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La insignia
18 de agosto del 2003


Argentina

Montoneros: Una herida que no cierra


Virginia Giussani
La Insignia. Argentina, agosto del 2003.


Cuando tenía 18 años Pepe era un semidios. Mario Eduardo Firmenich (alias Pepe) fue el referente máximo de una juventud que puso el pecho y las agallas para construir un mundo más digno y más justo. Desde chicos de trece años que empezaban su primer año de secundaria, hasta empleados, obreros, profesionales, gente de cultura, intelectuales apostaron a ese desafío de cambio que en algún momento se pudo rozar con la punta de los dedos en 1973, durante el gobierno de Campora.

Duró poco esa ilusión de moldear con nuestras manos un futuro distinto, sin embargo ya había mucha gente embarcada en esta aventura, que a pesar del primer traspié de perder su posición en el gobierno, siguió en la lucha. Todavía el cambio era posible, llevaría más tiempo, sería más duro, pero posible.

Para muchos de los que éramos adolescentes en aquella época, quizás, la resistencia comenzó a ser el reflejo no tanto de una reflexión política profunda, sino más bien de un compromiso emocional frente a nuestros amigos y compañeros que empezaban a bajar lentamente al sótano del espanto, tomando la posta de sus ojos, sus manos y sus sueños. La utopía revolucionaria seguía en pie, desde lo lúdico más que desde lo pragmático. Sin embargo, frente al vértigo de los acontecimientos coyunturales -comenzaba la práctica de la desaparición forzosa de personas-, el compromiso se fue fortaleciendo más en evitar la cacería propia y ajena, que en delinear estratégicamente ese país por el cual estábamos dispuestos a dar la vida.

Desde la conducción se nos instaba a resistir, aún con más vehemencia frente al desafío tremendo en el que se había transformado la realidad. Entre tanto, aquella enorme masa de pueblo que en algún momento había ganado las calles y acompañado nuestras consignas, comenzaba lentamente a replegarse. El mensaje político fue cediéndole espacio a las estructura militar y, consecuentemente, quitándole fuerzas vivas al Movimiento. Llegó un momento en el que ya no se trataba de construir, se trataba de sobrevivir, de proteger personas, documentos, armas. La dirección decidió encontrar su protección en el exterior y desde allí, parados en una simbología cada vez más exótica de uniformes y gestos castrenses, ordenaba con rigor la resistencia interna.

Fue entonces que "el Pepe", para mí, fue perdiendo lentamente sus medallas y sus atributos de líder. No se puede dirigir una tropa que está siendo devastada, desde el exterior y con omnipotencia. Porque en el interior la cosa era bien distinta a la burbuja que vivían ellos refugiados en el corazón de la revolución nicaragüense. Frente a esta absurda dicotomía empezó el principio del fin de un sueño.

Cuando se baja a la ultratumba del horror todo es posible, sobre todo cuando en ese pantano de mugre e indignidad se descubre que la utopía es mucho más fuerte que la solidez ideológica. Muchos murieron aferrados a esa bella utopía, otros, se quebraron frente a la endeblez ideológica. Creo que en lo individual, ni un caso ni el otro es materia juzgable. Frente a lo que sí hay que reflexionar es respecto a los enormes errores políticos que ayudaron a este fracaso. Porque no nos equivoquemos, esa generación no fracasó sólo porque fue aplastada por un ejército más poderoso, también fracasó por su propia ineptitud de hacer comprensible un proyecto de construcción colectiva.

Hoy, Firmenich tiene captura recomendada, y Fernando Vaca Narvaja junto a Roberto Cirilo Perdía, referentes de la conducción montonera, están presos. Está claro que esto responde a ese sutil juego de ajedrez que maneja el poder, y no me refiero al presidente Kirchner, me refiero a esas hebras de poder que sobrepasan la voluntad presidencial. Se puede decir, comprensiblemente, que frente a la anulación, por parte de la cámara de diputados, de las leyes que le otorgaban un manto de impunidad a los genocidas, se hacía necesario mover una pieza para equilibrar la balanza frente al pasado. Un pasado en donde, ciertamente, no es igual el nivel de responsabilidad de un gobierno que práctica institucionalmente el terrorismo de estado, que un grupo armado de vanguardia. No es lo mismo.

Sin embargo, para quienes alguna vez acariciamos la utopía de un mundo más justo, y que la seguimos acariciando, la encrucijada sobré qué decir frente a estas detenciones, y cómo decirlo no es fácil, corremos el eterno riesgo de ser tildados de reaccionarios. Entiendo y comprendo a aquellos que quieran callar su opinión por no darle de beber a la derecha. Pero en lo personal creo que también eso responde a un juego de tácticas y estrategias, de oportunidad o falta de oportunidad para atreverse a escribir una parte de nuestra historia, desde el otro lado, que todavía no ha sido escrita.

Pero bajemos el nivel de dramatismo inmediato; la justicia se pronunciará con su artillería legal de un lado y del otro, y ciertamente, no transformaremos a Firmenich o a Perdía en estandartes emblemáticos de una izquierda que sin duda los supera y que hay que resignificar. Aquí no se trata de personas, se trata de ideas que le costaron al país lo mejor de su gente.

La famosa "contraofensiva", argumento de acusación para detener a estos máximos jefes montoneros con el afán de dejarlos pegados junto a los represores, tiene su lectura propia y es fácil descifrar sus intenciones. Sin embargo, el punto esencial no se reduce a este juego táctico del poder. El punto esencial es animarnos, de una vez por todas, a completar el capítulo que describe la generosidad, valentía, entrega y sueños de una generación, con la parte que le falta: ¿Por qué fracasó?



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