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La insignia
9 de diciembre del 2003


Militarización en Miami


__Suplemento__
ALCA
Russell Mokhiber y Robert Weissman (*)
Focus on the Corporation. EEUU, diciembre del 2003.

Traducción para La insignia: Berna Wang


Durante la reunión ministerial del Área de Libre Comercio de América (ALCA) de la semana pasada, hubo una auténtica amenaza para el orden social en las calles de Miami.

No fueron los manifestantes, ni siquiera quienes se autodenominan anarquistas, ni los que iban vestidos de negro. No: la amenaza vino de la policía de Miami, de los agentes del estado de Florida y de las demás fuerzas policiales y militares que patrullaban la ciudad.

Con más de 10 millones de dólares de fondos especiales (que incluyen los 8,5 millones de dólares de la ley de asignaciones para Irak del gobierno federal), unos 2.500 agentes --muchos de ellos blindados de cuerpo entero y apoyados por vehículos blindados-- convirtieron Miami en un auténtico estado policial.

De forma casi inevitable, la policía utilizó desaforadamente la fuerza excesiva contra los manifestantes. Lanzaron ataques sin mediar provocación contra personas que no hacían nada ilegal. Rociaron de gases lacrimógenos y usaron pulverizadores de pimienta contra los manifestantes --entre los que había jubilados-- y dispararon a muchos de ellos con balas de caucho. Utilizaron pistolas Taser(*). Derribaron a manifestantes pacíficos y les apuntaron a la cabeza con pistolas. Impidieron que miles de jubilados y sindicalistas que viajaban en autobuses participasen en una manifestación y concentración para las que se habían obtenido todos los permisos necesarios. Atacaron a periodistas considerados hostiles. Detuvieron aproximadamente a 250 personas, según los mejores cálculos, con pocas razones o ninguna. Han aparecido denuncias verosímiles sobre brutalidad y acoso sexual contra varios de ellos.

Lo que es al menos igual de grave, la policía disuadió a miles de personas de considerar siquiera la posibilidad de participar en las protestas contra el ALCA; y en futuras protestas.

En la soleada Miami, fue una semana oscura para la Primera Enmienda, para las libertades civiles y para el derecho a disentir.

Una activista sudafricana nos contó el miedo que pasó cuando caminaba por las calles de Miami. Incluso antes de que estallara la violencia policial, daba escalofríos desfilar por las calles en medio de miles de policías blindados, dijo.

El escándalo de la semana pasada tiene su origen en meses de planificación dirigida por el jefe de la policía de Miami, John Timoney, que llevó a la ciudad y a la policía a la histeria. La absurda invocación de una amenaza anarquista convenció a los medios de comunicación locales (especialmente a los reporteros de la televisión) y a gran parte de la población de que el centro sería una zona de disturbios. Eso bastó para vaciar el centro y asustar a muchos habitantes de la ciudad, que decidieron no participar en ninguna de las protestas, por dócil que fuera.

Vivimos este problema directamente. Habíamos participado en la preparación de una pequeña manifestación el martes, dos días antes de las protestas principales. Habíamos obtenido todos los permisos necesarios de la policía. Con el consentimiento de sus escuelas, más de cien alumnos de secundaria estaban ansiosos por participar en nuestra pequeña acción, destinada a poner de relieve cómo el ALCA y los acuerdos de comercio interfieren con las medidas antitabaco y otras medidas de salud pública. Pero ninguna escuela podía sentirse bien enviando a sus alumnos a un centro militarizado, por lo que éstos no pudieron manifestarse. Convertimos la concentración en una conferencia de prensa.

Fue un incidente pequeño. Nuestra manifestación no iba a cambiar el mundo (sin embargo, sí tenemos la intención de ganar en nuestra petición de excluir los productos derivados del tabaco de todos los acuerdos comerciales). Pero como ejemplo ilustrativo es de suma importancia, pues muestra cómo el despliegue excesivo de policías, las tácticas del miedo y la militarización intimidan a la gente para que no se manifieste ni se oponga a la política de las empresas aprobada por el Estado.

