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La insignia
26 de noviembre del 2002


El sub Marcos y los payasos


Jesús Gómez
La Insignia. España, 26 de noviembre.


Sólo era cuestión de tiempo. Uno de los trucos más viejos en política consiste en manipular organizaciones para aprovecharlas en beneficio propio; raramente se calcula el daño que se puede provocar (no suele ser factor que preocupe a quien así actúa) y por otra parte resulta fácil cuando la organización infiltrada tiene estructuras internas débiles y dirigentes de dudosa capacidad. En algunos casos basta con sembrar el veneno, por ejemplo, de una consigna; da igual que sea el mayor de los disparates: los tontos nunca se molestan en comprobar hechos ni contrastar ideas, y al final, hacen el trabajo sucio ellos solitos. Eso es, ni más ni menos, lo que ha pasado con Marcos y su FZLN.

Un buen día, hace años, una organización llamada por entonces Herri Batasuna decidió aprovechar el tirón mediático de los zapatistas con intención de vender su producto. El proceso resultó asombrosamente sencillo para un grupito de estalinistas curtidos en batallas mucho más duras. De repente, en las comunidades indígenas comenzaron a aparecer cooperantes ligados a los ultranacionalistas vascos, con esos mitos y leyendas que en otras latitudes producen carcajadas; acto seguido, se establecieron los contactos políticos de rigor, y la cobertura mediática quedó en manos de su red en Internet (bien dirigida en España por cuatro fundamentalistas) y de grandes medios de comunicación como La Jornada (socio de Gara, el periódico de Batasuna). Quedaba la esperanza de que la dirección zapatista supiera burlar un ejercicio tan obvio de manipulación. Pero la esperanza se rompió el pasado fin de semana y lo hizo de la peor manera posible: con el propio Marcos convertido en mensajero de los hijos de Arana.

La operación no había pasado desapercibida. Durante el tiempo transcurrido, algunos hemos hecho lo posible por advertir sobre lo que iba a suceder; resultaba tan evidente que hasta las listas de distribución del FZLN empezaron a enviar comunicados de la «oficina de relaciones internacionales» de Batasuna. Pero no sirvió de nada, nadie quería escuchar. Como en los peores tiempos del estalinismo, todos los que alzan la voz para realizar una crítica se convierten automáticamente en enemigos de la revolución y agentes a sueldo del imperialismo. Para ellos es irrelevante que la crítica se realice desde dentro y con las mejores intenciones; es irrelevante que se limite a una petición tan básica como comprobar la información que se maneja, para no cometer, al menos, errores infantiles. Son una jauría -y como tal, fascista- que antes de que lleguen los hechos ya ha decidido cómo es el mundo, cuál es el bando, quién es amigo y enemigo. El personaje de Marcos es lo de menos; desde el principio ha jugado a la atracción del espectáculo y no pasa de ser un folclórico con ínfulas literarias. Su responsabilidad política, en cambio, es otra cosa. Cuando se habla a título individual se pueden cometer todos los errores que se quiera, incluida la posibilidad de tomar a las víctimas por verdugos y a los verdugos por víctimas, como ha hecho; después, las consecuencias son también individuales. Cuando se habla a título colectivo, las declaraciones y las decisiones tienen consecuencias colectivas. Y nuestro payaso grotesco -por utilizar su terminología- ha arriesgado una causa entera a cambio del aplauso de sus amos. Si estima la causa zapatista, debería dimitir.

Los tontos, sin embargo, no son los culpables; hay quien tiene pensamiento propio y hay quien tiene el pensamiento de la gente que lo rodea, como el diletante del pasamontañas. La responsabilidad se encuentra, más bien, en los que sabían lo que estaba pasando y no hablaron por miedo al establishment de lo políticamente correcto o porque consideraron, de forma apresurada, que no se pueden pedir peras al olmo: que un dirigente político mexicano, por ejemplo, no tiene por qué estár informado de lo que sucede en el País Vasco. Qué más da, ¿verdad? Los muertos los ponen otros. Y cuando se den cuenta del error (porque alguno se dará cuenta), se tirarán veinte años escribiendo insoportables artículos sobre la estupidez que cometieron.

Lo de Batasuna no sorprende a nadie que los conozca. Han actuado como imperialistas clásicos, sustituyendo las cuentas de vidrio y los espejitos por cuentos chinos y palmaditas en la espalda, porque lo más ridículo del asunto es que los zapatistas no han ganado nada: sólo han perdido. Gracias al señor Marcos, toda su estructura se ha convertido en sistema publicitario de un grupo de delincuentes cuya mayor concesión a la inteligencia consiste en pegar tiros en la nuca. No confundamos las cosas. Muchos españoles estamos en contra de normativas restrictivas como la ley de partidos o incluso de iniciativas bastante más razonables como la del juez Baltasar Garzón, por entender que se debe juzgar a las personas y no a las organizaciones políticas, aunque sean un nido de asesinos. Pero incluso así, en ningún momento se ha puesto en peligro la defensa de ninguna idea, incluidas las independentistas. No se juzga eso, se juzga la muerte. Lo demás es simple dialéctica y cada cual puede tener la opinión que quiera.

Gastar palabras con turistas políticos como Marcos es perder el tiempo. Son como los guiris que iban a América Latina en los setenta y ochenta en busca de revoluciones: si no las encuentran, las inventan y ya está; en un extremo de la línea acaban de amigotes de Sendero Luminoso y en el otro extremo se van de copas con los torturadores argentinos. Nada de esto habría sucedido si la izquierda política española no estuviera muerta y enterrada, si alguien hubiera mencionado a tiempo que Batasuna y amigos son jueces, parte y generalmente los únicos verdugos de esta historia. Sin embargo, nuestra izquierda está en suspenso y muchas plumas del bla bla ba tienen la simpática costumbre de subrayar el detalle y hacer caso omiso de las mayores salvajadas, como si no supieran que lo que no se dice es tan importante como lo que se dice (y suelen dejar tanto por decir).

Personalmente creo que el estalinismo no fue una enfermedad propia del movimiento comunista, salvo que se tome en un sentido historiográfico; es una enfermedad que cualquier estructura política puede padecer cuando sustituye la democracia y el debate por el cierre de filas, pero sobre todo, cuando carece de herramientas reales de control del poder. En una estructura de tales características, cualquier yo dirigente es un yo supremo, y el principal, un yo absoluto. El pensamiento se anula. La crítica desaparece. La realidad deja de tener importancia y nace el decreto, el capricho, el discurso que no necesita de constatación alguna. Marcos pertenece, al parecer, a esa línea. Por tanto, tenemos dos opciones: empezar a trabajar a partir de este mismo segundo para ajustar la realidad al sueño que le venga en gana (y justificar su palabrería a posteriori, como si fuera un mal pintor) o dejar de callar y hablar de una vez.

Ustedes verán.



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