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La insignia
16 de noviembre del 2002


Contra la guerra, otra vez


__Especial__
EEUU en guerra
Francisco Fernández Buey
La Insignia. España, 16 de noviembre.



Hace un par de semanas, cuando parecía inminente el ataque de los EE.UU sobre Irak, El roto hacía decir a uno de sus personajes: "Estamos en manos de dementes que pretenden salvarnos de los locos". No es la primera vez que se dice aquí algo parecido, pero la frase resume bien lo que significa un mundo a la deriva, un mundo de nuevo abocado a la guerra, en el que los que mandan cambian constantemente las reglas del juego para imponer unos intereses que ya ni siquiera se preocupan de ocultar. Entre la declaración de la administración Bush diciendo que Irak es el centro del Eje del Mal y lo que estamos viviendo estos días tal vez lo más relevante haya sido el reconocimiento explícito de que lo que está en juego no es el mal en sí mismo, como era de esperar, sino lo que el Imperio considera aún hoy el más preciado bien: el petróleo.

A mediados de septiembre las agencias de prensa de todo el mundo se hicieron eco de las declaraciones de James Woolsey. En ellas el exdirector de la CIA y consejero de grandes multinacionales condicionaba el futuro reparto del petróleo iraquí a la participación de Francia y Rusia en los planes belicistas del gobierno estadounidense. La reciente resolución de las NN.UU, abriendo definitivamente la puerta a la guerra, tiene mucho más que ver con este reconocimiento que con la conciencia del riesgo que puedan representar las armas de destrucción masiva que se atribuyen al régimen iraquí. La prueba de ello es sencilla. Si realmente las NN.UU sintieran el peligro que representan las armas de destrucción masiva lo primero que tendrían que hacer sus inspectores es cambiar la dirección de sus pasos: poner rumbo inmediatamente hacia los Estados Unidos de Norteamérica para pasar luego a Rusia, al Reino Unido, a Francia y a Israel entre cuyas administraciones se ha cocido la resolución.

Para que la opinión pública occidental pueda tragarse la Píldora (así con mayúsculas) y seguir comulgando con ruedas de molino ha habido que cambiar las reglas del juego que establecieron los mismos países que ahora están dispuestos a declarar la guerra a Irak: EE.UU., Reino Unido, Francia y Rusia. Este cambiar las reglas del juego es parte precisamente de la doble moral del Imperio, que deshonra todas las grandes palabras del lenguaje político liberal y prueba, una vez más, que el llamado neoliberalismo no tiene nada que ver con lo que fue el ideario del liberalismo histórico.

La forma de la deriva en este mundo del siglo XXI es nueva. Y la manera en que los poderosos tratan de dorar la Píldora y hacer comulgar a las gentes con ruedas de molino también lo es. También es nueva. Pero lo que hay por debajo, la cosa en sí, no es nueva. Este mundo a la deriva recuerda en muchas cosas el viejo colonialismo. Y de las cosas que a uno le vienen a la memoria, al recordar la denuncia de un mundo a la deriva, ninguna mejor que la que escribió William Morris hace algo más de cien años:

"Cuando el mercado universal civilizado quería un país que hasta entonces había escapado de sus garras pronto encontraba un pretexto, por leve que fuese, para lanzarse sobre él: la abolición de una esclavitud diferente de la comercial y menos cruel, la introducción de una religión en la que no creían sus mismos patrocinadores, la liberación de algún malvado o de algún loco homicida al cual sus mismas tropelías le habían ocasionado molestias entre los indígenas del país "bárbaro"; todo, en suma, era bueno para lograr el objetivo"

William Morris escribía en pretérito imperfecto porque, en su utopía, en sus noticias de ninguna parte, suponía que más o menos hacia el año 2002 esa forma de actuar no existiría ya. Sin embargo, y por desgracia, ahí seguimos estando. Y seguramente también por eso el mundo va a la deriva, hacia una nueva barbarie.

Cien años después de Morris, en el mundo a la deriva de hoy, también han cambiado, y profundamente, las formas de la guerra. Pero no han cambiado gran cosa los pretextos que los que mandan y sus ideólogos aducen para justificarla. Los ideólogos siempre son tan pacifistas en general y en abstracto como dispuestos a justificar la guerra de que se trate en particular: esta guerra.

La historia de las justificaciones de las guerras que hacen "los nuestros" es en realidad una historia tediosa, una especie de noria de las ideas en la que casi todo se repite: cambian las formas y cambian los personajes que buscan la justificación, pero una y otra vez se vuelve a citar a los mismos filósofos, a los mismos teólogos, a los mismos demagogos.

Los ideólogos de los imperios suelen empezar diciendo: "No habrá guerra porque la potencia de los nuestros es tal, en comparación con la pequeñez del enemigo, que ni siquiera necesitamos una guerra".