Timoney no sólo logró asustar a los ciudadanos y a los medios de comunicación. Casi nadie duda de que la propia policía se creyó la propaganda. Después de meses de instrucción excesiva y de oír hablar de los peligros que planteaban los manifestantes; con el poder que les conferían la nueva armadura de cuerpo entero, los escudos, las porras y otros materiales, la policía estaba, por decirlo suavemente, deseando arremeter contra los manifestantes. (Un agente de un grupo de diez policías que iban en motocicleta dijo, cuando cruzaban la calle para evaluar el lugar de nuestra conferencia de prensa, estando uno de nosotros a su lado: «Vamos a joderlos».)

Para cuando se celebraron las manifestaciones principales el jueves, la policía no podía contenerse.

En circunstancias diferentes habría sido divertido ver a la policía superar en número a los participantes en la acción directa, o a los agentes «secretos», cómicamente vestidos y un poco demasiado corpulentos para aparentar que formaban parte del pequeño grupo de activistas, muchos de los cuales eran vegetarianos.

Pero no fue divertido. No cuando la policía --respondiendo a provocaciones mínimas, como un par de pequeños incendios de cubos de basura-- se volvió loca y atacó a grandes multitudes de manifestantes. No cuando, según fuentes solventes, algunos de los agentes secretos podrían haber sido provocadores, y cuando resultó que varios de ellos fueron algunos de los que atacaron con mayor brutalidad a los manifestantes.

Hay que apoyar de inmediato a los que fueron detenidos y maltratados, y obligar al ayuntamiento a retirar los cargos falsos formulados contra los manifestantes.

Pueden colaborar enviando un fax al alcalde de Miami, Manuel Díaz, protestando por la violación de derechos constitucionales. Public Citizen ha organizado un sitio web para enviar faxes gratis en:

http://www.citizen.org/fax/background.cfm?ID=245&source=19

Los detenidos con cargos necesitarán ayuda jurídica. Pueden donar dinero para apoyarlos en:

http://stopftaa.org/article.php?list=type&type=42

o en:

http://www.unitedforpeace.org/ftaadonate

Activistas, la Asociación Nacional de Abogados, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles y demás defensores de los derechos civiles deben hacer y harán todo lo que puedan para oponerse a la creciente represión que quedó de manifiesto en Miami. Pero eso no es suficiente.

Sin duda habrá pleitos civiles y, si existe justicia, ganarán. Pero eso tampoco es suficiente. Por importante que sean estos pleitos, es evidente, por la represión desatada últimamente contra los manifestantes en todo Estados Unidos, que la policía está dispuesta a hacerse cargo de los costes de estas demandas.

El ciclo actual es que los medios de comunicación y la clase política dirigente aplauden a la policía por hacer campañas de temor, militarizar ciudades, dirigir la violencia contra los manifestantes y violar abiertamente las libertades civiles. A menudo, cuando surgen los detalles, surgen críticas de esos mismos pilares de la sociedad.

Esto debe cambiar. Las fuerzas vivas deben pronunciarse ya, inmediatamente después de producirse los abusos, evidentes para cualquier persona que se moleste en conocerlos.

En el futuro, las fuerzas vivas --es decir, los directores de periódicos, los líderes políticos de todos los partidos, los abogados, incluso los ejecutivos de las empresas-- deben insistir en que se apliquen tácticas policiales apropiadas antes de que se celebren protestas a gran escala, y deben dejar claro que tanto la policía regular como los máximos mandos deberán responder personalmente de los abusos. Si no siguen este rumbo, las consecuencias para el derecho a protestar serán realmente nefastas.


(*) Russell Mokhiber es editor de Corporate Crime Reporter, con sede en Washington D.C. Robert Weissman es editor de Multinational Monitor, con sede en Washington, D.C. Ambos son coautores de Corporate Predators: The Hunt for MegaProfits and the Attack on Democracy (Monroe, Maine, Common Courage Press, 1999).

(c) Russell Mokhiber y Robert Weissman
(c) de la traducción: Berna Wang, 2003.


(*) N. de la T.: Arma que cuenta con un dispositivo electrónico que dispara unos dardos que transmiten una descarga eléctrica al contacto con la piel o las vestiduras de la persona. El dardo permanece unido al revólver y la descarga eléctrica dura tanto tiempo como se mantiene oprimido el gatillo.



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