia, sirve de explicación universal para todos los males de la humanidad. El lunes pasado, Bush convocó a la prensa para anunciar la captura de Sadam Husein, y de paso entroncar este acontecimiento con lo que él llama sus "otros logros" en el año 2003, que no son más que una caterva de despropósitos en economía y política exterior. Si uno desea una mayor documentación sobre lo ridículo de las respuestas puede visitar la página de la Casa Blanca donde se guarda una puntual trascripción del evento, que junto con otras, constituye una magnífica colección de dislates presidenciales. Como cabe imaginar, el joven Bush se limita soltar el rollo del 11 de septiembre siempre que puede, sin importar lo que le pregunten. De pronto, alguien le pide su opinión sobre el reciente comentario de Howard Dean en el que duda de que la captura de Husein haya hecho a EEUU un país más seguro y sobre la conveniencia de retirarse de Irak. Bush pierde su mirada en el suelo, balbucea algo ininteligible y tras unos segundos dice: "Usted me está haciendo preguntas acerca de estas o aquellas declaraciones políticas, y mi respuesta a eso va a ser siempre la misma hasta que yo esté listo para afrontar un debate político sobre el tema. Déjeme decirle algo acerca de la estrategia de esta administración: olvídese de la política. Mi estrategia obedece al cumplimiento del solemne juramento que hice de hacer de éste un país más seguro, más próspero y un mejor país también". Más tarde, dándose cuenta de que no obtenía respuesta a su pregunta, el periodista vuelve a insistir. Esta vez Bush lo mira fijamente y le repite: "Olvídese de la política, olvídese de la política". Lo cierto es que Bush está siendo fiel a su solemne juramento: el de hacer más ricos a sus amigos y a sí mismo. Pero vayamos a la idea central de sus palabras: Bush quiere que nos olvidemos de la política. En estas recientes declaraciones no hace más que abundar en algo que se viene observando en sus discursos desde hace tiempo. Bush se presenta a sí mismo como el artífice de la reconciliación bipartidista en aras del bien de la patria, urgida a olvidar sus diferencias debido a la importancia del momento histórico y a las excepcionales condiciones que implica un estado de guerra permanente. La forma de gobernar de Bush es justo lo opuesto a la política, de ahí que lógicamente nos invite a olvidarnos de ella. En las instituciones hay una ausencia total de debate político. Toda discrepancia se califica de antipatriotismo, se marginaliza y se sacrifican las libertades para ganar la guerra al "terror". Urge recordarle a Bush y a su camarilla de sátrapas que sencillamente no podemos olvidarnos de la política cuando justamente lo que él está haciendo es "su" política, sin barreras ni cortapisas que se lo impidan, es decir, la negación del principio de división de poderes. La dialéctica de Bush distingue entre dos realidades: por un lado las decisiones justas que él toma por el bien del país y por otro, lo que algunos le reclaman que sea debatido, justificado o simplemente explicado, que es lo que él llama la política. Por añadidura, en este país existe un uso peyorativo del término política que hace referencia a burocracia, en su sentido negativo, antipráctico y alejado de los intereses del pueblo (o del contribuyente, como aquí gusta llamar). La campaña mediática muestra a Bush como un hombre de acción, no de palabras, eso sería perder demasiado el tiempo: pronunciando pomposos discursos en fábricas y congresos, firmando aquí y allá nuevas leyes con grades letreros de fondo con mensajes como "Empleo para todos", "Mejorando nuestra sanidad", etc. Se vende la idea de que se actúa y se legisla para reformar la sanidad, o el mercado de trabajo, o invertir en el sistema energético para el bien de todos, pero el simple hecho de que el presidente dé un bonito discurso y el acto se convierta en noticia de primera plana, no hace que la ley aprobada sea buena para todos. Muy al contrario, todas estas nuevas disposiciones están mermando considerablemente los intereses del pueblo, cuando no sus libertades constitucionales. El espectáculo es tan impresionante que muchos se olvidan del verdadero trasfondo: el contenido de las normas. Sólo por poner un ejemplo, la reciente aprobación de la reforma del Medicare, un limitado sistema de sanidad público para dar asistencia sanitaria a los mayores estadounidenses, supone uno de los mayores expolios nunca vistos, un ataque descarado a la calidad de vida de los ancianos de rentas bajas y un regalo millonario para las arcas de las compañías farmacéuticas y las empresas de seguros de salud. La firma de esta ley fue primera plana de periódicos y noticiarios. La foto de Bush firmando el documento junto con varios congresistas podía verse en cualquier medio. Pues bien, el mensaje presidencial fue nada menos que la ley de reforma del Medicare suponía un avance enorme en la mejora del servicio sanitario en cumplimiento del compromiso que el gobierno había adquirido con sus mayores para facilitarles mejores condiciones de vida y salud. ¿Alguien se había molestado en leer el texto de la ley? Sí, algunos congresistas, como los senadores Byrd, Kennedy y algunos más, que denunciaron lo avieso del plan, pero sin éxito. Un auténtico debate público sobre la ley de reforma del Medicare, o sobre la próxima ley que se aprobará de desregulación del mercado energético, supondría una posible derrota de sus intereses (o del de sus amigos, mejor dicho) ¿Entienden ahora por qué quiere Bush que nos olvidemos de la política?
17 de diciembre del 2003 |
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