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| 16 de diciembre del 2003 |
Ricardo III
William Shakespeare
Acto segundo
Escena IV (Londres. El Palacio) Entran el arzobispo de York, el joven duque de York, la reina Isabel y la duquesa de York. Arzobispo: He oído decir que anoche descansaron en Northampton; esta noche estarán en Stony-Stratford; mañana, o el otro, estarán aquí. Duquesa: Deseo con todo mi corazón ver al Príncipe; espero que haya crecido mucho desde la última vez que lo vi. Isabel: Pero he oído decir que no; dicen que mi hijo York casi le ha superado en crecimiento. York: Sí, madre, pero no querría que fuera así. Duquesa: ¡Cómo, mi nietecito! Crecer es bueno. York: Abuela, una noche, cuando estábamos cenando, mi tío Rivers habló de cómo crecía yo más que mi hermano: "Sí -dijo el tío Gloucester-, las hierbas pequeñas tienen gracia; las malas hierbas crecen muy de prisa". Y desde entonces, pienso que no querría crecer tan de prisa, porque las buenas flores son lentas, y las malas hierbas se dan prisa. Duquesa: A fe, a fe, el proverbio no le va bien al que te lo aplicó: fue el más desgraciado cuando era pequeño; tan lento y tardío en crecer, quem si fuera cierta su regla, debería ser gracioso. Arzobispo: Y así es, sin duda, mi graciosa señora. Duquesa: Espero que así sea, pero dejad que lo duden las madres. York: Bueno, palabra, que si se me hubiera ocurrido le podía haber gastado a mi tío una broma sobre su crecimiento que le habría caído mejor que al mío. Duquesa: ¿Cómo, mi joven York? Te ruego que me la hagas oír. York: Pardiez, dicen que mi tío creció tan de prisa que podía roer una corteza a las dos horas de nacer: yo tardé dos años antes de tener un diente. Abuela, eso sí que hubiera sido una broma que le escociera. Duquesa: Por favor, York, ¿quién te ha dicho eso? York: Su nodriza, abuela. Duquesa: ¡Su nodriza! ¡Cómo! Murió antes de que nacieras tú. York: Si no fue ella, no sé qué decir quién me lo dijo. Isabel: Hasta los jarros tienen orejas.
Arzobispo: Aquí viene un mensajero. Mensajero: Tales noticias, señor, que me aflige contarlas. Isabel: ¿Cómo está el Príncipe? Mensajero: Bien, señora, y con salud. Duquesa: Entonces, ¿qué noticias traes? Mensajero: Lord Rivers y lord Grey han sido enviados a Pomfret, prisioneros, y con ellos sir Thomas Vaughan. Duquesa: ¿Quién los ha detenido? Mensajero: Los poderosos duques de Gloucester y Buckingham. Isabel: ¿Por qué delito? Mensajero: He informado de todo lo que podía; por qué fueron aprisionados esos nobles, lo ignoro por complero, mi ilustre señora. Isabel: ¡Ay de mí, ver la caída de nuestra casa! El tigre ahora ha capturado a la dulce cierva; la tiranía injuriosa empieza a abusar del trono inocente y no respetado: ¡bienvenidos, destrucción, sangre y matanza! Veo, como en un mapa, el fin de todo. Duquesa: ¡Malditos días inquietos de lucha! ¡Cuántos de vosotros han observado mis ojos! Mi marido perdió la vida para obtener la corona; y mis hijos fueron lanzados muchas veces de arriba para abajo, mientras yo disfrutaba y lloraba su ganancia y su pérdida; y, una vez entronizados, y barridas y limpias las discordias internas, ellos mismos, los vencedores, hicieron guerra entre ellos; hermano contra hermano, sangre contra sangre, uno mismo contra uno mismo: ¡ah, horrible y frenético ultraje, acaba tu cólera maldita; o déjame morir, para no ver más muerte! Isabel: Vamos, vamos, hijo mío: vayámonos a sagrado. Adios, señora. Duquesa: Esperad, iré con vosotros. Isabel: No tenéis motivo. Arzobispo: (A la Reina) Id, mi ilustre señora; y llevad allí vuestros tesoros y vuestros bienes. Por mi parte, entrego a Vuestra Majestad el sello que custodio: y ¿suceda conmigo según cuide de vosotros y de todos los vuestros! Vamos, os acompañaré a sagrado. (Se van) |
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