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| 29 de octubre del 2002 |
El Nuevo Diario. Nicaragua, octubre del 2002.
Los atentados del 11 de septiembre del 2001 (11-S), permitieron al régimen de Bush tomar la iniciativa tanto en el ámbito nacional como en el internacional. La movilización bélica y la campaña antiterrorista unificaron al país en respaldo al gobierno. Aliados, clientes e incluso antiguos adversarios apoyaron dócilmente la guerra y la conquista de Afganistán. Las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central concedieron bases militares a Washington, mientras los foros internacionales y regionales expresaban apoyo a la campaña antiterrorista. A fines de 2001, la influencia y el poder de Washington parecían abarcar el mundo entero.
Asia central ha sido el indiscutible gran desenlace del 11-S. Aprovechando los atentados terroristas de su antiguo protegido, Bin Laden, los EE.UU., han tomado en el año 2002 posiciones en la zona que sus estrategas definían, desde mediados de los años noventa, como la gran «recompensa» geopolítica por su victoria en la guerra fría. El futuro de la hegemonía norteamericana depende del control de Asia central y del Cáucaso, esos «Balcanes de Eurasia» que comunican los recursos de los dos grandes competidores económicos de los EE.UU., en el siglo XXI: Asia-Pacífico, con la gran China en primer lugar, y la Unión Europea (UE). Gracias al 11-S ha realizado ese control. El 11-S ha sido el pretexto para colarse en el estratégico «patio trasero» de China, del que ésta espera recibir gran parte del gas y del petróleo que su dinámica modernización precisa. Los EE.UU., ya controlan el golfo Pérsico, no tanto por necesitar el petróleo, sino porque el control de las necesidades de los demás significa poder. Desde que la URSS no existe y el territorio antes virgen de la cuenca del Caspio se ha abierto a la explotación internacional, esa zona se integra en la ecuación geopolítica de: controlar para dominar a quienes dependen de ella. La presencia militar norteamericana en Afganistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguizstán, Kazajstán y Georgia significa el tercer retroceso geopolítico de Rusia en su gran transición. El primero se había producido en la época de Mijail Gorbachev con Europa del Este. El segundo, en la época de Boris Yeltsin con el abandono definitivo del Báltico y la expansión de la OTAN hacia el Este. El tercero, con la presencia militar norteamericana en Asia central y Georgia, ha sido obra de Vladimir Putin. Está claro que, una vez introducidas, las tropas norteamericanas no se van a ir de Asia central. En el futuro, Washington controlará las repúblicas de Asia central a través de la «ayuda», y si las cosas se torcieran siempre podrá presionarlas con el pretexto de los «derechos humanos» o de la «apertura política», dos recursos profusamente utilizados contra la propia China. El general vietnamita Van Tien Dung en una entrevista con el diario Thanh Inen planteó lo siguiente en octubre de 2001: «Hay que saber si los Estados Unidos y sus aliados buscan detener a Bin Laden y derrocar al mullah Mohamad Omar, o si su objetivo estratégico es utilizar este acontecimiento para ponerle el pie a los países de Asia central.» Encabezada por Francia y Alemania, Europa rechaza una nueva guerra con Irak y el apoyo incondicional de los EE.UU., a Ariel Sharon. De manera similar, Arabia Saudita, Kuwait, Jordania y la mayor parte del mundo árabe cuestiona el apoyo estadounidense a la violencia israelí y rehúsa apoyar una guerra contra Saddam Hussein. En la guerra contra Irak, Bush lanzará la más grande reorganización política militar de Medio Oriente desde que británicos y franceses dividieron las tierras árabes después de la guerra de 1914 a 1918. Con la guerra no sólo amenazará a Irak, sino a Siria y a Irán, y por extensión, a Arabia Saudita y Egipto. Bush y su grupo esperan una guerra corta y un derrumbe rápido del régimen de Saddam Hussein ante una ofensiva relámpago del poder militar abrumador de los EE.UU. Posiblemente, los EE.UU. invadirán a Irak, controlará el petróleo, remplazará a Hussein por un gobierno dócil, quebrará todos los equilibrios políticos de la región, la cólera y la indignación se harán presentes en las masas árabes. Pero no podrán impedir que la crisis política se instaure en el Oriente Medio. Los críticos de los planes de guerra han subrayado los desastrosos resultados políticos que son de esperar: Irak se desintegraría en tres partes (kurdos en el norte, sunitas en el centro, chiítas en el sur), el Medio Oriente quedaría expuesto a la arremetida del fanatismo islámico, regímenes pro-occidentales se derrumbarían. El plan de guerra de Bush sólo tiene sentido si la dirigencia estadounidense está dispuesta a la ocupación de Irak para permanecer allí durante muchos, muchos, años. Tal ocupación requeriría una gran inversión en tropas y recursos. Involucraría grandes fuerzas militares durante mucho tiempo. Desde el punto de vista de Bush y sus consejeros, es una inversión que bien vale la pena ya que produciría inmensos beneficios. Entre otros: i) El principal objetivo de la economía estadounidense (y por lo tanto de la política) es el petróleo del Mar Caspio. La explotación de esa gigantesca reserva, la mayor del mundo, no ha comenzado todavía. Su control asegurará que los EE.UU. tengan combustible barato durante décadas. ii) En su camino al mercado, el petróleo debe llegar al mar. Hay varias rutas posibles: por Afganistán y Pakistán o Turquía. Irak está cerca de todos, y las fuerzas aéreas y terrestres de los EE.UU., estacionadas allí garantizarán su dominación en toda la región. iii) La nueva situación terminaría por destruir a la OPEP. Washington decidirá el precio del petróleo y cómo será distribuido. iv) La nueva situación terminará por destruir los últimos residuos de independencia árabe. Una masiva presencia física de los EE.UU., en su medio pondrá fin a cualquier pretensión de poder y unidad árabe. v) El vecino Irán, asimismo, perderá sus ganas de oponerse. Irán será amenazado por ambos lados por las bases de los EE.UU. en Afganistán e Irak. vi) El total control de los EE.UU., sobre todos los recursos petrolíferos, de Kazajstán en el norte a Arabia Saudita en el sur, pondrá fin a toda esperanza europea de competir con el poder económico y político. El que controla el petróleo controla la economía. Un aumento de los precios del petróleo dejaría en la calle a millones de trabajadores en Europa y Asia del Este. (*) Autor del libro: ¿Qué es el ALCA? Globalización, Estados Unidos y América Latina |
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