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La insignia
17 de abril del 2003


Y ahora, Cuba


Jesús Gómez
La Insignia. España, abril del 2003.


Según Amnistía Internacional, 1526 personas fueron ejecutadas el año pasado en todo el mundo. El 81% del total murieron en Estados Unidos, Irán y China, aunque la organización humanitaria afirma que la cifra real de asesinatos legales podría ser muy superior.

Ahora, deténganse un momento y relean. Mil quinientas veintiséis personas, una tras otra, muertas. Imaginen las motivaciones políticas, sociales, culturales, que los verdugos utilizaron para quitarles la vida a sangre fría. Intenten ponerse en el lugar de los jueces, líderes religiosos o políticos que firmaron las sentencias. Sean comprensivos, olviden a las víctimas, piensen que no son mil quinientos veintiséis seres humanos sino mil quinientos veintiséis delincuentes, traidores al Estado, espías, elementos asociales, secuestradores, etc. ¿Mejor así? Seguro que para la mayoría de ustedes, no. Seguro que la mayoría tiene el corazón y la inteligencia necesarias para deplorar un acto tan atroz como la pena de muerte.

El problema para determinada clase de gente -a la que intentaré ahorrar adjetivos- surge cuando se cambian las circunstancias o sencillamente el nombre de los países. Entonces, un asesinato puede dejar de ser un asesinato y pasar a convertirse en un mal menor, en un detalle intranscendente dentro de determinado contexto o en algo triste pero a fin de cuentas excusable si la causa es suficientemente buena. Sin embargo no importa dónde, cómo, cuándo, por qué: quien relativiza esa versión del terrorismo de Estado llamada pena capital, es siempre un reaccionario que sólo merece desprecio.

Hace unos días, el gobierno cubano ordenó la ejecución de Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla y Jorge Luis Martínez. Sin duda hay quien ha intentado e intentará aprovechar las muertes en beneficio propio, pero lamentablemente están ahí, son reales, no son invenciones del imperialismo yanqui ni un mal sueño. Los hechos son implacables, no hay construcción lingüística ni fraude intelectual que puedan negarlos: el gobierno cubano ordenó el asesinato de tres personas. Y como todos sabemos, también hay quien en ese preciso instante comenzó a buscar justificaciones.

Sería difícil llevar la cuenta de los articulistas y políticos, especialmente de la izquierda latinoamericana, que llevan días haciendo declaraciones y escribiendo textos a cual más indigno. Ninguno de ellos -hasta el momento- ha defendido de forma explícita los asesinatos, pero todos lo han hecho de forma implícita, todos han buscado atenuantes, todos han evitado subrayar la barbarie, todos se han molestado en acumular palabra tras palabra para encubrir lo sucedido de tal manera que creamos que la ejecución de tres personas no es la ejecución de tres personas sino un factor, nada personal, algo casi mecánico inserto en la geopolítica y otras elucubraciones.

Se ha dicho que comprendamos la especial situación política de Cuba. Se ha dicho que los tres cadáveres son un mensaje necesario a Washington. Se ha dicho que el gobierno cubano ha actuado con inteligencia. Se ha dicho que las muertes de hoy impedirán las de mañana. Se ha dicho que más se mata en otros lugares. Se ha dicho que tres ejecuciones son poca cosa en un mundo desquiciado. Se ha dicho incluso -en el colmo del cinismo- que los verdugos han sido los primeros en lamentar la suerte de sus víctimas. Se ha dicho de todo con tal de no decir la verdad, y en definitiva, se ha dicho que apartemos la mirada, que callemos, que mantengamos cerrada la boca porque denunciarlo en voz alta y claramente atenta contra el socialismo o debilita nuestras posiciones. Qué les parece. Según esa gentuza la tiranía nos acerca a la libertad; y la muerte, a la vida.

En mi opinión, están enfermos de cobardía y de ceguera; doy por sentado que pocos serían capaces de apretar el gatillo si los invitaran a poner en práctica sus teorías, pero eso, al final, es irrelevante: Por no enfrentarse a preguntas que no se quieren hacer y a conclusiones a las que no desean llegar, justifican la muerte. Después, siempre habrá alguien que dispare.

He dejado para el final una herida distinta, aunque importante, porque resulta menor y vacía frente a la ejecución de tres seres humanos. En este caso, los abogados de la pena capital dicen defender el socialismo y afirman actuar en su nombre. Me pregunto qué clase de socialistas, de comunistas, pueden ser quienes carecen del más elemental sentido de la humanidad y de la ética. Es una pregunta casi retórica, por mucho que este comunista lo lamente; cómo olvidar que la mejor de las ideas puede provocar la peor de las atrocidades, cómo olvidar lo que algunos hicieron en el siglo XX a cuenta de razones tan repugnantes como las que hoy se repiten. No se puede olvidar. Yo, al menos, no olvido.

Sin embargo, hay muchas y buenas razones para la esperanza. La mayoría de los ciudadanos de izquierda y gran parte de sus organizaciones políticas han reaccionado con la contundencia y la altura moral que cabe esperar en quien pretende un mundo nuevo. La impunidad no ha terminado, falta camino. Pero si los amigos de la muerte mantienen el juego de la doble moral, si vuelven a acusarnos a todos de traidores, deben saber que esta vez no habrá repetición de la historia: será la estrella roja quien les devuelva la acusación y los derrote.



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