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| 21 de abril del 2003 |
Los falsos dilemas
José Marzo
No me siento con la categoría moral necesaria para condenar la ejecución de tres delincuentes ordenada por las instituciones cubanas. Tampoco para condenar un secuestro cuya letra pequeña y cuyas motivaciones desconozco. ¿Es terrorismo secuestrar un avión? ¿es terrorismo secuestrar una lancha motora? ¿y un bote de remos? ¿y una patera? Pero no pretendo burlarme de los hechos, son demasiado graves, sino de las palabras, de la palabrería; no equiparemos terrorismo con delincuencia. Terrorista, pienso, es aquel que aterroriza mediante la violencia armada como parte de una estrategia global. Cuidemos las palabras, aunque a veces se nos caigan de las manos. Uno escribe porque primero ha observado y ha leído y porque piensa y dialoga, y también porque plasmar sus reflexiones y compartirlas con los lectores es un placer al que no debe renunciar, el raro placer de arriesgarse a equivocarse de nuevo y a que las palabras se vuelvan en su contra.
¿Estoy contra la pena de muerte? Desde luego que sí. Pero si mañana me condenaran a muerte y luego conmutaran la pena por una cadena perpetua en una celda de seis metros cuadrados de paredes insonorizadas, pediría, rogaría de rodillas que me dieran un frasco de barbitúricos. La pena de muerte y el castigo perpetuo dicen muy poco a favor del estado que los utiliza. Las personas cambiamos, y por eso las constituciones avanzadas recogen la reinserción del delincuente como un objetivo básico de las instituciones. A los enfermos se les sana o, en su defecto, se les cuida, y a los delincuentes, después de cumplir una condena razonable, se les reinserta en la sociedad, se les da la oportunidad de convivir sin los condicionantes que en otro momento les empujaron a cometer un delito. Un estado que condena a muerte es un estado enfermo. Un estado que condena a muerte no sólo está expresando qué delitos no está dispuesto a consentir, sino también reconociendo implícitamente que es débil y ha renunciado a proporcionar a todos sus ciudadanos las condiciones de una vida digna. ¿Cómo y para qué ofrecer la posibilidad cierta de una vida mejor cuando ya se está amenazando con una vida peor, con un presidio infame o con la muerte? Castro no es Stalin. Pero Franco y Mussolini tampoco eran Hitler. Franco condenó a una generación de españoles al exilio, a la miseria cultural, económica y social o al presidio (condenó al exilio a un miembro de mi familia, a la pobreza a los demás), pero no era Hitler. En la historia infame de las dictaduras también hay grados. Podríamos considerarlas según los ideales que las legitiman, y en tal caso la cuba castrista o la URSS serían errores bienintencionados. O podríamos considerarlas según sus hechos, amontonando injusticias e iniquidades en ambos platillos de la balanza. Hitler, que despreciaba la democracia, llegó al poder con unas elecciones democráticas y luego suspendió el derecho democrático. Ni siquiera se impuso en Alemania y en el corazón de tantos alemanes con un gran festín de sangre. Dosificó el terror: bastaron unos pocos muertos (los que le hacían sombra) y unos pocos presos (los que se le oponían) y el resto se sometió. El holocausto vino después, junto con su proyecto de imperio racista. Hace falta muy poca sangre para que dejemos de pensar. ¿Cuánta necesitaremos para volver a pensar? Pero Castro tampoco puede equipararse a Stalin, que en torno a 1930 reprimió al campesinado ucraniano privándole de sus cosechas y condenándolo a la hambruna y, en algunos casos, incluso al canibalismo. Yo no soy comunista; no estoy contra la pequeña propiedad privada ni la libertad individual de emprender, sino contra la acumulación capitalista y el nuevo clasismo corporativo; pero ¿a cuántos comunistas mató Stalin? Sigamos haciendo comparaciones. Estados Unidos lidera a la "sociedad de naciones" en esto del matar, la representación de los trabajadores en el seno de sus empresas es un hecho marginal y las desigualdades de renta y de oportunidades ofenden a cualquier demócrata. En Cuba no existe libertad de asociación, ni sindical, pero en América del Sur, ¿cuántos sindicalistas han sido asesinados en los últimos diez años? La comparación a la baja es una estrategia mental mezquina, pero comprensible; no deja de ser la estrategia de quienes no pueden ofrecer un modelo mejor, de modo que para realzar el suyo se limitan a destacar los defectos de los otros. Saramago dice que se queda. El artículo en que lo anunciaba era lacónico y sobrio. No es la actitud de un traidor, como han afirmado los guardianes del pensamiento. Saramago ya lo tiene todo ganado; su paso atrás ya sólo es una muestra de dignidad de quien ha sido fiel durante cuarenta años a una esperanza frustrada. Yo, de niño, admiraba a quienes echaron del poder al dictador Batista. Pero ¿cómo admirar a quien se ha convertido a su vez en otro dictador y ha empujado a tantos miles de cubanos a jugarse la vida en las aguas del Caribe, a tantas cubanas a la prostitución? Del encantamiento me curé definitivamente cuando conocí a un marxista cubano exiliado en España. Cuba es un estado policial que reprime las libertades públicas. ¿Podríamos contar otra historia sin el bloqueo de los Estados Unidos? Seguramente. ¿Ha reclamado alguna vez Fidel Castro que se levante el bloqueo para así poder conceder libertades públicas a los cubanos? Seguramente no. Sus discursos duran incluso horas y el aplauso es unánime. ¿Nada que precisar? ¿algún desacuerdo? ¿un matiz? El capitalismo en democracia ha sido más hábil: no necesita censurar políticamente (las leyes democráticas no se lo permiten), sino que le basta con excluir y marginar (las leyes democráticas aún no lo remedian) y enterrar a sus opositores con toneladas de propaganda. ¿Qué teme Fidel Castro si su gobierno abre la caja de Pandora de las libertades? ¿que acabe instaurándose el capitalismo y regresen los explotadores? ¿o que alguien discuta su poder, el nepotismo de su administración, los privilegios de los burócratas? No estoy orgulloso de este artículo, en el que la reflexión cede ante el malestar. Preferiría no escribirlo, pero esa "izquierda" que no acepta sin condiciones las libertades públicas y la pluralidad no es izquierda, sino un maximalismo que tropezará una y otra vez con la piedra del totalitarismo que incuba en su vientre. ¿Estaré dando argumentos al gobierno de los Estados Unidos? Estoy convencido de que no. En política internacional, Bush lidera una estrategia militar neofascista. Pero ni el modelo ni las soluciones están en Cuba, sino en la ONU y en la democracia... quizá. |
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