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La insignia
16 de agosto del 2003


Neoliberalismo, autoritarismo y desigualdad


Xavier Caño Tamayo
CCS. España, agosto del 2003.



El inefable Fondo Monetario Internacional (FMI) insiste estos días a Uruguay que privatice el sector público estatal. Uruguay fue el único país latinoamericano que resistió la feroz ola privatizadora de los noventa. En realidad le está pidiendo que ponga lo público al alcance y beneficio de grupos y empresas privadas. El FMI hace esta pertinaz exigencia a pesar de que, según una encuesta de Latinobarómetro, dos tercios de la población latinoamericana aseguran que las privatizaciones en la región no les han beneficiado nada.

La razón aducida por el FMI es que la privatización logrará "afianzar la lenta recuperación económica del país". En la década de los noventa, Uruguay creció a un buen ritmo anual de casi el 4% sin necesidad de malvender sus grandes empresas estatales. ¿Por qué hacerlo ahora?

Uruguay entró en crisis a causa del derrumbe de la economía argentina, pero hoy en día, incluso con una reducción del crecimiento de un 1% en 2003, ha estabilizado la inflación, aumenta la recaudación fiscal, baja el desempleo casi un punto y las exportaciones crecen un 50%. En esa situación, la petición de privatizaciones por parte del FMI es más que sospechosa.

¿Por qué esa tozudez privatizadora? El propio FMI da la clave: la "necesidad de reducir el sector público, abriendo aquellos sectores reservados actualmente al Estado a la actividad privada". Se puede decir más alto, pero no más claro; las empresas que aún continúan en manos del Estado (refino y comercialización de combustibles, telefónica nacional y suministradora de agua potable) generan jugosos beneficios y los poderes económicos globales (con la inestimable colaboración de su gendarme FMI) no renuncian a ellos. Es la batalla en la que estamos inmersos: la defensa de los servicios públicos y de suministros esenciales o estratégicos para la ciudadanía frente a las asechanzas del FMI y de la Organización Mundial del Comercio, con la fidelísima servidumbre de la mayoría de dirigentes políticos del norte.

Los hechos muestran que hay una unión profunda (casi una comunión) entre los verdaderos amos de la tierra (esos pocos miles cuyos nombres y apellidos no conocemos) y los gobiernos de fé y conducta neoliberales, a espaldas de los ciudadanos. Al Gore, ex candidato a la presidencia de los EEUU, ha criticado recientemente al Gobierno de Bush denunciando que "la política actual de EEUU no es otra cosa que una forma de saqueo". Lamentablemente, ese juicio podemos hacerlo extensivo a buen número de dirigentes políticos del Norte, vistos los nefastos resultados de la égida neoliberal de los últimos quince años, salvo para unos pocos. Esos pocos que, según el Informe sobre la riqueza en el mundo (elaborado por la banca Merrill Lynch y la consultora de negocios Cap Gemini Ernts and Young) son ahora 58.000. Según dicho estudio, en 2002 esos privilegiados sobrepasaron los 30 millones de dólares en activos financieros líquidos (sin incluir capital inmobiliario). Unos pocos miles contra seis mil millones de seres humanos de los que la mitad malvive con dos dólares diarios o menos. Pero, al mismo tiempo que los nuevos cresos engordaban sus fortunas personales, la media de ingresos de las gentes normales ha descendido ostensiblemente en 54 países; incluso en países que han crecido económicamente (India, con un 4% anual) ha aumentado el número de pobres extremos en 28 millones. Algo no funciona.

Lo curioso hasta la paradoja es que esa derecha neoliberal (que privatizaría el aire si se le permitiera) tan celosa de empequeñecer el Estado, no tiene empacho alguno en que el Estado intervenga en las cuestiones en las que no debería hacerlo: investigación con embriones, uniones civiles homosexuales, datos personales, etc. Y, junto con la injerencia en los ámbitos más privados o de la ciencia, la coartada de la seguridad para controlar hasta los pensamientos. Denuncia Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de agosto los enjuagues entre la neoliberal Comisión Europea y EEUU: las compañías aéreas facilitarán completa y detallada información personal sobre pasajeros europeos que lleguen a EEUU. Se ha descubierto también que paranoicos servicios federales estadounidenses han fichado a 65 millones de mexicanos, 31 millones de colombianos y 18 millones de centroamericanos sin conocimiento de sus gobiernos. Pero aún hay un proyecto más kafkiano (u orwelliano, como prefieran): reunir unas cuarenta páginas de información sobre todos y cada uno de los 6.200 millones de habitantes de la Tierra: el Total Information Awareness.

Esta visión fascistoide de la vida y de la política va de la mano con el más rancio y rapaz neoliberalismo, el que surge del consenso de Washington. Es lo que más se parece al peligro real de una dictadura global. Dogma y política neoliberales son el antiprogreso por insolidarios, depredadores e injustos. El neoliberalismo ha demostrado ser el crecimiento de la pobreza y de la desigualdad, pero, en su inacabable avidez, también es el regreso del autoritarismo, del control sin freno de los ciudadanos, de la obscena injerencia en la vida privada. Es el recorte de libertades y derechos porque no pueden permitir que nada ni nadie se interponga en el camino de su desbocada codicia.

Son tiempos de fajadores y en eso estamos. Y de regresar a la acción política. Según la Encuesta Mundial de Valores, el 65% de los ciudadanos de la Tierra no cree en los partidos políticos. Lógico. Pero hay más lugares donde hacer política y se trata de descubrirlos y abrirlos, porque cada vez que un grupo de ciudadanos se decepciona de la política, abandona y tira la toalla (no me refiero a la política de partido), en las filas del neoliberalismo destapan botellas de champaña.



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