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| 17 de diciembre del 2003 |
Hipótesis. Argentina, diciembre del 2003.
"Lo que más importa para mi, es lo que se dirá de nosotros dentro de quinientos años, y no solo lo que se dice ahora. En una ocasión, al hablar de la experiencia de Nasser y de la amargura que causó el comportamiento de Sadat, dije a mis camaradas, y se los he repetido muchas veces... no temamos la muerte, pero sí lo que viene después de la muerte, porque quizá en la vida futura podremos ver lo que pasa en la tierra. Y creo que esto no se contradice con la fe. Creo, en efecto que el hombre, sobre todo el que está fuertemente apegado a una causa de principios, que está realizando o que debe realizar, podrá ver después de la muerte y que se moriría de nuevo de humillación si viera que las cosas van mal sobre la faz de la Tierra. Tal es mi convicción". Estas palabras fueron pronunciadas en 1982 por Sadam Husein al escritor Amir Iskander, quien luego las volcaría en un voluminoso libro dedicado al líder iraquí. Veintiún años después de pronunciadas, la vida y la muerte se entrecruzan en el camino de este controvertido dirigente.
Ayer, Sadam Husein fue encontrado por las fuerzas de ocupación en un hoyo de un metro con ochenta centímetros de profundidad. No era un sótano, era simplemente un nicho. No tenía teléfonos móviles, ni transmisores. Llevaba, eso sí, algunas armas para su seguridad. Armas que no usó en el momento de su captura. También dicen que llevaba una valija con 750 mil dólares en billetes de a cien. Una cierta tranquilidad se dibujaba en su rostro enmarcado en una espesa barba. Era el final, pero si aquellas palabras pronunciadas hace más de dos décadas no eran retóricas, la tranquilidad podría ser auténtica. Aunque, para ser auténtico es necesario mantener bien altos los principios. Mantenerlos a lo largo de toda la vida y -si es preciso- morir por ellos. En nuestras tierras tenemos dos grandes ejemplos que se irradian a todo el mundo: Ernesto "Che" Guevara y Salvador Allende. Estos dos gigantes entregaron sus vidas en aras de una sociedad más justa. Empeñaron su palabra y cumplieron. Sadam Husein no mantuvo sus principios. Por el contrario, los entregó el mismo día en que vendió el alma de la revolución iraquí al imperio asentado en Washington. Fue girando desde una especie de socialismo nacional árabe, preconizado en los tiempos del presidente Ahmad Hassan al Bakr, a fines de la década de los sesenta, hacia una espuria alianza con el imperio para combatir a su vecino shiíta que acababa de derrocar al sanguinario Sha Mohamed Reza Pahlevi, el más importante aliado de los Estados Unidos en la región. Un dirigente de una revolución encabezada por la burguesía iraquí, devenido en un megalómano dedicado a sembrar estatuas propias en las plazas y militantes populares en las cárceles. Sus aliados durante la guerra contra Irán, es decir los estadounidenses, pagaron entre 25 y 30 millones de dólares para dar con su paradero. El delator pudo haber sido un vecino, un familiar, incluso una de sus propias esposas, como dicen algunos medios. Esa cifra es tentadora para cualquier mortal, máxime si se trata de dar con un personaje cuya estatura no es la de un héroe. George W. Bush exhibió su captura como uno de sus principales triunfos. En verdad, este hecho superó en importancia a su arribo al aeropuerto de Bagdad, con un pavo de utilería para festejar el día de Acción de Gracias con los soldados. Esta espectacular captura puede permitirle, inclusive, preparar una retirada honorable -la que pide el principal candidato demócrata a la presidencia- que evite un descalabro mayor al que ya están experimentado las tropas de ocupación neocolonial. Descalabro que, de no mediar una retirada, continuará su curso más allá de la captura de Saddam, puesto que su caída tendrá cierto efecto desmoralizador en sus seguidores más cercanos, pero no constituirá en absoluto un golpe a la pertinacia de la resistencia. Esto es reconocido por los propios jefes militares norteamericanos en el escenario de combate. Recordemos que se encuentran actuando en Irak más de 40 organizaciones irregulares que luchan contra las fuerzas de ocupación. Aunque todavía no existe un centro coordinador de estas acciones guerrilleras. Por otra parte, nadie duda del rédito inmediato que esta captura le brinda al mandatario estadounidense, de cara a las próximas elecciones presidenciales. Aunque su aporte puede escurrírsele como agua entre las manos si la resistencia iraquí continúa -como señalábamos- con la intensidad de estos últimos meses. Una noticia relacionada con Irak, mucho más importante que la captura de Sadam, quedó empalidecida por ésta. Tres día antes, el presidente Bush II insistió en que los contratos de su país para la reconstrucción de Irak, por valor de 18.600 millones de dólares, sólo se adjudicarán a las naciones de la llamada coalición. Bush afirmó "Es muy simple. Nuestra gente arriesgó sus vidas. La gente de otros países amigos arriesgaron sus vidas y, por lo tanto, los contratos van a reflejar eso". Está totalmente claro, es la lógica del delito. Sólo los que participan del saqueo se reparten el botín. Ese es el nuevo "derecho internacional", como para ir