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| 27 de abril del 2003 |
Virginia Giussani
«En mi país, que tristeza, cuando empieza a amanecer», decía Alfredo Zitarrosa en su maravillosa canción.
País de sueños inconclusos, país de magia y país de pesadillas. País de Piazzola, picana y Borges. País de San Martín y Videla, de "cambalache" y sangre. País encontrado y perdido, con penas tan extensas como su larga geografía. País de té inglés, chucrut alemán, tarantelas y sambas. Controvertido, desgarrado, imaginado y sufrido. País mío. Es probable que no volvamos de nada, ni vayamos a ningún lado, por ahora. Atascados en nuestro propio estanque de aguas podridas, así estamos. Serpenteando, dando vueltas por el mismo círculo una y mil veces, y creyendo, ilusos de nosotros, que avanzamos. Ni una feroz dictadura, ni una tibia y recuperada democracia lograron hacernos despertar del letargo, de esa confusión histórica de creernos los más grandes, los más inteligentes frente a nuestros vecinos, los más creativos, los más occidentalmente civilizados. Pasmoso malentendido existencial de una sociedad que nos llevó a devorarnos entre nosotros como el último de lo caníbales. Tan proporcionalmente confuso es nuestro pasado, como nuestro presente. Ese pasado de luchas y entregas derivó, patéticamente, en un presente de resignación y asco. Difícil continuar el camino, dirigir nuestros pasos hacia alguna meta si su inicio se bifurca en tantas contradicciones. País de clase media intelectual e iluminada, chorreada de sueños y fantasmas que hoy recuestan su futuro en la antinomia de lo que supieron combatir antaño. Eligen el stablishment, eligen el mercado, eligen la propiedad de cemento contra la propiedad del alma. Triste ocaso de una utopía. Sin embargo, aún dentro de las aguas estancadas, la vida crece, late, se reproduce, y esa quizás es la última esperanza de redención. Mal que les pese a aquellos intelectuales, ideólogos de izquierda o de derecha, con sus cálculos estrechos y sus mentes pequeñas, la vida está creciendo. Esa vida individual y colectiva está creciendo, apaleada, como siempre, ignorada, como siempre, pero vibrante. Desde abajo, desde el dolor que no tiene ideologías, desde la frustración que rompe los candados, desde la experiencia solidaria que ahuyenta al desamparo privado. Crece desde el pie. Este domingo elegiremos presidente, poca cosa frente a la enormidad de elecciones a las que tendríamos que enfrentarnos. Apenas, un retoque de maquillaje pondremos en las urnas, no basta un presidente con su mano tibia o de fuego, porque esa misma mano será la que tome la gran decisión de reprimir el hambre, con balas de plomo o de goma, pero tendrá que usar balas para seguir transitando por este camino donde, irremediablemente, hay que liquidar los estorbos para mantener cierto stablishment. Pero sepan que los estorbos son muchos, son miles, son millones de almas que empiezan a juntarse para tratar de encontrar otro camino más justo, sin armas más que su manos limpias en la tierra. Ya no depende de una clase media iluminada que arrastra en su juego de aventuras al más débil. El más débil, desde su identidad y su orfandad está creciendo. Lo torturarán, lo encerrarán, lo perseguirán, pero crecerá. La opresión, cuando es masiva, encuentra las grietas por donde dirigir sus pasos hacia una realidad más digna. Entonces, sólo entonces, podremos empezar a pintar entre todos un paisaje más generoso. |
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