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| 9 de noviembre del 2002 |
Crítica de la razón suicida
Siglo Veintiuno. Guatemala, 9 de noviembre.
La incuestionable victoria republicana en las elecciones intermedias de Estados Unidos significa que el efecto de las técnicas de mercadeo publicitario alcanzaron ya un dominio absoluto sobre las conciencias de los consumidores de política, pues los electores soslayaron los escandalosos fraudes corporativos y la flagrante corrupción empresarial de la que forman parte activa los dirigentes a los que dieron la victoria, y se dejaron seducir por los mensajes paranoides que les lanzaron acerca de una apocalíptica amenaza terrorista que, sin embargo, se ha perfilado más como una creación para consumo interno que como un peligro proveniente de enemigos todopoderosos. Y ni hablar de los motivos económicos que están en la base de la creación del enemigo iraquí (cuyas armas de destrucción masiva de seguro son las que Estados Unidos les dio para su guerra contra Irán), los cuales tienen que ver con el control de la producción y transportación del petróleo en esa zona del planeta, en la que los países árabes, Rusia, China y la Unión Europea tienen fuertes intereses geopolíticos, con lo que el sueño belicista de Bush y Cia se complica hasta el extremo del Armagedón.
Internamente, Bush podrá ahora impulsar sin cortapisas las políticas conservadoras de sus socios, así como los subsidios a las empresas que a su discreción los necesiten (en detrimento de conocidas disposiciones ambientalistas), difuminar los fraudes corporativos que hicieron colapsar a Wall Street, y apoyar la hegemonía ideológica del ultraderechismo fundamentalista cristiano, que constituye uno de sus bastiones electorales. Como quien dice, la debacle. Externamente, su victoria redundará en un incremento de la violencia en el Medio Oriente, sobre todo ahora, cuando el fanático Netanyahu puede asumir el poder del Estado israelí a principios del 2003 y arremeter contra los palestinos buscando la soñada victoria militar sobre ese pueblo, al estilo de la "solución final" nazi. En el caso de América Latina, la política republicana continuará el sendero de apoyar gobiernos corruptos que faciliten la puesta en práctica de los mecanismos legalizadores de la desregulación absoluta de los mercados (TLC, ALCA), y de promover el derrocamiento de aquellos que se opongan a la globalización en clave neoliberal. En tal sentido, luego de tumbar al deschavetado Chávez, probablemente los halcones republicanos procedan contra Lula da Silva, si es que éste adopta medidas que aquéllos consideren "socialistas", como buscar una globalización sujeta a controles políticos y no dejada al arbitrio de las corporaciones transnacionales. Pero la lucha entre el MERCOSUR y las propuestas neoliberales de integración económica todavía tiene mucho camino que recorrer. Lula aún no empieza a gobernar, y el histriónico Chávez (con su bolivarianismo de cronista deportivo y sus métodos policíacos al estilo de la seguridad del Estado soviética, cubana y sandinista) todavía tiene muchas cartas que jugar a su favor. A propósito, la dispersión de las izquierdas y los populismo latinoamericanos ahora en auge, sólo tienen como denominador común una reacción espontánea contra los resultados de la globalización en clave neoliberal, y también la esperanzada convicción de que otra globalización es posible, con lo cual reivindican el papel del Estado (y de la política misma como una ética de lo colectivo) ante el libertinaje y el autoritarismo de los empresariados fundamentalistas que operan bajo la consigna Vox mercatus, vox Dei. Esto, claro, resulta refrescante. Pero no se trata de ningún movimiento organizado, ni mucho menos. Lo cierto es que pocas veces en la Historia la razón de la sinrazón ha marcado el paso de las luchas de poder con tanta y tan peligrosa vehemencia. Y, por favor, no se trata de odiar a los gringos ni de ser anti-American, sino sólo de oponerse a la ultraderecha republicana (que además no es todo el republicanismo), pues su demagogia, intolerancia, fundamentalismo y odio, no tienen más futuro que tornarse en una infalible estrategia para asegurar un exitoso suicidio mundial, muy al estilo del terrorismo que al derrumbar las Torres Gemelas definió el ominoso carácter del siglo XXI. |
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