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| 13 de noviembre del 2002 |
Milenio diario. México, 10 de noviembre.
Los vientos electorales en América soplan de manera muy distinta. En el sur, la victoria de Luiz Inácio da Silva "Lula" fue una bocanada de aire fresco para una izquierda desmoralizada, mientras que en Estados Unidos el triunfo del partido republicano logró la mayoría en ambas cámaras del Congreso. El presidente Bush podrá llevar a la práctica muchas de sus propuestas políticas. Es claro que el hijo ha aprendido la lección del padre. En 1991 el primer Bush logró altísimos márgenes de aprobación después de la Guerra del Golfo, pero ese apoyó se diluyó con el fin del conflicto. Bush no fue capaz de capitalizar ese apoyo y lograr la reelección en 1992. A pesar del entusiasmo patriótico generado por la intervención militar, la economía norteamericana a principios de los noventa no salía de una recesión que acabó por llevar a los electores a votar por la opción demócrata. En 1990 el primer Bush decidió, para no contaminar las elecciones legislativas de ese año, esperar a que pasaran para lanzar la ofensiva militar que expulsó a Saddam Hussein de Kuwait. Ése fue un error en términos políticos que su hijo no repetiría.
George W. Bush llegó a la presidencia de Estados Unidos impugnado como pocos mandatarios en la historia estadunidense. Su presidencia se transformó el 11 de Setiembre y de las ruinas de las Torres Gemelas emergió como un líder. Los terroristas hicieron la presidencia de Bush. Hasta ese momento el incipiente gobierno no había lanzado ninguna política importante. Como su padre diez años antes, en el 2002 George W. enfrenta un contexto económico adverso. La economía norteamericana se recupera de manera muy lenta. No hay mucho que haga sentirse bien a los estadounidenses en la actualidad. En octubre la Oficina del Censo reveló que la pobreza había aumentado en el último año en ese país. Al acercarse las elecciones legislativas Bush hizo exactamente lo que su padre consideró inapropiado: utilizó el tema del terrorismo y la posible guerra contra Irak para definir los términos del debate político. En la peor tradición de la guerra fría, Bush se apropió del discurso patriótico estadounidense. Quien se opusiera a él se oponía a Estados Unidos. En una coyuntura electoral obligó a los demócratas (para no parecer faltos de patriotismo) a apoyar sus propuestas bélicas. La estrategia era genial. Al arrinconar a sus opositores políticos Bush logró, por un lado, el apoyo contingente del Congreso para un eventual uso de la violencia, pero por el otro aseguró la victoria en las urnas. Los resquemores y tímidos titubeos de los demócratas pudieron ser explotados electoralmente con provecho. Así, aunque los demócratas cooperaron a regañadientes con el Ejecutivo, al final acabarían pagando un alto costo en las urnas. Los resultados de la elección confirman esta lectura. George Bush encontró el grial que su padre ignoró hace una década. La política exterior será, como lo fue en el caso de ese otro icono conservador, Ronald Reagan, el móvil del gobierno estadounidense. Será un útil instrumento para crear y mantener el consenso en la sociedad norteamericana. No hay ninguna razón para dejar de utilizar un expediente que ha sido muy eficaz. Y para mantener el apoyo de los electores Bush le hará la guerra a Irak. Eso le dará aire a la administración por cierto tiempo. Para entonces, tal vez, la economía empiece a recuperarse. Si no es así, todavía hay otros países -Corea del Norte, Siria, Libia, etc.- que forman "el eje del mal". Otras mini-guerras podrán librarse en contra de estas naciones con el argumento de que practican el terrorismo de Estado. Así, el gobierno de Bush busca recrear el ambiente de la era Reagan. Nada bueno augura esto a Estados Unidos y el mundo. El frío cálculo sobre el costo de las guerras de distracción bien pudiera ser equivocado. Un legado de los años de Vietnam es que la sociedad de EEUU tiene un bajo umbral del dolor a las pérdidas de sus soldados. Nada asegura que los Estados Unidos evitarán un conflicto prolongado si invaden Irak. Si alguien cree que George W. Bush tiene un pelo de tonto se equivoca de principio a fin. Bush no habrá leído a Maquiavelo, pero sus enseñanzas se han naturalizado en el político texano. |
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