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| 23 de octubre del 2002 |
Los escenarios de la guerra contra Irak
Tintají. Ecuador, octubre del 2002.
La noción de guerra preventiva promovida por la Casa Blanca para justificar su obsesión iraquí hace pensar en un chiste polaco del tiempo de Jaruzelski. Dos militares patrullan para hacer respetar el toque de queda que está por empezar. Ven a un hombre que cruza la calle. Uno de los militares le dispara y lo mata. Su compañero se sorprende: "¿Porque hiciste eso? Faltan quince minutos para el inicio del toque de queda". "Es que conozco al tipo -contesta el otro-. Vive demasiado lejos, no habría llegado a su casa a tiempo".
A pesar del juego de tira y afloja entre Washington y Naciones Unidas y de las medias concesiones hechas a Francia -en caso de incumplimiento iraquí con las exigencias de la ONU, no habría recurso automático a la fuerza sin nueva consulta al Consejo de Seguridad-, la administración Bush dejó claro que el Consejo tiene derecho a "considerar" el caso, no a "decidir" sobre este. Mientras tanto, desde mediados de septiembre, los bombarderos estadounidenses y británicos se ensañan contra los centros de comando de la defensa aérea iraquí en el sur del país. La elección de los blancos de estos ataques parece señalar que el Pentágono está preparando el terreno para sus fuerzas terrestres. ¿Guerra por el petróleo? Con un gabinete tan vinculado con las grandes petroleras como el de Bush, los motivos de esta obsesión parecerían evidentes. El control de los recursos iraquies (11% de las reservas mundiales) podría proveer la mitad de los 20 millones de barriles diarios que necesita EE. UU. permitiéndole reducir su dependencia de Arabia Saudita, con la que ciertos sectores de la administración Bush abogan un distanciamiento político desde el 11 de septiembre. Sin embargo, las cosas son más complejas. La infraestructura petrolera de Irak está muy deteriorada y su acceso al mar es incómodo, mientras los sauditas son los únicos en disponer de una enorme capacidad inutilizada que les permite duplicar su producción en cualquier momento para responder a bruscas variaciones de la demanda. Con su poderoso lobby y sus vínculos personales con los barones del petróleo (incluidos Bush y Cheney), los jeques pueden contrarrestar la influencia excesiva de los ideólogos vinculados con la derecha sionista israelí presentes en las filas de la administración Bush. Fantasías geopolíticas En realidad, el proyecto de estos ideólogos responde más a consideraciones geoestratégicas, aunque sí pueden tener consecuencias que aumentarían la presión sobre Riyad. Desde la época en que eran consejeros del gobierno derechista israelí de Netanyahu, funcionarios como Doug Feith, número tres del Pentágono y Richard Perle, jefe del oficio político del mismo, están soñando en un drástico reordenamiento geopolítico de la región. Con hipótesis tan extravagantes como la reinstalación de un soberano hashemita (dinastía reinante en Jordania, también instalada en Bagdad por los ingleses hasta ser derrocada en 1958) en el trono iraquí, abogan por la domesticación integral del mundo árabe sin necesidad de encontrar una solución negociada al conflicto israelo-palestino. Más realista y ya casi oficializada por la Casa Blanca es la perspectiva de un gobierno de ocupación dirigido por el jefe de las fuerzas del Golfo Pérsico, el general Tommy Franks. Este gobierno militar sería modelado sobre el que administró Japón después del 1945 y podría durar varios años. Erosión del apoyo a la guerra Incluso la supuesta guerra contra el terrorismo se esfuma en este guión delirante. El terrible atentado de Bali, dirigido contra un eslabón débil del mundo islámico, Indonesia, demuestra la inteligencia estratégica de los amigos de Osama ben Laden. Como lo señala Paul Krugman en el New York Times, se están probablemente regocijando de la ciega terquedad de Bush y Cheney en promover una guerra convencional equivocada cuyas consecuencias jugarán a favor de la guerra no convencional de los fundamentalistas. A pesar de la luz verde del Congreso -esencialmente atribuible al terror de los demócratas de parecer poco patrióticos en período preelectoral-, la consciencia creciente de esta peligrosa confusión de motivos y objetivos eroda paulatinamente el apoyo de la opinión a la aventura iraquí, que podría pasar por debajo del 50% de aprobación dentro de pocas semanas. Un pequeño pero apreciable movimiento pacifista se está organizando desde las universidades y logró ya juntar decenas de miles de manifestantes en las grandes ciudades. Una sola cosa está segura: los caballeros del apocalipsis imperial están en pie de guerra. Queda por saber si las arenas movedizas de Oriente Medio no harán fracasar estrepitosamente el grandioso guión de los aprendices de brujo de la ultra-derecha republicana. |
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