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| 5 de abril del 2003 |
1973-1982 (V)
F. Martín Acosta T.
3. Beneficios para los gobiernos de América Latina
Lla crisis de la deuda externa no fue responsabilidad únicamente de la política exterior estadounidense o de los bancos privados. Para una transacción financiera como los préstamos, hay un requerimiento básico: alguien debe pedir prestado. Los gobiernos de América Latina, también disfrutaron de beneficios al participar en el juego. A finales de los sesentas, cuando las ideas de Raúl Prebisch reinaban en América Latina, varios gobiernos de la región, que tradicionalmente han poseído bajos niveles de ahorro, habían ya decidido financiar su política de industrialización mediante la sustitución de importaciones recurriendo al endeudamiento, antes que aceptar la entrada de las multinacionales "abusivas" e "imperialistas". Luego del primer shock petrolero, los gobiernos latinoamericanos no tardaron mucho en sucumbir a la tentación de volverse dependientes del financiamiento extranjero, como una alternativa a los dolorosos ajustes de políticas internas. Estos préstamos extranjeros, libres de condiciones, permitieron a los políticos incrementar el gasto sin necesidad de subir los impuestos. Como el entonces presidente de la Junta Federal de Reserva de los Gobernadores, Arthur Burns, hizo notar en 1977, los países "encontraban más atractivo el pedir prestado que el ajustar sus políticas monetarias y fiscales; y si pueden hacer esto sin que los prestamistas adjunten cláusulas restrictivas a los contratos de préstamo, mucho mejor. (72)" El problema surgió cuando, para el final de la década, muchos gobiernos latinoamericanos parecían haberse convertido en adictos al financiamiento extranjero. Para los oficiales públicos en América Latina, los fáciles préstamos de los bancos privados estadounidenses representaba el equivalente a recibir una tarjeta de crédito con una línea de crédito ilimitada (73). Como Andrew Walter expone, el endeudamiento estaba basado también en las expectativas de las tasas de interés y los precios de los bienes. El hecho de que las tasas de interés reales fuesen negativas a lo larga de casi toda la década de los setentas, "sugirió a los prestatarios que el endeudarse mantendría beneficios sin tener que hacer los sacrificios políticos que la inversión extranjera directa suponía. (74)" Además, algunas organizaciones internacionales, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), directa o indirectamente promovían la negociación de préstamos extranjeros al proyectar cada vez precios más altos del crudo para el futuro. Dichos anuncios promovieron el endeudamiento agresivo por parte de los gobiernos de los países importadores de petróleo, quienes jamás pensaron que el precio del crudo bajaría o por lo menos se estabilizaría, y llamaron a mayores inversiones en fuentes de energía alternativa en los países importadores de petróleo. Incluso en 1983, el BID, basado en Washington, continuó anunciando que el precio promedio del barril de petróleo llegaría a 50 dólares a fines de los ochenta y a 80 al final de la década de los noventa. B. Gastos improductivos Contrariamente las prácticas bancarias tradicionales, en algún punto en los setenta los préstamos dejaron de servir proyectos específicos y se convirtieron en préstamos más generales. Pablo Lucio Paredes, economista ecuatoriano de corte neoliberal, sostiene que los recursos no fueron usados de forma eficaz. La prueba de esto es que América Latina no puede pagar. Sin embargo, incluso si los fondos hubiesen sido usados correctamente, todavía sería difícil de pagar ya que las decisiones del sector público normalmente son a largo plazo, y se debe tomar en cuenta que los gastos en los servicios sociales, como la salud y educación públicas, no necesariamente producen la cantidad de divisas necesarias para pagar los préstamos en el corto plazo. Jain ha probado que se puede esperar una crisis de deuda externa cuando las decisiones de pedir préstamos son tomadas por agentes corruptos, cuyo comportamiento no puede ser controlado por sus superiores. Los acuerdos de préstamos eran, de hecho, negociados en secreto entre los banqueros privados y los oficiales de los gobiernos. Estos últimos, en varias instancias, no fueron elegidos, y no podían ser reclamados por el pueblo en cuyo nombre estaban comprometiéndose a pagar en el futuro. Es más, los oficiales que aprobaban estos préstamos muchas veces se beneficiaban directamente a través de participaciones en los contratos y "comisiones" de los agradecidos contratistas. En resumen, el sistema creó un incentivo para el sobre-endeudamiento (75). Nada sorprendente fue entonces, que entre 1973 y 1982, una porción cada vez mayor de fondos fue desviada de proyectos en inversiones productivas, hacia consumo corriente, gastos militares, o inclusive a acelerar la fuga de capitales (76). Con respecto a este último punto, algunos fondos fueron, desde el principio, colocados fuera del país prestatario, esto resultó en una fuga de capitales fomentada por las propias autoridades. En otras palabras, una gran parte de la deuda externa de algunos países (como Argentina, Méjico y Venezuela), nunca fue invertida en la economía interna (77). Por otra parte, mientras algunos de los proyectos financiados por los bancos privados tuvieron un costo final que era más alto del presupuestado, muchos de ellos resultaron ser completamente improductivos. Algunos casos extremos incluyen el complejo industrial de papel de Santiago de Cao en Perú, que no pudo funcionar a causa de la falta de agua; la refinería de plomo y platino en Bolivia, que no pudo ser operada porque no tenía suficiente oxígeno, ya que estaba construida a más de 4000 m.s.n.m.; y la imprenta del Ministerio de Educación del Ecuador, que fue instalada en 1991, doce años después de haber sido comprada, y que todavía no funciona (78). Durante este período, muchas dictaduras militares en los países latinoamericanos (como en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador y Paraguay), no tenían miedo de un endeudamiento exagerado. Los militares en Brasil, por ejemplo, incrementaron la deuda de su país de 5100 millones de dólares en 1964 a 105 mil en 1984; los militares en Argentina hicieron lo propio elevando su deuda de 9.300 millones en 1976, a 48.900 en 1984 (79). Es verdad que, la Guerra Fría en cierta manera justificaba los préstamos a los dictadores obedientes. Lastimosamente, Nalón y Pettifor han probado que algunas veces esos préstamos financiaban a dictaduras militares corruptas. Por otra parte, créditos grandes pero no revelados fueron usados para financiar la adquisición de armas y la industria militar. Perú, por ejemplo, compró docenas de cazas franceses Mirage y cientos de tanques soviéticos (80).
Notas (72) (Cohen, 1986: 209) |
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