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La insignia
15 de diciembre del 2003


Por decir la verdad


__Especial__
EEUU en guerra
Norman Solomon (*)
The Baltimore Sun. EEUU, diciembre del 2003.

Traducción para Tertulia: Laura E. Asturias



Pocas personas han oído hablar en Estados Unidos de Katharine Gun, una británica ex empleada de los servicios de inteligencia que se enfrenta a la acusación de haber violado la Ley de Secretos Oficiales. Hasta ahora, la prensa estadounidense la ha ignorado. Pero el caso suscita profundas dudas sobre la democracia y el derecho a la información en ambos lados del Atlántico.

Los peligros legales de la señora Gun empezaron en Gran Bretaña el 2 de marzo, cuando el periódico The Observer publicó un memorando ultra secreto escrito por un funcionario de alto nivel de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos. El memorando, fechado el 31 de enero, describía la vigilancia a una media docena de delegaciones con voto decisivo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y subrayaba un enfoque en "toda la gama de información que podría brindar a formuladores de políticas estadounidenses una ventaja en obtener resultados favorables a las metas de Estados Unidos"; es decir, apoyo a la guerra contra Irak.

El memorando de la NSA decía que la agencia había iniciado una "oleada" de espionaje a diplomáticos en las Naciones Unidas en Nueva York, la cual incluía aparatos de escucha en teléfonos de hogares y oficinas, además de lectura de mensajes electrónicos. Los blancos eran delegaciones de seis países considerados cruciales -México, Chile, Angola, Camerún, Guinea y Paquistán- para la resolución de la guerra que estaba siendo promovida por Estados Unidos y Gran Bretaña.

La noticia provocó titulares en buena parte del mundo y desató la indignación en los seis países mencionados. El gobierno de Estados Unidos y su aliado británico -que, según se reveló, era cómplice en la trama de espionaje en las Naciones Unidas- se pusieron a la defensiva. Algunos días después de que transcendiera la noticia, me puse en contacto con el responsable de haber filtrado hace más de tres décadas la enorme colección de textos secretos sobre la guerra de Vietnam conocidos como los Documentos del Pentágono. ¿Cuál era su evaluación del memorando sobre el espionaje en Naciones Unidas?

"Esta fuga [de información] -replicó Daniel Ellsberg- es más oportuna y potencialmente más importante que los Documentos del Pentágono". La exposición del memorando, dijo, tenía el potencial de bloquear la invasión a Irak antes de que iniciara. "Decir la verdad de esta forma puede detener una guerra".

El hecho de que Katharine Gun haya dicho la verdad no detuvo la guerra contra Irak, pero sí marcó la diferencia. Algunos analistas citan el furor desatado tras la filtración del memorando como factor clave para que Estados Unidos y Gran Bretaña no pudieran obtener la aprobación del Consejo de Seguridad a una resolución proguerra antes de que la invasión comenzara a fines de marzo.

El gobierno del primer ministro británico Tony Blair arrestó rápidamente a la señora Gun. En junio, perdió formalmente su empleo como traductora en la ultra secreta Sede de Comunicaciones Gubernamentales en Gloucester. El 13 de noviembre, su nombre salió a luz en la prensa británica cuando el gobierno del Partido Laborista lanzó una nueva bomba, acusando a la mujer de 29 años de edad de haber violado la Ley de Secretos Oficiales. Si fuera declarada culpable, se enfrentaría a una pena máxima de dos años de cárcel.

La señora Gun, quien se encuentra libre bajo fianza y debe presentarse ante la corte el 19 de enero, ha respondido con mesurada elocuencia. La exposición del memorando de la NSA, dijo el 27 de noviembre, fue "necesaria para prevenir una guerra ilegal en la que miles de civiles iraquíes y soldados británicos resultarían muertos o lisiados". Y la señora Gun reiteró algo que había dicho dos semanas antes: "Solamente he seguido el dictado de mi conciencia".

Toda la 'realpolitik' del mundo no puede impedir el ejercicio de la cualidad interna que distingue a los seres humanos. De todas las diferencias entre las personas y otros animales, Charles Darwin observó, "el sentido moral de la conciencia es con mucho el más importante".

En este caso, la conciencia de Gun convergía plenamente con las necesidades de la democracia y de una prensa libre. En Gran Bretaña y Estados Unidos, la gente tenía todo el derecho a saber que sus gobiernos estaban involucrados en una potente campaña de trucos sucios en las Naciones Unidas. Para las sociedades democráticas, un flujo oportuno de información es la sangre vital del cuerpo político.

El espionaje ilegal a diplomáticos de tres continentes en Manhattan anunciaba la ilegalidad de la guerra que estaba por venir. Poco después de iniciada la invasión, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, señaló que -en ausencia de una resolución de autorización por parte del Consejo de Seguridad- el ataque a Irak violaría la Carta de las Naciones Unidas.

La notoria valentía de la señora Gun es más elocuente que cualquier retórica. Sus acciones enfrentan a británicos y estadounidenses con unas difíciles cuestiones: ¿Hasta qué grado se basará la "relación especial" entre los dos países en la democracia o la duplicidad? ¿Cuánto atesoramos la esencia de las libertades civiles que distingue al discurso público auténtico de la superficialidad del secretismo y la manipulación? ¿Hasta qué punto queremos saber lo que se está haciendo en nuestro nombre con el dinero de nuestros impuestos? ¿Y por qué es tan raro que la conciencia prevalezca sobre la conveniencia?


(*) Norman Solomon es director ejecutivo del Institute for Public Accuracy (www.accuracy.org) de San Francisco (California). Es coautor de Target Iraq: What the News Media Didn't Tell You (Context Books, 2003), del cual se puede leer un extracto y más información en:
www.contextbooks.com/new.html#target.
Contacto con el autor: mediabeat@igc.org
Copyright (c) 2003, The Baltimore Sun
Traducción: Laura E. Asturias (www.la-tertulia.net)
Versión original en inglés: For Telling The Truth



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