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| 14 de agosto del 2003 |
La Insignia. España, agosto del 2003.
En su último discurso radiofónico, George W. Bush no dudó en loar la actuación del equipo que dirige Paul Bremer, administrador estadounidense de Irak. Más aún; al cumplirse 100 días desde el final de las operaciones bélicas, el departamento de prensa de la Casa Blanca publicó un opúsculo de 24 páginas en el que se enumeran los "90 éxitos" logrados desde la instalación del virrey de EEUU en Bagdad. Se trata, según los autores del documento, de "éxitos" en el campo de la democratización, la gobernabilidad, la educación, y un sinfín de etcéteras. Sin embargo, el folleto hace caso omiso de la cuestión clave: la seguridad. Y ello, por la sencilla razón de haber coincidido su difusión la pasada semana con el sangriento atentado perpetrado contra la sede de la misión diplomática jordana en la capital iraquí. Un acto terrorista que la mayoría de los analistas internacionales parece poco propensa a atribuir sin titubeos o reticencias a la agrupación "Ansar al Islam" (Guerrilleros del Islam), como pretende la maquinaria de propaganda del Imperator Bush.
"Ansar al Islam" es, en efecto, un movimiento radical perteneciente a la constelación de Al Qaeda, que opera en la región de Oriente Medio. Pero sus métodos de combate distan de la descripción facilitada por los talibanes mediáticos de la Casa Blanca. Los propios servicios de seguridad jordanos barajan otras hipótesis, más sencillas, que nada tienen que ver con la larga mano de Osama Bin Laden. Se trata más bien de dilucidar los misterios de los complejos lazos históricos y socioeconómicos que rigen las relaciones entre Ammán y Bagdad. En este contexto, conviene recordar los sentimientos de amor-odio, que suelen caracterizar las relaciones entre países vecinos, entre naciones emanantes de mosaicos tribales gobernados por príncipes de la misma dinastía: los hachemitas. Entre jóvenes Estados creados artificialmente por funcionarios coloniales francobritánicos tras la caída y desintegración del Imperio Otomano, que llegaron a compartir su accidentado destino en la región más conflictiva del planeta. Sin embargo, las consideraciones de esta índole resultan extremadamente complicadas para los integrantes del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca sobre Irak, establecido con el simple propósito de idear y vehicular "licencias literarias" destinadas a persuadir a la opinión pública estadounidense sobre la necesidad de acabar de una vez por todas con el régimen de Sadam Husein. ¿"Licencias literarias"? La expresión en sí, acuñada por expertos de la CIA, ocultaba el enorme arsenal de mentiras y/o falsas verdades empleadas por la plana mayor de los "halcones" del gobierno republicano -Richard Cheney, Samuel Wolfenson, Condoleezza Rice- a la hora de presentar a Sadam como la mayor amenaza contra la paz mundial. Curiosamente, rotativos que no dudaron en hacerse eco de los "éxitos" de la misión civilizadora de Washington en el ocupado Irak, como por ejemplo el influyente Washington Post, tuvieron que reconocer la existencia de una gran trama destinada a intoxicar a la opinión pública estadounidense. Entre las mentiras vehiculadas por los altos cargos de la Administración Bush conviene destacar la inminencia de la amenaza nuclear iraquí, las estrechas relaciones del equipo de científicos nucleares del dictador con comandos terroristas islámicos especializados en "ataques con armas atómicas o de destrucción masiva", la supuesta venta de uranio nigeriano a las autoridades de Bagdad, etc. Sin olvidar, claro está, la rocambolesca (aunque poco convincente) presentación de la amenaza bélica iraquí hecha por el secretario de Estado, Collin Powel, ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El "Post" reveló la existencia de esa espectacular campaña de manipulación de la opinión pública estadounidense mientras en la capital británica se reconocía, eso sí, a regañadientes, que altos cargos del Gabinete Blair habían exagerado deliberadamente las informaciones sobre el potencial bélico iraquí. En este caso, se trata de los supuestos arsenales de armas químicas y la capacidad de Sadam de desencadenar un ataque en "un plazo de 45 minutos". La información, facilitada por el primer ministro, Tony Blair, ante la Cámara de los Comunes, desencadenó la controversia pública que desembocó en el suicidio (¿?) del científico David Kelly, asesor del Ministerio de Defensa británico. En este orden de cosas, tampoco sorprenden sobremanera las noticias publicadas esos últimos días por el rotativo madrileño El País, que revela la existencia de un "Argumentario por la Paz y la Seguridad", elaborado por el Ministerio de Defensa español y destinado a su vez a justificar el uso de la fuerza contra el régimen de Bagdad.
Muchas de las tesis defendidas en este documento fueron ampliamente difundidas por los medios audiovisuales:
· Posesión de armas químicas; Es interesante observar que a la hora de la verdad, los principales medios de comunicación anglosajones (Washington Post, New York Times, BBC) no dudan en entonar el mea culpa. Pero las "licencias literarias", las licencias para matar de los "halcones" que rodean al Imperator, han causado daños incalculables. Actualmente, el George W. Bush trata de buscar soluciones para acabar con las matanzas de soldados estadounidenses estacionados en suelo iraquí. Su estratagema consiste, aparentemente, en sustituir paulatinamente a las tropas de ocupación de EEUU por una fuerza multinacional. Pronto se nos insinuará que la fortaleza de Europa, su respetabilidad y credibilidad, dependen del número de efectivos enviados al teatro de combate. Pero no hay que olvidar que el guión de las mediocres obras de política-ficción se escribe en Washington. Y que obedece a conceptos y consideraciones que nada tienen que ver con la tradición humanista del Viejo Continente. (*) Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París) |
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