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| 24 de septiembre del 2002 |
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Ecuador Deuda externa y migración, una relación incestuosa (III)
Alberto Acosta
«El dinero es algo muy singular.
Le da al hombre tanta alegría como el amor
y tanta angustia como la muerte.» -John Kenneth Galbraith- 4. Efectos inflacionarios de las remesas Ya que las condiciones de vida y de producción son distintas en las diferentes regiones y ciudades del Ecuador, la inflación se presenta distinta en cada una, manifestándose entre otras cosas, en los diferentes precios de la canasta básica. Diferencia que también se explica también por el mayor ingreso de recursos provenientes de los emigrantes ecuatorianos. Así, la canasta básica familiar es más elevada en Cuenca, que en el resto de ciudades del país (Ver cuadro N° 7). Esto refleja el mayor porcentaje de las remesas de los emigrantes, que van en casi un 50% al austro ecuatoriano, especialmente al Azuay un 47%, Cañar y Loja un 4% respectivamente, les sigue Guayas con un 10%, Manabí y Pichincha un 5% cada una de estas provincias. A más del efecto inflacionario que el flujo de recursos generados en la emigración pueda tener, hay que considerar otro tipo de distorsiones, por ejemplo en la estructura de precios relativos, que tiene una incidencia perniciosa a nivel de la valoración de los terrenos y propiedades rurales y urbanas.
Para completar la información anterior, conviene señalar que el salario básico unificado, a mayo del año 2002, con 140,- dólares mensuales, cubre menos de un 50% de la canasta básica familiar (para cuatro miembros), que bordea los 333,- dólares en promedio. 5. Las remesas, una fuente de financiamiento del servicio de la deuda Si bien las remesas de los emigrantes no van directamente al Estado, éste, indirectamente, dispone de mayor movilidad al disminuir las presiones sociales. O sea que al no tener que destinar más recursos para financiar las inversiones sociales -las cuales en gran medida se financian con "ayuda al desarrollo"-, puede disponer de recursos para atender las demandas de los acreedores. Así las cosas, en el Cuadro N° 8 se puede observar como la relación de las remesas con el PIB ha crecido aceleradamente, acercándose ya al monto que representa la participación del servicio de la deuda. De cualquier forma, no hay como esperar que con el trabajo de los ecuatorianos y las ecuatorianas en el exterior se pueda honrar los compromisos externos. Como ya se manifestó antes, los arreglos alcanzados al transformar los Bonos Brady en Bonos Global solo se podrán cumplir a costa del deterioro del bienestar de la población. Situación que provocaría nuevos flujos migratorios, que también repercuten en la cantidad y calidad del factor trabajo disponible en la economía ecuatoriana.
Remesas de los emigrantes y del petróleo: una arriesgada apuesta En este contexto el Ecuador, para avanzar, ha vuelto su mirada al petróleo. Y espera, simultáneamente, seguir contando con importantes remesas de sus compatriotas que en creciente número se afincan en el exterior. Con el incremento de la producción y exportación de crudo, así como con el dinero que envíen los ecuatorianos y las ecuatorianas desde el exterior se espera sostener la dolarización. La expectativa es reeditar otro auge petrolero como en la década de los setenta en el siglo XX, pero en un ambiente diverso y, en no pocas ocasiones, adverso. Por un lado, el país ha sido ajustado y reajustado sostenidamente, con lo que su economía está casi totalmente abierta y su mercado financiero se encuentra prácticamente liberalizado, mientras que su sistema bancario no se recupera totalmente de la crisis; por otro lado, los potenciales ingresos petroleros serán muy inferiores a los de los años setenta para la sociedad en su conjunto, en tanto los contratos hidrocarburíferos existentes no dejarán ingresos importantes para el país, pues en el mejor de los casos la participación estatal en la renta petrolera será de un 18%. Además, ya ahora varias empresas petroleras no pagan el impuesto a la renta porque declaran pérdidas, no cancelan el impuesto al valor agregado, ni las glosas al Estado y hasta consiguen tarifas arancelarias preferenciales para sus importaciones. Por lo tanto, si se mira más allá del espejismo consumista, Ecuador no dejará de ser un país dependiente de las fluctuaciones internacionales. Una entrada significativa de capitales tenderá a aumentar el crédito y la demanda internos, alentando la actividad económica e incrementando los pasivos externos; en cambio, ante un déficit de cuenta corriente o una salida de capitales, la defensa de la dolarización conllevará la subida de las tasas de interés y la consecuente disminución de la actividad económica. Los ajustes se harán por el lado de las cantidades: