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La insignia
12 de noviembre del 2002


EEUU: Esa rara democracia


__Especial__
EEUU en guerra
Alberto Piris (*)
Estrella Digital. España, 12 de noviembre.



Tras el desarrollo de las elecciones estadounidenses de la semana pasada, cada vez hay que esforzarse más para seguir pensando que EEUU es ese faro que irradia democracia hacia el resto del mundo, como tan a menudo y con tanta elocuencia se predica desde Washington. Al menos, si por democracia se entiende algo parecido a lo que Alexis de Tocqueville contempló a finales del primer tercio del siglo XIX, en su visita a EEUU, y dejó reflejado en su conocido libro "La democracia en América".

Convendría empezar recordando que, durante la campaña electoral, se difundieron algunos datos fiables que revelaban cómo los candidatos que más recursos financieros invierten suelen ser los que, por lo general, acaban triunfando. Es obligado deducir, por tanto, que los mecanismos democráticos internos del actual imperio de Occidente favorecen a los más ricos o a los que pueden concitar tras de sí el apoyo de las clases más adineradas y las empresas más poderosas. Por este lado, más que democracia, lo que se observa son los síntomas inconfundibles de una asentada plutocracia.

Claro está que los ciudadanos estadounidenses no son más tontos que los de otros países y muchos de ellos, desengañados ya de sus ancestrales ideales democráticos, parece que tampoco creen demasiado en su propia democracia. De entre la profusión de datos, mapas, cuadros sinópticos y demás informaciones que han difundido los medios de comunicación de EEUU, hay una cifra en la que apenas han insistido: la de la participación electoral. Los dos principales diarios españoles cayeron también en la trampa y en sus editoriales aludieron a la división casi simétrica entre republicanos y demócratas, cuando la verdadera dicotomía es la que separa a los votantes de los que no lo son.

¿Está motivada la población norteamericana hasta el punto de esperar con entusiasmo ese momento cumbre de la praxis democrática que es la emisión del voto personal y secreto? La respuesta parece ser que no. Una abstención que rebasa el 60% muestra un enorme desinterés y gran apatía por la política nacional.

Comentaba Luis de Velasco en estas páginas electrónicas que tal índice de abstención hacía asemejarse la naturaleza del proceso electoral norteamericano a "una especie de teatrillo con unos actores (los políticos) cada vez con menos público (los electores)". Los actos preelectorales estadounidenses tienen algo de teatrillo, pero quizá más de circo. Eso lo hemos aprendido pronto en España, donde también las grandes concentraciones de los partidos -a las que acuden mayoritariamente aquellos que, ya previamente convencidos, no necesitarían más argumentos- se asemejan cada vez más a las funciones circenses. La forma domina sobre el fondo. El espectáculo sobre las ideas. Los colores, himnos, pantallas gigantes, globos y pegatinas, coletillas verbales y latigazos retóricos, producen más efecto que cualquier discurso racional y razonado.

El mecanismo electoral democrático que nos llega desde el corazón del imperio queda así desvelado. Su esencia consiste en conseguir mucho dinero, financiar con él colosales campañas propagandísticas y de imagen, y alcanzar el poder para, mediante su ejercicio, resarcir y compensar a los que ayudaron a costear los enormes dispendios preelectorales y predisponerles favorablemente para sigan apoyando con munificencia en los próximos comicios. ¿Dónde queda en este juego algún resquicio para el auténtico espíritu democrático? Sólo algún ingenuo, que da con entusiasmo los primeros pasos de su carrera política, puede todavía creer que tal cosa exista.

Sin embargo, el resultado de todo ello es verdaderamente crítico para los demás habitantes del planeta: determinar quién va a ejercer el poder político nominal durante unos años. De ese modo, un presidente -George W. Bush- que resultó elegido tras unas turbias maniobras electorales, que muy poco gallardamente desapareció -aduciendo dudosas razones de Estado- durante las horas peligrosas del 11-S, que apenas sabe expresar unas líneas políticas que para él componen sus asesores más íntimos, se dispone ahora -sin apenas trabas interiores- a gobernar el mundo de acuerdo con lo que él llama "sus visiones", y su portavoz oficial califica con el estremecedor nombre de "conservadurismo compasivo".

La guerra preventiva ocupa uno de los primeros lugares de ese nuevo orden de valores políticos que la democracia estadounidense acaba de confirmar en manos de Bush. Que Alá les coja confesados a los iraquíes -ya en el punto de mira- y a todos los que, después, se atrevan a oponerse a lo que en Washington se decida en su paranoica guerra contra el terrorismo. Sin olvidar que, según la ley básica del nuevo integrismo de la Casa Blanca, el que no está plenamente al lado de Bush es porque está a favor del terrorismo. Europa tendrá que apresurarse a aprender estas nuevas lecciones y afrontar tiempos difíciles o tragar enormes sapos aderezados -¡menos mal!- de compasión conservadora.


(*) General de Artillería en la reserva del Ejército español y analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)



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