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| 10 de noviembre del 2002 |
Programa Hipótesis. LT8 Radio Rosario / La Insignia. Argentina, 9 de noviembre.
Con una pertinacia digna de mejores propósitos, ayer se dio un nuevo paso hacia la destrucción de la convivencia civilizada en el plano internacional, inaugurada en Europa --en el siglo XVII-- con el tratado de Paz de Westfalia que puso fin a la guerra de los Treinta Años.
El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad una resolución sobre Irak, en la que se emplaza al gobierno de Bagdad para que haga entrega de todas sus armas de destrucción masiva a la comunidad "civilizada" de naciones. La resolución establece que Irak tiene un plazo de siete días para aceptarla o rechazarla. Si opta por la primera alternativa, tendrá un límite de 30 días para presentar un informe detallado sobre su supuesto arsenal. En tanto, los inspectores de la ONU tienen hasta 45 días --a partir de hoy-- para iniciar sus labores en suelo iraquí, con amplias prerrogativas para dar cumplimiento a su cometido. Luego de su llegada, los expertos tendrán 60 días para presentar su primer informe al Consejo de Seguridad. Al tiempo que podrán comunicar, en cualquier momento, sobre incumplimientos o violaciones por parte de Bagdad. De ocurrir alguna circunstancia de este tipo, se realizará una nueva reunión del alto organismo, con serias probabilidades de que allí se disparen acciones militares. Esta resolución fue aprobada por los quince miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, incluida Siria, cuyo voto se presumía de carácter negativo. Es evidente que las presiones de los Estados Unidos sobre los miembros permanentes, más allá del Reino Unido de la Gran Bretaña, su aliado incondicional, es cada vez más intensa. Luego de las elecciones del martes pasado, donde el Partido Republicano obtuvo un claro triunfo y con él, el control de ambas cámaras del Congreso, el núcleo duro del gobierno de Bush avanzó aún más por el camino del unilateralismo belicista, tomando del brazo con decisión a más de un aliado remiso y obligando a los no tan aliados a sumarse a esta cruzada militar-petrolera maquillada de antiterrorista. La cabal muestra de que esta votación unánime no fue, precisamente, una joya en materia de consenso, está expresada por las antagónicas interpretaciones que realizan los distintos miembros del Consejo de Seguridad. Las representaciones de Francia y México manifestaron que se había logrado eliminar las "ambigüedades" y la "automaticidad" en el texto de la resolución, con el propósito de evitar cualquier interpretación referida a que esta disposición da vía libre al uso de la fuerza, ante un eventual incumplimiento por parte de Irak. Franceses y mexicanos dejaron en claro que toda acción quedará sujeta a lo que ulteriormente disponga el Consejo de Seguridad. Por su parte, el embajador estadounidense ante las Naciones Unidas, Jonh Dimitri Negroponte --de un historial negro, muy negro-- señalaba que la concesión hecha a Francia, México y otros países, en el sentido de que en caso de un incumplimiento o violación por parte de Irak, el asunto regresaba al Consejo de Seguridad --donde será evaluado-- no implicaba un impedimento para que Washington tome la determinación de actuar militarmente. El embajador Negroponte, quien se desempeñara entre 1981 y 1985 como embajador norteamericano en Honduras, en pleno auge del terrorismo de Estado practicado por la dictadura militar de ese país, apoyada por la embajada bajo su titularidad, la Agencia Central de Inteligencia (más conocida como la CIA) y el tristemente célebre batallón 601 del Ejército argentino, responsables del secuestro, torturas y asesinato de centenares de personas, declaró --al explicar el voto estadounidense-- que "si el Consejo de Seguridad fracasa en actuar de forma decisiva en caso de otra violación iraquí, esta resolución no restringe a un país miembro a actuar para defenderse ante la amenaza presentada por Bagdad, o para imponer las resoluciones relevantes de la ONU y proteger la paz mundial y la seguridad". Estas afirmaciones, más allá del contenido de