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La insignia
24 de septiembre del 2002


Réquiem por la ONU


__Especial__
EEUU en guerra
Alberto Piris (*)
Centro de Colaboraciones Solidarias
España, septiembre del 2002.



Sería deseable no tener que comentar tan a menudo, y a veces tan negativamente, noticias originadas en EEUU. El mundo es más vasto y variopinto que lo que se concentra entre el puñado de edificios oficiales de Washington; pero, lamentablemente, todo lo que estos últimos días procede de la capital del imperio recaba forzosamente la atención de los simples ciudadanos de cualquier país. Y va a influir de forma notable en sus vidas, en cualquier país donde se hallen.

Un documento difundido el pasado viernes por The New York Times tiene tanta importancia que no puede pasarse por alto. Se trata de la definición de la nueva doctrina estratégica que la Casa Blanca envió al Congreso, para su discusión y aprobación, como trámite obligado. Es dudoso, no obstante, que en el clima actual de enfervorizado e irracional patriotismo, y asfixia práctica de cualquier oposición crítica, puedan escucharse muchas voces disidentes con el texto que puede ser considerado como el "Manifiesto del Nuevo Imperio de Occidente", o como un "Réquiem por Naciones Unidas".

Frente a una ONU, que en su Carta fundacional manifiesta estar basada en "la igualdad soberana de todos sus miembros" (Art. 2-1) y que insiste en prohibir el uso o la amenaza de uso de la fuerza armada, salvo en "legítima defensa, individual y colectiva, en caso de ataque armado contra un miembro" (Art. 51), el texto de "La Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU", firmado por Bush, muestra que los intereses estadounidenses están por encima de cualquiera de los 111 artículos que, en junio de 1945, firmó el representante del Gobierno del presidente Truman en San Francisco de California. Y que, en realidad, para la potencia imperial, la Carta de las Naciones Unidas es un simple papel mojado que nunca puede estar por encima de lo que Bush llama el "internacionalismo típicamente americano (sic) que refleja la unión de nuestros valores y nuestros intereses nacionales".

Nada más contrario al espíritu de los padres fundadores de la ONU que el hecho de que un solo país pudiera atribuirse el derecho a atacar a cualquier otro cuando le parezca oportuno: "no dudaremos en actuar solos, si es necesario, para ejercer nuestro derecho de defensa, actuando preventivamente". Para lo cual se define una estrategia que permite "identificar y destruir la amenaza antes de que se acerque, incluso si hay dudas sobre el lugar y el momento del ataque enemigo". Es decir, recurrir al socorrido hábito de disparar primero y preguntar después, tan admirado por los fanáticos del Salvaje Oeste. Ataque preventivo que puede caer sobre la cabeza de cualquier país que no ponga interés suficiente en combatir el terrorismo al modo deseado por Washington, en cuyo caso será "convencido o forzado" a actuar convenientemente.

Con tosca contundencia se asegura que nadie puede objetar el nuevo planteamiento: "Las razones de nuestras acciones serán claras; la fuerza, mesurada, y la causa, justa". Claridad, mesura y justicia que contadas veces la Historia ha contemplado revistiendo las acciones bélicas de EEUU. Bien es verdad que el derecho que EEUU se atribuye para recurrir a los ataques preventivos no se extiende a las demás naciones, de las que se afirma que "no deben utilizar la prevención como pretexto para la agresión". Esto tiene un claro nombre: hipocresía.

Como es también hipócrita recordar que el insuperable poder militar y económico del imperio se ejercitará para fomentar las sociedades "libres y abiertas" y no para buscar "ventajas unilaterales". Si estas intenciones fuesen verdad, habría que lanzar al vuelo las campanas anunciadoras de una nueva era de la humanidad. Innumerables países de todos los continentes del mundo han sufrido en sus carnes las intervenciones norteamericanas para promover sus propios intereses, con muy poca preocupación por la libertad y la democracia de sus pueblos. A la hipocresía, esto une un insulto a la Historia más elemental.

Por si hubiera alguna duda, el arrogante desprecio por Naciones Unidas se extiende también al Tribunal Penal Internacional, de reciente creación, "cuya jurisdicción no abarca a los estadounidenses", según Bush. Otro golpe más a la igualdad soberana que la ONU establece para todos sus miembros.

Suenen, pues, los lamentos de un réquiem por Naciones Unidas. Es probable que esta organización tarde en desaparecer si no se enfrenta directamente a los intereses norteamericanos y si, por el contrario, apoya y ampara sin vacilar las decisiones de Washington. Aunque para ello tenga que ignorar el texto de su Carta fundacional, convertido ya por el presidente Bush en un obsoleto tratado. Después de todo, su vasta burocracia habrá de seguir ganándose la vida de algún modo, y quedan otros campos, retóricos en su mayor parte, donde Naciones Unidas pueda todavía hacer oír su débil y desacreditada voz.


(*) General de Artillería en la Reserva del Ejército español.



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