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| 26 de noviembre del 2002 |
Estrella Digital. España, 26 de noviembre.
Hay que empezar recordando que usted y yo, querido lector, tenemos muchísimas más probabilidades de perecer en el ejercicio de algunas actividades cotidianas que a consecuencia de un atentado terrorista. En España, las víctimas anuales del tráfico en carretera superan, con mucho, a las producidas por la barbarie etarra. En el mundo, la proporción no es muy distinta. El miedo que inspira el terrorismo debería ser, por tanto, menor que el producido por otras prácticas tenidas por habituales.
Puede replicarse a lo anterior diciendo que el terrorismo es intencionado y busca objetivos políticos - y ahí radica su inherente perversidad - mientras que los accidentes son, en su mayoría, aleatorios e imprevisibles (aunque esto podría ser discutible, por ejemplo, en accidentes laborales). De todos modos, el resultado final, en cuanto a la creación de víctimas y a la desolación que siembran en familiares y amigos de éstas, no deja de ser comparable. El pueblo estadounidense viene siendo sometido a una fuerte campaña de amedrentamiento. Se puede aducir que la destrucción televisada de las Torres Gemelas preparó el ambiente para ello. Desde entonces, con gran frecuencia, el Presidente y sus colaboradores mantienen viva la tensión, con la frecuente difusión de alarmas sobre riesgos más o menos concretos o inminentes. El Primer Ministro británico contribuye también a asustar a sus conciudadanos con alusiones a nuevos y más crueles atentados que podrían producirse en cualquier momento. Que los orígenes de esas alarmas estén fundados, mejor o peor, en análisis de los servicios de inteligencia no resta importancia al hecho de que tan intenso bombardeo psicológico sirve para mantener el miedo en la población. La consecuencia principal de esto es evidente: gobernar a un pueblo asustado es más fácil y menos comprometido que hacerlo con unos ciudadanos de aguzado espíritu crítico y reacios a sufrir limitaciones arbitrarias en sus derechos y libertades. Lo peor, tras la cumbre de la OTAN en Praga, es que ese miedo parece haberse extendido a la Alianza Atlántica. Desaparecido el temor a una guerra nuclear, que durante varios decenios ensombreció el panorama internacional; esfumado el Pacto de Varsovia y volatilizada la amenaza que suponían sus ejércitos; reducidas casi a la nada las diversas guerrillas de raíz marxista o maoísta que ensangrentaron el continente americano, parece poco razonable insistir, como hace la administración Bush, en que existen ahora "amenazas extraordinarias" que se ciernen sobre la humanidad y que obligan a un especial esfuerzo militar. Hasta el conflicto árabe-israelí alcanzó en el pasado una más grave intensidad bélica y en varias ocasiones incendió el polvorín de Oriente Próximo. También el terrorismo, de ámbito más o menos local, explotó en diversos países europeos: España, Italia, Alemania y el Reino Unido conocen sus terribles efectos. En Washington no se hablaba entonces de ningún tipo de amenaza extraordinaria. Ahora, la OTAN, incitada por EEUU y contagiada del miedo que allí se destila, parece decidida a adoptar estrategias de muy alta peligrosidad. Se va a crear una fuerza de reacción rápida capaz de intervenir, en acciones de guerra preventiva, allí donde parezca que se está incubando una amenaza terrorista para los miembros de la Alianza. Se dan así unos pasos críticos hacia la militarización de la lucha antiterrorista, aunque siga sin comprenderse cómo los ejércitos - sin sufrir hondas transformaciones - pueden llegar a sustituir a las fuerzas de seguridad de los Estados, las verdaderamente capacitadas para ese tipo de lucha. Y pasos también contra el Derecho Internacional al quedar al libre arbitrio de EEUU la decisión final de dónde, cómo y cuándo atacar "preventivamente". El ejemplo de Afganistán quiere aplicarse en Irak. Allí, la ofensiva militar, si logró derribar al gobierno talibán de Kabul, no alcanzó a desarraigar el terrorismo de Al Qaeda. Todo indica que también por las armas llegará a cambiarse el gobierno de Bagdad, pero esa guerra tan anunciada, si algún efecto produce sobre el terrorismo, será el de reforzar el radicalismo islámico en el mundo musulmán y ayudar a la aparición de nuevos y más peligrosos terroristas. El Canciller alemán pedía que alguien le explicase qué relación podía haber entre los atentados del 11-S y la guerra contra Irak. No la hay, evidentemente, salvo que es así como EEUU ha orientado su política en el Golfo Pérsico por otros motivos: establecer su hegemonía en la zona, controlar los recursos petrolíferos, satisfacer la opinión pública interior y sostener el rearme continuado de sus ejércitos, son quizá los más relevantes. Así pues, la que tenía que haber sido la Conferencia de la OTAN sobre la ampliación al Este, se convirtió en la cumbre del miedo. Miedo que ya antes había hecho mella también en la Conferencia Iberoamericana de Santo Domingo, donde el Rey de España anunció que el terrorismo es el problema más grave que afronta hoy la humanidad. Palabras paradójicamente pronunciadas en esa América Latina donde la injusticia social - y no el terrorismo - es la que produce hambre, muertes, guerra y violencia sin fin. Habrá que seguir esforzándose para que el miedo, ese instrumento político que Washington maneja con habilidad estos días, no llegue a ofuscar hasta tales extremos nuestra capacidad de juicio. |
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