salarios, empleo, producción, tal como sucedió en Argentina con la convertibilidad, una especie de dolarización minus. La pérdida de competitividad relativa de las exportaciones, alentada por la rigidez cambiaria, resulta preocupante en un mundo imperfectamente competitivo, dominado todavía por tasas de cambio variables. Antes de la dolarización, la evolución de las exportaciones dejaba mucho que desear: en el período 1990-2000 su crecimiento fue de apenas 2,1%. Además su escasa diversificación es notable: un grupo reducido de bienes primarios (petróleo, banano, camarones, café, cacao y flores) domina la oferta exportable del país. Algo angustioso en una economía que, además, tiene uno de los niveles más bajos de competitividad: el Ecuador sigue al final de la tabla de la competitividad actual, en el puesto 68 entre 75 países que son estudiados en el Global Competitiveness Report 2001-2002. Ante cualquier variación de las cotizaciones de uno de sus principales socios comerciales, Colombia, por ejemplo, el impacto ya no será vía precios, por efectos de la devaluación defensiva, sino, como ya se dijo, vía cantidades menores salarios, más desempleo, menor utilización de la capacidad instalada o aún una significativa quiebra de empresas. En este punto preocupa constatar que las exportaciones no petroleras en el año 2000 hayan caído en un 6% y apenas se hayan recuperado en un 4,1%, al pasar de 2.484,2 millones de dólares a 2.586,8 millones; mientras que las exportaciones totales cayeron en un 8% en el 2001, por la caída del precio del petróleo que no se pudo equilibrar con un mayor volumen de exportación. Mientras tanto, las importaciones totales crecieron en un 43,4%: las importaciones de bienes de capital aumentaron en 73,8%, las de materias primas en 19,4% y la de bienes de consumo en 72,1%. Teniendo presente la enorme propensión a importar existente en el Ecuador, se debe tener conciencia del incremento en las importaciones que provocará la recuperación de la economía. Con lo cual el Ecuador, preso en la trampa cambiaria, ya enfrentó en el 2001 un déficit comercial de casi 500 millones de dólares, mientras consolida cada vez más un modelo aperturista que fomenta las importaciones. Y las expectativas de un mayor déficit comercial se mantienen para el año 2002, con estimaciones que fluctúan sobre los 1.200 millones de dólares; el desbalance comercial estimado para el primer semestre del año 2002 llega a -773 millones de dólares. Es importante destacar una tendencia perversa. Mientras las exportaciones han caído sistemáticamente en el primer trimestre de los últimos tres años, las importaciones han crecido a un ritmo elevado. Las exportaciones entre enero y junio del 2000 fueron de 2.748 millones, en el 2001 de 2.466 millones y en el 2002 de 2.264 millones; mientras que las importaciones pasaron de 1.410 millones en el mismo período del 2000 a 2.339 millones en el 2001 y a 3.037 millones en el 2002. Este repunte de las importaciones es considerado como una muestra del éxito de la dolarización. Este déficit comercial, más allá de la miopía de los dolarizadores, preocupa en una economía caracterizada por un déficit crónico de la balanza de servicios, provocado particularmente por la sangría de la deuda externa. Lo que dejaría al país con una cuenta corriente deficitaria creciente, que podría alcanzar un valor cercano a los 1.600 o aún a los 1.900 millones de dólares en el año 2002, lo que representaría un salto descomunal comparado con los 700 millones de déficit del año anterior. Por otro lado, las posibilidades de cerrar la brecha de capitales con mayor endeudamiento externo son limitadas, a pesar de que, como se anotó antes, se ha registrado un sostenido endeudamiento externo del sector privado. Si la inestabilidad y la fragilidad en las cuentas externas se mantienen (que es lo más probable), en una economía abierta, cada vez más adicta a capitales extranjeros, con una política fiscal atada por las demandas del servicio de la deuda externa y con un bajo nivel de competitividad, la nueva crisis ya estaría programada. Aún con un manejo fiscal equilibrado, la situación puede deteriorarse por la dinámica de la balanza de pagos. De no existir la suficiente flexibilidad financiera y fiscal, con adecuados mecanismos de protección externa, el resultado será más desempleo, menor utilización de la capacidad instalada y aún una significativa quiebra de empresas. Así, las exportaciones se verían obligadas a mejorar su competitividad despidiendo personal o reduciendo los salarios, así como forzando a cualquier costo la renta de la naturaleza, esto es con crecientes destrosos ambientales. Y en estas condiciones aumentarán las presiones migratorias. Además, mientras se mantenga abierta la válvula de escape social y aún política que representa la emigración, en este país