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La insignia
5 de noviembre del 2002


Creando el enemigo


__Especial__
EEUU en guerra
Alberto Piris
Estrella Digital. España, noviembre del 2002.



La reciente historia de las relaciones entre EEUU e Irak podría servir en las escuelas diplomáticas y de estudios internacionales como ejemplo típico de creación de un enemigo. Figura que después resulta útil para múltiples usos: hacer una guerra, pero también ganar elecciones, aumentar el prestigio popular o recibir más apoyos de los mundos industrial y financiero.

Tras ser apoyado por Occidente en la guerra de 1980-88 contra Irán, la invasión de Kuwait en 1990 facilitó la conversión de Irak en un nuevo enemigo, del tipo habitual en la geoestrategia del petróleo. Entre las razones que inicialmente se adujeron en Bagdad para justificar la invasión estaba la existencia de campos petrolíferos en la zona fronteriza, donde la perforación de pozos en un país podía perjudicar las bolsas subterráneas que afloraban en el otro.

Hasta ahí todo parecía comprensible, aunque hoy todavía quede por aclarar el motivo por el que el dictador iraquí interpretó como favorable a sus designios la opinión de la embajadora de EEUU, cuando expuso ante ella sus reivindicaciones contra Kuwait. Al fin y al cabo, en aquellos prolegómenos de la Segunda Guerra del Golfo, todavía EEUU era visto por Sadam Husein como uno de los países que le ayudaron en la guerra anterior. Pero las cosas empezaban a cambiar en Washington. El Derecho Internacional, además, no podía aceptar la impunidad con la que un pez grande devoraba a otro pequeño, y la guerra de 1991 produjo los resultados por todos conocidos.

La frustración de Bush I -que no supo, no quiso o no pudo derrocar a Sadam Husein- llevó a los estrategas del Departamento de Estado a colgar sobre el dictador una nueva etiqueta. Esta vez se trataba de considerar a Irak como un estado bandolero, delincuente, proscrito o cualquiera que sea la traducción más adecuada para el original epíteto washingtoniano de rogue state. Otros países ya incluidos en esa lista -Corea del Norte, Libia, Cuba o Irán- permitían descubrir ahora un nuevo matiz. Expresado en idioma castellano, se trata de estados poco fiables... para EEUU. Esto no indica que todos los demás posean un alto grado de credibilidad. Basta recordar cómo EEUU y el Reino Unido dejaron en la estacada al pueblo kurdo que, instigado por ambas potencias, justo al final de aquella guerra se sublevó en el norte de Irak, zona nominalmente protegida por los aliados.

La creación del enemigo siguió avanzando por etapas. Ya antes de los atentados del 11-S, eran también intereses petrolíferos los que habían orientado la atención de EEUU hacia Afganistán. Así que la brusca, brutal e imprevista aplicación del más crudo terrorismo internacional sobre las dos capitales -política y financiera- de EEUU, aparte de otros efectos, tuvo como resultado la ampliación de la gama de nuevos enemigos. Ahora se trataba de los "estados que apoyan el terrorismo", porque desde Washington se acababa de pronunciar el veredicto final: estamos en guerra contra el terrorismo. Otros países, como España, llevaban varios decenios afrontando el problema del terrorismo, pero EEUU sólo abrió los ojos cuando lo sintió en su propia carne.

Entonces EEUU bombardeó Afganistán para destruir los campos de entrenamiento de los terroristas de Al Qaeda. Miles de inocentes afganos murieron en ese intento de apresar a Ben Laden y sus auxiliares más próximos. Se recurrió a la fuerza militar en lo que hubiera debido ser una operación policial para destruir una red terrorista. Como tal, fracasó. Más de un año después, ni el Congreso de EEUU ni sus principales medios de comunicación se preguntan por el acierto de la operación, si se lograron los objetivos previstos o si se utilizaron los medios más adecuados. Por el contrario, cada pocos días se asusta desde Washington a la población anunciando la inevitabilidad de nuevos ataques y sugiriendo la necesidad de adoptar más medidas de protección y de limitación de libertades y derechos.

En ese esfuerzo por construir una imagen de enemigo total, se ha comprobado el pavoroso efecto que produce en la opinión pública la expresión "armas de destrucción masiva". Aunque sólo EEUU las ha utilizado dos veces contra población civil japonesa, los medios de comunicación no escatiman esfuerzos para presentar un caótico panorama en el que armas nucleares, bacterias, gases o virus se abaten sobre los inocentes pueblos del mundo desarrollado.

Soslayando el pequeño detalle de que el principal poseedor de armas nucleares en Oriente Próximo es el estado de Israel, Irak es designado, por el dedo omnisciente de la Casa Blanca, como la quintaesencia del enemigo: Estado bandolero, gobernado dictatorialmente, dotado de ingentes recursos petrolíferos y posiblemente provisto de algunas armas de letales efectos. Aunque no se diga claramente, existe otra circunstancia: Irak es más fácilmente atacable y bombardeable que una organización terrorista, de difusa estructura y tentacularmente extendida por varios países.

A pesar de lo dicho, la imagen del enemigo generada al alimón por la Casa Blanca y el Pentágono puede variar para adaptarse a las necesidades de la política interior. Nadie está seguro de que, por fin, Irak sea atacado y Sadam Husein eliminado. Tampoco es imposible que algún aliado de hoy pase mañana a ser el nuevo enemigo a batir. Roma no tenía mucho en cuenta la opinión de los partos cuando combatía encarnizadamente contra ellos. Sólo cuando sus armas alcanzaron el límite de la eficacia, el Imperio Romano encontró sus fronteras definitivas. Porque la condición básica para ser designado como enemigo ideal de un imperio es la más simple y antigua: que sea fácilmente derrotable.



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