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| 24 de noviembre del 2002 |
De cipayos y genocidas
Sergio Di Gioia
Yo no sé si es un caradura, un vendepatria, o el jefe de los mafiosos, como le han dicho -entre otras cosas- los líderes de los desocupados, los piqueteros, a ese riojano que supo o dijo ser peronista, que solía usar las patillas de un caudillo tan respetado en el interior y en su provincia como fue Facundo Quiroga. El mismo que supo decir, allá por 1973, después de acompañar al líder en el exilio en el 72, en ese famoso charter de regreso del 17 de noviembre, que la alternativa era: liberación o dependencia.
Ese señor que en 1989 inicio una transformación en su aspecto -que probablemente se había iniciado antes pero que, como dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Grey, tal vez no advertimos porque la mutación fue primero interna-, que tal vez no se animó a tanto como ponerse lentes de contacto de color celeste para que sus ojos lucieran como un rubio de ojos claros, pero que sí cortó sus patillas y empezó a usar ropa de marcas importadas, y así de prolijo y atildado llevó al país al mayor desastre que haya conocido en el marco de gobiernos democráticos: nos sometió a los organismos de crédito internacionales, a los mandatos del neoliberalismo, para establecer un plan de ajuste y exclusión que sólo podía realizar y llevar a cabo en el marco de un programa de control social propio del partido que precisamente había sido llevado al poder por las masas de aquellos que estaban, de alguna manera, olvidados. Sólo en nombre del peronismo, Carlos Menem pudo hacer lo que hizo. Desde allí dejó activada la bomba recogida en 1999 por un gobierno que tomó la posta con propuestas que no cumplió y que, en cierto modo, pagó el precio de quedarse con un artefacto que en diez segundos le iba a explotar en las manos. Lo que vive hoy la Argentina es, en gran parte, responsabilidad de la política económica ejecutada por el cipayo que gobernó este país entre 1989 y 1999. El mismo que esta semana se atrevió a decir que las fuerzas armadas tendrían que ponerse a la cabeza de la seguridad interna. Las mismas fuerzas armadas que se caracterizaron en los últimos cien años por ser la mayor organización subversiva del país, porque subversivo es quien subvierte el orden constitucional. No sé si caradura, no sé si vendepatria, no sé si inmoral, no sé que otra de las cosas que le han dicho los piqueteros puede calificar la actitud del corresponsable del genocidio social en una Argentina donde todos los días mueren niños, y cada día más, por desnutrición. Porque a su entreguismo se le sumó la inoperancia de quienes lo sucedieron. La inoperancia de Fernando De la Rúa, de Chacho Álvarez, de Eduardo Duhalde. Quien fabricó la bomba que dinamita día a día las esperanzas de este país, pretende hoy controlar sus efectos sin atacar sus causas, sin revertir las políticas que nos llevaron a esta situación de desastre, de descontrol, de desasosiego, de falta de cohesión social. Quiere controlarlos mediante la represión y por eso dice que si no alcanza con la policía hay que poner a las fuerzas armadas en la calle, para reprimir, y que si no fuera suficiente, habría que decretar el Estado de Sitio. Dijimos del ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, que había equivocado su profesión; dijimos que se le veía muy feliz con el uniforme verde oliva y con el gorro militar. Hoy decimos, doctor Carlos Menem: el pueblo argentino va a tener la sabiduría, la serenidad de contemplar y analizar lo que usted está planteando, de no equivocarse nuevamente, de no creer que su gobierno fue lo que no fue. Y sobre todo, de tener bien claro que en la Argentina democrática no hay lugar para quienes propugnan el retorno a las peores metodologías de control social que costaron a este país miles de desaparecidos, que hoy continúan en las «desapariciones» sociales. Tenemos un pueblo maduro, tenemos una sociedad inteligente. Doctor Menem: Quédese en su casa, no haga más política, cállese la boca. La Argentina democrática se lo va a agradecer. (*) Programa de radio auspiciado por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Sábados de 11 a 13. |
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