Luego, cuando empiezan a prepararse las acciones bélicas, se corrigen: "Hablando con propiedad, esto no será una guerra, pues ¿cómo va a serlo si la acción se emprende contra un grupo aislado y heterogéneo o contra un pequeño estado?".

Después, cuando empiezan los bombardeos, precisan un poco más: "Bien, puede que sea una guerra. Pero no una guerra como las que hemos conocido en la anterior historia de la humanidad; será corta y fulminante, como corresponde a la época de la tecnociencia y a nuestra superioridad moral y material".

Y, finalmente, admiten y hasta generalizan: "Es una guerra. Y puede que larga: la que corresponde al fin de la historia y al encontronazo entre civilizaciones".

En todos esos matices una idea permanece: para los nuestros se tata siempre de una "guerra justa", de una guerra que, aunque sea preventiva, sin ataque previo del adversario, se libra, cómo no, en legítima defensa.

No hace falta ser muy viejo para haber oído cosas así unas cuantas veces en la vida. Y de ahí deriva precisamente uno de los retos que tenemos que afrontar quienes estamos contra esta guerra: superar el tedio, luchar contra lo obvio, contra lo evidente, contra las falacias del discurso que desde arriba dora y disfraza lo evidente.

Una de las novedades de este mundo a la deriva es la extensión que ha ido adquiriendo el norteamericanismo. Y uno de sus síntomas de la norteamericanización del mundo es el que haya pasado a denominarse "inteligencia" lo que antes se llamaba, en castellano, "espionaje". Ya no dice gran cosa en favor de una sociedad el que ésta acepte sin crítica denominar "Central de Inteligencia" a uno de los servicios de espionaje con más muertos sobre sus espaldas al mismo tiempo que tiende a llamar "cabezas de huevo" y otras lindezas parecidas a aquella parte de la cultura ilustrada a la que no hace demasiado tiempo se llamaba, en Europa, inteligencia. Pero el hecho de que ese cambio semántico esté cuajando ahora también en España es sublevante. Tanto más cuanto que la cosa coincide precisamente con el desprestigio de la llamada "Central de Inteligencia" estadounidense, cuya inoperancia no es ajena a la terrible tragedia de las torres gemelas de Nueva York.

De esta degradación de la inteligencia a espionaje intervencionista en favor de los intereses del Imperio, el cual sólo distingue en función de la pareja amigo/enemigo, se derivan varias consecuencias perversas. También dentro del Imperio. La primera de esas consecuencias es la tendencia a tildar de antinorteamericana a toda persona que disienta de las actuaciones que dicha "inteligencia" propone en política internacional. Los calificativos que una parte importante de la prensa norteamericana ha ido endosando en los últimos meses a Noam Chomsky, a Susan Sontang, a Edward Said, a Willian F. Schulz o a John Schoneboom, por citar unos cuantos nombres, producen vergüenza ajena.

Y ¿por qué? Por denunciar las consecuencias negativas de un expansionismo basado en la "quinta libertad"; por llamar la atención acerca del aumento de la manipulación de los media desde el 11 de septiembre; por subrayar las implicaciones entre la política exterior norteamericana en la cuestión palestina; por denunciar, en nombre de Amnistia Internacional, el peligro existente de limitación de los derechos civiles; o, sencillamente, por invitar a los internautas a pararse un momento a distinguir entre tanta propaganda y a reflexionar sobre las causas de los atentados y sobre las consecuencias totalmente previsibles de los bombardeos sobre Afganistán o sobre Irak.

No hay motivos para la esperanza en un mundo así. Y si alguno hay, éste tendrá que salir de la desesperanza de los otros, como vienen diciendo algunos pensadores lúcidos desde hace décadas, de Günther Anders a John Berger.

Hace ahora justo un año, en un artículo titulado "Los siete niveles de la desesperanza", John Berger escribía algo que me sigue pareciendo muy acertado. Decía él que ser una superpotencia inigualada deteriora la inteligencia militar de la estrategia, porque pensar estratégicamente implica imaginarse a uno mismo en los zapatos del adversario. Sólo imaginando eso se puede prever, amagar, tomar por sorpresa, desbordar por los flancos. Lo que se llama tener una estrategia. Pero, en cambio, malinterpretar al adversario puede conducir, a largo plazo, a la derrota propia. Y malinterpretar al adversario es ser incapaz de comprender, en este caso, los niveles de su desesperanza, esa situación en la que están viviendo tantas gentes en el mundo, cuando el sentido de la propia vida y de las vidas de las personas más próximas no cuentan ya para nada, cuando sólo hay sobras para subsistir, cuando no hay derechos, cuando el nombre del ejecutor de la justicia se equivoca con el de vendedor del justo, que decía nuestro Gracián.

"Cualquier estrategia planeada por los líderes políticos, para quienes dicha desesperanza es inimaginable, fracasará y reclutará más y más enemigos. Así se derrumban a veces los imperios", concluía Berger.

Y que así sea, querría añadir yo.



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