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La insignia
26 de abril del 2003


Lo que ya sucedió, es más factible que vuelva a suceder


__SUPLEMENTOS__
Crisis en Argentina

Héctor Timerman
Debate. Argentina, abril del 2003.


Entre los firmantes de una solicitada aparecida en La Nación del domingo pasado en apoyo de la candidatura de López Murphy hay personas que siempre mantuvieron un apego a la concreción de una sociedad justa y a una democracia amplia y contenedora. Pero el verdadero perfil del candidato parece estar indicando otra cosa. ¿Será que la decadencia de las instituciones argentinas ha hecho bajar la guardia de muchos en la defensa de la democracia?

Nunca antes había ocurrido, como sucede en esta ocasión, una elección en la cual la mayoría no espere el resultado con la inmensa alegría que produce la seguridad de un cambio social significativo. La esperanza del 45 y la inserción de una mayoría olvidada; el 58 y la llegada de la modernidad; el revolucionario 73 y la restauración del 83. También la elección que coronó a Carlos Menem en 1989 permitió una explosión de expectativas en un significativo sector y igual que con el triunfo de la Alianza. No ocurrirá lo mismo este domingo, aunque como se puede apreciar en las páginas de esta edición no todos los candidatos son iguales, ni el país será el mismo gane quien gane.

La apatía refleja una preocupante lejanía entre votante y candidato. Un quiebre mucho más profundo que el mensaje expresado a través del voto, porque la democracia es más compleja que una elección. Es también la fortaleza de sus instituciones, el reconocimiento de los derechos sociales, y por sobre todo una forma de pensar la relación entre uno y el resto de los ciudadanos.

Y en casi todos estos aspectos los argentinos estamos en falta. La justicia es injusta, la corrupción aumentó junto con la inequidad social, el Estado se achicó y la nación no creció. En este escenario no son pocos los argentinos que están hartos de los políticos y que, además, se cuestionan las supuestas ventajas de la democracia, más allá de defender ciertas libertades, entre ellas el voto.

El domingo pasado, un importante número de personalidades y de la cultura realizaron un acto fundamental de la democracia haciendo público, en una solicitada, su decisión de apoyar a un candidato, a Ricardo López Murphy.

Hasta ese momento la candidatura de López Murphy respondía a la necesidad de un sector minoritario de continuar expresando sus ideas tal como lo hicieron alguna vez apoyando a Alvaro Alsogaray o a Domingo Cavallo. Liberal en relación a la economía pero conservadora y hasta autoritaria respecto de las necesidades de los sectores más marginados.

Entre los firmantes de la solicitada hay personas que conozco desde hace tiempo. Algunas las admiro por su inteligencia como Sebreli, Luis Gregorich, Santiago Kovadloff, y Blas Matamoro. Hay quienes valoro intelectualmente pero también aprecio por su generosa solidaridad cuando mi paadre fue secuestrado durante la dictadura como Ernesto Schoó e Issay Klasse. Y también hay afectos de toda una vida como con Emilio Weinschelbaum.

Pero si algo une a algunos firmantes, a los que conozco personalmente y a quienes aprecio por su trayectoria, es un apego de siempre a la concreción de una sociedad justa, de una democracia amplia y contenedora, de una confianza natural en las instituciones de la república.

¿Puede ser, entonces, que sea Ricardo López Murphy quien los represente en dichos valores, o las frustraciones del país han deteriorado el camino elegido y defendido durante décadas?

López Murphy es y representa sus ideas, y es lógico pensar que son las que implementará si es electo presidente. Las mismas que con inteligencia y ahínco defiende desde hace años.

Como cuando asumió en el Ministerio de Economía y propuso reducir el presupuesto educativo y la eliminación del Fondo de Incentivo Docente, pero guardó silencio sobre los siderales subsidios que reciben una cantidad de empresas cuyos directivos aplaudieron su célebre discurso en la Bolsa de Comercio. También es producto de su libre albedrío la decisión de utilizar la represión en la resolución de los conflictos sociales incluyendo la participación de las Fuerzas Armadas. Es también un mensaje preciso su deseo de disminuir a 14 años la edad de imputabilidad para quienes cometen delitos. Y por último, una plétora de medidas económicas que prometen un crecimiento para todos pero, como las experiencias locales o extranjeras enseñan, siempre logran evitar que el vaso derrame el agua sobre los más sacrificados por dichas políticas. Todo esto es aun más grave ya que se intenta en una situación explosiva generada por un número inaudito de desempleados y excluidos sociales y con las barreras de contención social muy dañadas durante décadas de ajustes.


No podían desconocerlo

No puedo creer que quienes firmaron la solicitada desconozcan la férrea defensa de las Fuerzas Armadas que el candidato despliega públicamente desde sus tiempos como ministro de Defensa. Justamente el pasado domingo se publicaron en La Nación sus declaraciones al respecto: "Siempre he respetado y valorado su esfuerzo, y además he conocido su sacrificio, su desprendimiento, su patriotismo". ¿Siempre, doctor López Murphy? ¿También cuando perseguían a varios de los firmantes de la solicitada en su apoyo?

No son sólo palabras; el candidato supo defender al jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni. Un militar sospechado de estar involucrado en el asesinato en masa de presos durante la dictadura, y más recientemente de haber nombrado a un abogado neonazi como defensor de los oficiales acusados de violar los derechos humanos. ¿Es esta la "garantía institucional" que los firmantes de la solicitada ven en López Murphy?

Los sabios judíos dicen, y yo les creo, que todo puede suceder, pero aquello que ya sucedió es más factible que vuelva a suceder. En dicha lógica no es impensable que pueda retornar un intento de gobierno autoritario. Si así ocurriese, a López Murphy no le faltará gente con experiencia. En sus equipos figuran varios colaboradores de la última dictadura. El secretario de Hacienda de Galtieri, Manuel Solanet; Alberto Natale, intendente de Rosario en aquellos años, y José Lladós, asesor del dictador Videla, como ahora lo es de López Murphy. Y sin formar parte de sus equipos pero apoyándolo públicamente, el subsecretario general de la dictadura, Ricardo Yofre, y el entonces embajador en Italia, Rafael Martínez Raymonda. A ninguno de ellos se les conoce el mínimo arrepentimiento.

El apoyo público de tan distinguidas personalidades de nuestra sociedad en dicha solicitada sería la confirmación de que ha llegado a estas tierras el fin de la historia, el fin de las ideologías. No estoy seguro. Lo que sí me animo a asegurar es que en estos veinte años desde la elección de 1983 la idea de la democracia se ha ido desdibujando. Y ése es el principal fracaso que compartimos quienes firmaron y quienes no firmamos la solicitada.



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