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La insignia
25 de abril del 2003


Que gane Menem


__SUPLEMENTOS__
Crisis en Argentina

Virginia Giussani
La Insignia. Argentina, abril del 2003.


Como muchos, hasta ahora estaba parada en un pasmoso escepticismo frente a las elecciones del próximo domingo. Sin estímulo, sin el mínimo interés por escuchar a los candidatos y, por cierto, sin pasión. Palabras más, palabras menos, todos dicen lo mismo, el engranaje publicitario de los candidatos simplemente es nauseabundo, esmerándose en vendernos una pasta de dientes para blanquear un futuro intangible. Sin embargo, los candidatos no son más que un dato menor frente a nuestro futuro como nación, también ellos son la esencia de lo que no hemos sabido construir en nuestro dificultoso camino. El dilema va mucho más allá de quien ocupará el preciado sillón de Rivadavia durante los próximos cuatro años, porque quien lo ocupe, salvo uno, tratará de mantener el barco a flote en este mar embravecido, mantener el rumbo sin modificarlo sustancialmente. Cada uno con sus tonalidades y matices, pero la lógica mental no será muy distinta de lo generado en los últimos 20 años de democracia. Una democracia que, a pesar de ser bienvenida, no fue conquistada ni por sus políticos, ni por la gran mayoría del pueblo, sino cedida patéticamente después del bochornoso fracaso militar. Ese es el tinte de nuestra raza política que manejó los últimos veinte años e insiste en pretender manejar los próximos.

A partir de esta estructura mental es difícil augurar que los candidatos, de cara a la próxima elección, hagan gestos muy audaces y profundamente distintos de lo producido hasta ahora, y peor aún, nos ofrecerán la terrible tentación de seguir funcionando por inercia. Salvo uno, uno sólo de ellos puede hacer cambiar la página de la historia, y ese candidato no es otro que Carlos Saul Menem. Si Menem llegase a ganar las próximas elecciones nos regalará la histórica posibilidad de transformar nuestro futuro como país. Está claro que en su tercera presidencia tratará de terminar lo iniciado en sus dos primeras gestiones, es decir posicionar a la Argentina como un súbdito más de la madre patria estadounidense. El suyo, sin duda, sería un proyecto revolucionario, aunque la revolución, en este caso, se instalaría en las antípodas de lo que la izquierda se esmeró en adoptar como propio. La revolución de Menem se ubicaría en los extremos de la derecha neoliberal que hoy intenta dominar el mundo. Su victoria, probablemente signifique la disolución total de lo que queda de nuestra soberanía, colocándonos en ese umbral donde el destino de un país dependerá, ya no de un presidente, sino de la capacidad de una sociedad entera para delinear su porvenir. En este sentido, el desafío comienza a ser fascinante y el compromiso de cada individuo trascendental. Menem, no significa el cambio de una gestión más o menos administrativa, significa el cambio de rumbo de un Estado y quizás la desintegración del mismo.

¿Cuál será el papel del ciudadano en este escenario? Muchos todavía creen en los espejos de colores de la época de bonanza menemista, una época ficticia, etérea y tramposamente tangible frente a un fugaz bienestar económico. El mismo bienestar que sirvió de trampolín para catapultarnos en el ciclo más hambriento e indigno de nuestra gente. Con la ilusión de volver a la perdida bonanza económica lo votarán, y este voto, y su victoria llegado el caso, obligará al resto del país a decidir que revolución está dispuesta a hacer, si la recuperación de su dignidad como nación o la perdida irremediable de su identidad.

Por eso quiero que gane Menem, para que nos enfrentemos con nuestra imagen descarnada y brutal frente al espejo, nos miremos a los ojos unos a otros y decidamos que sociedad queremos construir. Menem no significará más que el pulso de nuestra búsqueda como comunidad, para que finalmente tomemos conciencia y aprendamos de las experiencias vividas o, como bien decía Borges, seamos definitivamente incorregibles.

Quizás, el último episodio que marcó un cambio de rumbo estructural en nuestra historia fue el 17 de octubre de 1945, cuando el pueblo salió a la calle para exigir otro camino. Más allá de las apreciaciones sobre las bondades o no de esta decisión, fue un momento histórico en donde la gente puso el pecho y grito lo que quería.

Afortunadamente hoy no existe un líder para ir a buscar y entregarnos a su misericordia, pero sí existen experiencias sociales alternativas, tanto a nivel nacional como latinoamericano, que se están construyendo desde abajo y bien vale empezar a tomar conciencia de ellas. Con Menem como presidente nos enfrentaremos a esa encrucijada de poner otra vez el pecho para delinear nuestro destino como nación, o callar para siempre. Apuesto a lo primero.



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