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| 19 de octubre del 2002 |
Il Manifesto. Italia, octubre del 2002. Traducción para La Insignia: Izaskun Fuentes Milani
Llama la atención el silencio con que se ha acogido el documento que la administración Bush ha presentado ante el Congreso, The national security strategy of the United States of America (*). En las páginas de Il Manifesto, Luigi Pintor y Pietro Ingrao son los únicos que se han referido a él. El documento en cuestión, en sentido estricto, echa por tierra la época que siguió a la II Guerra Mundial, cuando las Naciones Unidas y su Carta se convirtieron en el único lugar de decisión y fuente de legitimación de las relaciones entre los estados. Suprime no sólo la prohibición de toda guerra que no sea defensiva, sino también el principio, que parecía evidente desde aquella carnicería, de que las naciones deberían fijar de común acuerdo los objetivos del planeta y las reglas de los conflictos que se plantean en él. Las potencias vencedoras de 1945 se aseguraban el pleno control en el Consejo de seguridad -y en él es donde se produjeron los mayores enfrentamientos-, pero mantenían como finalidad un mundo regulado en común, si no pacificado.
Con el documento de hace dos semanas los Estados Unidos niegan tanto el contenido como el método: ellos son quienes deciden los fines universalmente válidos, identifican los peligros y proceden a imponerlos por cualquier medio. Mejor si otros les siguen, aunque no es imprescindible. No se ha consultado a la ONU, ni siquiera se le ha informado. Merece la pena leer este comunicado oficial, que consta de una carta-prólogo firmada por George W. Bush y de un programa articulado en puntos; bien escrito, nada burocrático, es obra del grupo de expertos de Condoleeza Rice. Los objetivos de la humanidad son «la libertad política, la democracia y la libertad de empresa», «imprescindibles para todos los países y en todo momento», «único modelo aceptable» que ha salido victorioso de la «terrible amenaza de destrucción que la Unión Soviética suponía (para Estados Unidos)». Hoy estos objetivos está amenazados no por una nación, ya que no queda ninguna «en condiciones de acceder a los medios de destrucción total» (el poder militar de EEUU es «inigualable»), sino por el fatal «cruce entre radicalismo y tecnología». Gracias a la tecnología, el «radicalismo», que ya no tiene representación política ni ejércitos, actúa mediante atentados e intentos de desestabilización y extorsión a través del terror. No es un peligro igual al que representaba la URSS, admite el equipo de Bush, ya que carece de medios de «destrucción total», pero puede hacer sangrar las democracias. Como ocurrió el 11 de septiembre. Los únicos que son conscientes de la «urgencia y complejidad» del peligro son los Estados Unidos, cuya Constitución demostró en el siglo que acaba de terminar que era la única con buena capacidad, y están decididos a impedir que la amenaza se consolide y crezca. La atacarán en sus propios nidos (de ahí la guerra preventiva) y limpiarán desde el origen los ámbitos susceptibles de infección (los Estados canallas). Es una guerra sin límites territoriales ni temporales: el enemigo es oscuro e invasivo como el Mal; de hecho, es el Mal. «Ya no es momento de tratar un ideal en el plano simbólico sin hacer nada concreto por alcanzarlo», sería como sugerirle a San Jorge que discutiera con el dragón. Los Estados Unidos actuarán y, si los otros países no les siguen, «la historia no tendrá clemencia con ellos». En cuanto a las Naciones Unidas, Bush ha advertido que o le siguen o «serán inútiles». Quizás porque debería declararlo inaceptable, la ONU ha fingido que no ha oído nada. Y, sin embargo, por primera vez desde 1945 la mayor potencia del mundo declara formalmente que su modelo de sociedad es el único; que toda oposición a él es, habida cuenta de las relaciones de fuerza, potencialmente terrorista, y que no hay más hipótesis política legitimada que la que resultó vencedora después de 1989. Su universalidad habría producido la universalidad de un enemigo, exactamente igual que la antigua lucha entre el Bien y el Mal. No queda más que Occidente a un lado y el terrorismo al otro, actualmente bajo el aspecto del «radicalismo» islámico. Y es un error negociar con él: se trata de criminalidad pura para la cual no sirven ni las reglas de la guerra (es el caso de Guantánamo) ni la intangibilidad de los derechos civiles (las medidas excepcionales). Corresponde a las Naciones Unidas aplicar esta doctrina, lo cual explica por qué los EEUU invocan sus resoluciones sobre Irak pero no las que se refieren a Israel; Israel es una democracia, Palestina es terreno de terrorismo, y si no figura entre los estados canallas es solamente porque no está reconocida como Estado. Ésta es la doctrina de Bush, que da un vuelco a la hipótesis internacional que ha servido como base a la segunda mitad del siglo XX. Su postura reduce al resto de los otros países, que antes eran miembros de la ONU en pie de igualdad, a aliados más o menos reticentes de EEUU, y está claro que Naciones Unidas tiene que encajar la situación o abrir un contencioso gigante. Cosa que no resulta nada fácil, dado que el Palacio de Cristal ha cubierto en el pasado demasiadas intervenciones ilícitas de los Estados Unidos, directas o a través de la CIA, y después del 11 de septiembre ha aceptado la ampliación de los poderes especiales de su presidente en todo el globo terrestre, con el apoyo del Congreso (en contra del espíritu y la letra de su Carta). Queda una oposición en parte de Europa, con la esperanza -ya compartida por Al Gore y Edward Kennedy- de que Francia, Rusia y China pongan el veto a la campaña de Irak (Alemania, que ha declarado la hostilidad más abierta, no tiene derecho de veto). La situación hará explosión, si lo hace, únicamente en el Consejo de Seguridad, y puede incluso agravarse con vetos cruzados. Junto con la intervención en Irak y las consecuencias que tendrá en Oriente Medio, se llegará a una obediencia general a Estados Unidos o a una tensión desconocida desde hace treinta años y que después de 1989 parecía descartada. Ésta no es una casa común: la única superpotencia es EEUU, que hace lo que quiere. Y Kofi Annan no es hombre con valor para decirlo. Tal vez lo habría hecho Butros Ghali. Esto plantea varios problemas incandescentes. El primero es la guerra, que vuelve a ser un medio de «solución» de conflictos. El segundo es la tendencia de Estados Unidos a sustraerse de toda institución que no controlan, como ocurre con su rechazo del protocolo de Kioto y del Tribunal Penal Internacional, que mina la posibilidad misma de un derecho internacional. El tercero es la validez de la correlación, afirmada en 1989, entre mercado y democracia (el mercado quiere libertad, luego la base de la libertad está en el mercado). El cuarto tiene que ver con la naturaleza de la democracia estadounidense: si Norman Birnbaum sigue los pasos de Tocqueville sobre la cuestión de un autoritarismo específico del «justo medio democrático», estigmatizando el unanimismo de mala calaña que se formó en torno a Ground Zero (ein Volk, eine Heimat, ein Führer), cobra actualidad la tesis no tan nueva de Negri y Hardt y retomada por Bertinotti según la cual, si se generalizara el sistema capitalista actual de producción, se debilitarían los mecanismos más propiamente políticos de los poderes, empezando por el Estado. ¿Un Estado sin imperialismo, sin energía para dominar manu militari y para apoderarse de las materias primas? A la pregunta planteada por Ida Dominijanni (Il Manifesto del 14 de septiembre), Negri responde, ciertamente con preocupación, que la doctrina Bush es una regurgitación de arcaísmo que el capital se llevará a rastras. Dentro de algún tiempo y después de alguna masacre. Pero resulta dudoso. La dinámica entre las subjetividades históricas sedimentadas, los poderes mediatizados por los intereses y la construcción de un sistema mundial de producción que esté «racionalmente exento» de ellos no resulta fácil. La ideología de los padres fundadores, las alusiones a Dios, al carácter sagrado de la propiedad y el orden, su secularización en los westerns, la certeza de que ellos son quienes hacen mejor uso de los recursos del planeta y por tanto les corresponde llevárselos, forman una conciencia compacta que Bush produce. Y pesa más que la memoria de los años sesenta, tan querida por la Europa que vivió la época del sesenta y ocho. Washington canta God bless America con toda sinceridad, con la mano derecha sobre el corazón manchado de petróleo. La historia se ha desviado sensiblemente en los trece años que nos separan de 1989. La democracia moderada se pliega al viento de la derecha y la izquierda está hecha trizas. Partamos de esta constatación. (*) «Estrategia nacional de seguridad de EEUU». |
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