serán menos sensibles las presiones para provocar los cambios estructurales necesarios. En suma, el esquema dolarizador ecuatoriano, atrapado por el Consenso de Washington, sólo podrá sobrevivir mientras se garantice el ingreso abundante de recursos externos provenientes de exportaciones primarias, particularmente petroleras (inestables e impredecibles), crecientes remisiones de emigrantes o si se logra mendigar el financiamiento externo necesario para mantenerlo en vida, a través de una mayor deuda externa, a más de los coyunturales y magros ingresos provocados por las privatizaciones y por la inversión extranjera directa, que en el caso ecuatoriano no tendrán una trascendencia mayor. Recursos que, sin embargo, se verán estructuralmente amenazados por las crecientes importaciones y la pérdida de competitividad de las exportaciones. Por eso, incluso para cuando la inflación descienda a un solo dígito, el esquema dolarizador no garantizará un crecimiento económico sostenido y una expansión sustantiva del empleo. Pero eso sí, se profundizará el esquema primario-exportador de acumulación y se mantendrá aún más la eterna genuflexión frente a los mercados foráneos. De todas formas, más temprano que tarde, "cualquiera que sea la orientación ideológica de los futuros gobernantes, sus opciones económicas deben incorporar inexorablemente una disyuntiva: o se genera crecimiento económico y se mejora el bienestar de la población o se paga la deuda externa" (Marconi 2001); dicho en otras palabras: recuperación económica o servicio de la deuda, las dos opciones no pueden ir juntas. Además, o se generan nuevos puestos de trabajo, suficientes en número y calidad, o seguirá imparable la fuga de mano de obra calificada o no, técnicos y profesionales, cuya salida representará una insustituible pérdida de capital humano que no se sustituirá simplemente con el ingreso de divisas (19). Y por otro lado, las remesas de los emigrantes no son una fuente garantizada de recursos; éstas, por diversos motivos, pueden irse reduciendo en el tiempo. III. A modo de epílogo para analizar una relación incestuosa Unas pocas palabras finales para proponer elementos para un análisis pendiente. La deuda es una de las causas de la crisis, no la única. Y la emigración es una de las respuestas de la sociedad ecuatoriana ante la crisis, tampoco la única. Sin embargo, entre las dos hay explicaciones comunicantes. Son relaciones directas e indirectas que merecen ser estudiadas para encontrar respuestas dentro del país y por cierto en el contexto global. La emigración se desató por una crisis compleja, que tiene que ver, entre cosas, con el fracaso del modelo neoliberal, en el cual una de sus causales es la deuda externa. Y la emigración, por otro lado, vía remesas de los y las ausentes, sostiene directamente la economía nacional. El dinero que envían los ecuatorianos desde el exterior representa un pilar fundamental para sostener el consumo en la dolarización y, por ende, significa un ingreso importante para cerrar el creciente desbalance comercial y por cierto el déficit crónico de la balanza de servicios, ocasionado por la sangría de la deuda externa. A los efectos rápidamente descritos y analizados, que requieren todavía una mayor profundización económica, habría que complementarlos con un análisis social, cultural y político, pues es claro que el tema no se agota en lo económico; la emigración representó una válvula de escape social indiscutible y provocará diversos cambios en la estructura social y hasta política del Ecuador, un país que por efectos de ella, para bien o para mal, no volverá a ser lo que era antes. Por todo lo anteriormente expuesto, el país requiere respuestas estructurales para enfrentar el reto de la emigración y por cierto el peso del endeudamiento externo. Deuda y emigración, entonces, asoman como dos caras de una misma medalla.
Bibliografía
- Acosta, Alberto; La deuda eterna - Una historia de la deuda externa ecuatoriana, Colección Ensayo, Libresa, Quito, cuarta edición, 1994a.
Notas
(19) Es interesante anotar que en la encuesta realizada en Génova se comprobó que apenas un 2,8% de los inmigrantes ecuatorianos no tenían ninguna instrucción y que enseñanza secundaria tenía un 57,7% de los encuestados y que un 13% había cursado universidad. Además, apenas un 11,1% de las personas encuestadas ha seguido un curso de formación profesional luego de su llegada a Italia. Y apenas un 3,3% aprovecha de su título. Otro dato interesante se refiere al hecho de que casi el 77% de los inmigrantes tenía empleo en Ecuador antes de viajar a Italia y que solo 2,4% habría estado desocupado. Además, el grueso de personas, con 43,1% proviene del sector comercio, turismo y restaurantes, el 28,2% de servicios públicos, el 9,4% de la industria.
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