acostumbrándonos. Pero esto no es todo, el despropósito del imperio no tiene límites. En esas mismas declaraciones, Bush junto a la reiteración del veto a participar en el negocio de la reconstrucción, sermoneó a Rusia, Alemania y Francia, señalando: "si esos países quieren contribuir a hacer un mundo más seguro, permitiendo a Irak resurgir como un país libre y seguro, una manera de participar es mediante la reestructuración de la deuda". En buen romance el gobierno de los Estados Unidos le ha planteado al mundo, especialmente a los países acreedores de Bagdad, que deben perdonar la deuda de Irak. Para ello se ha basado en el concepto de la "deuda odiosa". Esta propuesta ya había sido esbozada luego de la caída del gobierno de Husein. Entre los días 10 y 11 de abril de este año, la deuda odiosa aparece en el discurso de la Casa Blanca. Pero, ¿qué es la deuda odiosa? El jurista ruso Alexander Sack, que acuñó -en el siglo XIX- el término de "deudas detestables", las describió de este modo: "Si un poder despótico incurre en una deuda, no para la necesidad o el interés del Estado, sino para fortalecer su régimen despótico... esta deuda es detestable... Esta deuda no constituye una obligación para la nación; es una deuda del régimen, una deuda personal del poder que la ha adquirido, consecuentemente desaparece con la caída de su poder". Como ahora los Estados Unidos son los dueños del poder en Irak, se han colocado del otro lado del mostrador para esgrimir una doctrina que es esencialmente justa e inconveniente para el gran capital. Lograron aplicarla en 1898, durante el conflicto entre su país y España, cuando Cuba pasa de ser colonia española a protectorado norteamericano. En ese momento España le exige a los Estados Unidos el pago de la deuda de Cuba. El gobierno de Washington se niega, manifestando que es una deuda odiosa, esto es, contraída por un régimen despótico para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de los ciudadanos. "Lo importante -señala Eric Toussaint, presidente del Comité Internacional para la Anulación de la Deuda Externa- es que esta declaración, finalmente reconocida por España, desembocó en un tratado internacional (el Tratado de París, del 10 de diciembre de 1898). Este último -finaliza Toussaint- sienta, en consecuencia, jurisprudencia". La avaricia y el cinismo del imperio es tan grande, que no tardó en desatar el temor de los grandes grupos financieros internacionales, por las consecuencias que podría generar sobre un tema tan delicado y tan caro a la globalización neoliberal, como lo es el saqueo de la deuda externa en perjuicio de los países periféricos. El periódico británico "Financial Times", claro representante de esos intereses, en varias notas editoriales reclamó con firmeza que los Estados Unidos retiraran esa propuesta. Pero el gobierno de Bush, no solo que no retiró la propuesta, sino que el propio presidente llamó por teléfono a sus colegas Vladimir Putin, Jacques Chirac y Gerhard Schröder para que recibieran a James Baker, enviado especial para la deuda iraquí. El mensaje es claro: además de abstenerse de hacer negocios con la reconstrucción de Irak, deberán perdonarle la deuda externa a ese país. Francia ya comenzó a dar señales a Washington, a pesar de su enojo por quedar fuera del negocio de la posguerra, manifestó por boca de su ministro de Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin, que está dispuesta a anular en el 2004 parte de la deuda de Irak. Estas declaraciones fueron formuladas hoy, tras una reunión con una delegación del Consejo de Gobierno interino iraquí (el gobierno títere digitado por los Estados Unidos). Mañana estará en París James Baker. Por si esto fuera poco, recordemos que James Baker fue secretario de Estado del presidente George Bush (padre) desde 1989 a 1992, a quien ayudó a conformar la coalición que expulsó a las tropas iraquíes de Kuwait en 1991. Además, fue secretario del Tesoro del Presidente Reagan entre 1985 y 1989. A estos "galardones" hay que sumarle su carácter de socio directivo en la firma de abogados Baker & Botts, con oficinas en Houston y Washington, partícipes directos de la maniobra de enajenación del gas boliviano. Maniobra que el pueblo hermano impidió con su insurgencia. Fue durante su gestión como secretario del Tesoro, cuando se puso en marcha el denominado Plan Baker, consistente en exigir a los países deudores la profundización de las políticas neoliberales para poder tener acceso a la renegociación de sus deudas, contribuyendo de ese modo a acentuar la espiral de endeudamiento hasta desembocar -como en el caso argentino- en una crisis fenomenal, con el arrastre hacia la pobreza y la indigencia de más de la mitad de la población. El señor Baker que hoy visita a los países acreedores de Irak (vale decir acreedores de los Estados Unidos) para que les perdonen la deuda, es el mismo que exigió hasta la asfixia a nuestros países el pago de la deuda. Deuda -en su inmensa mayoría- tan odiosa o detestable como la de Irak. Contraída por dictaduras sanguinarias pergeñadas y apoyadas por los propios Estados Unidos que, como ya se sabe, "no tiene políticas permanentes, sino intereses permanentes". |
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