la resolución que nos ocupa, son absolutamente falsas. En primer lugar, porque sus conceptos son violatorios del artículo 2º, inciso 1º, de la Carta de las Naciones Unidas, que establece claramente que "Los miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas". Además, encuadrar una acción militar en el legítimo derecho de autodefensa, en el caso de Irak, se constituye lisa y llanamente en un flagrante abuso de ese derecho, por cuanto no sólo no se ha producido un ataque de Irak a los Estados Unidos, sino que el intento de vincular a la dictadura de Bagdad con el ataque terrorista del 11 de setiembre del año pasado, no pasó de una burda maniobra de los halcones norteamericanos, que han secuestrado "el dolor y el miedo" de los ciudadanos de su país. Tal como lo señaló valientemente la actriz Susan Sarandon en el acto contra la guerra a Irak, realizado en Washington, el 26 de octubre, con la participación de cien mil personas. En segundo término, ningún país --en el marco del debido respeto a la mencionada Carta-- puede emprender, y menos dirigir, una acción militar contra otro, estando el contencioso bajo tratamiento del Consejo de Seguridad. Sólo el Consejo de Seguridad y el Comité de Estado Mayor, como único auxiliar, según los artículos 46 y 47 de la Carta de la ONU, podrán emprender acciones coercitivas sobre aquellos países que violen la Carta o las resoluciones del Consejo de Seguridad. Está meridianamente claro que los quince miembros han votado una resolución, donde --ante una situación determinada-- la interpretación de su contenido puede desatar una verdadera torre de Babel (valga la coincidencia histórico-geográfica, tratándose de Irak). En ese marco de deliberada confusión, lo único que no merece duda alguna es el objetivo del gobierno del presidente George Bush hijo, quien el 10 de octubre pasado anunció sus planes para imponer un régimen militar estadounidense en Irak, para que ejerza el gobierno provisional luego de la invasión a ese país. Los planes están en una etapa tan avanzada, que hasta circula el nombre del procónsul norteamericano que supuestamente gobernaría Iraq, por espacio de meses o --quizás-- años. Se trataría del general Tommy Franks, comandante de las fuerzas estadounidenses en el Golfo Pérsico. Además del control militar, también se instalaría un régimen civil, de tipo colonial, integrado por funcionarios de los Estados Unidos. Finalmente, en un futuro mediato, se entregaría el gobierno a las "fuerzas democráticas" iraquíes y el petróleo (Irak es el segundo país poseedor de reservas, luego de Arabia Saudí) pasaría a ser explotado y comercializado por empresas estadounidenses. El periodista norteamericano Marse Henry Watterson, escribía en 1896: "Somos una gran República imperial destinada a ejercer una influencia determinante sobre la humanidad y a modelar el futuro del mundo como no lo ha hecho ninguna otra nación, ni siquiera el imperio romano". A estas ideas abiertamente imperialistas de fines de siglo XIX, el editorialista de The Wall Street Journal, Max Boot, le agrega en un artículo de octubre del año pasado: "No es por casualidad que los Estados Unidos (desarrolla actualmente) acciones militares en numerosos países donde ya habían hecho campañas generaciones de soldados coloniales británicos (...), en zonas donde fue necesaria la intervención de los ejércitos occidentales para sofocar el desorden". El tratado de Paz de Westfalia de 1648, según el investigador Leo Gross, sustituyó la idea de una autoridad y una organización imperial-eclesiástica, que operaba por encima de los estados objetivamente soberanos, por la idea de Estados jurídicamente soberanos que confían en la ley internacional y en el equilibrio de poder para regular sus mutuas relaciones. La doctrina Bush --con sus guerras preventivas-- que nos hace retroceder más de 350 años, está inspirada en esa vieja ideología colonial-imperialista que ahora ha reverdecido y que será necesario combatir abiertamente para evitar que la máquina del tiempo, en su terrible retroceso jurídico-político, nos lleve imperio romano. |
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