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| 22 de noviembre del 2002 |
Barajar y dar de nuevo
Virginia Giussani
Últimamente no hago más que escuchar y leer reflexiones y debates sobre la izquierda en nuestro país. Cuál es su posición, su rumbo, su razón de ser. Casi como ciegos dentro de un universo desconocido tanteando aquello que, más allá de ellos, sigue su curso inexorable: la historia. Esa historia que se les rebela, escabulle, se esconde detrás de rincones inexplorados. Pero la historia no se escribe ni se interpreta antes de que sus pasos hayan dejado huellas en la sangre.
Se sigue hablando, y por lo tanto pensando, con viejos términos y conceptos frente a una realidad absolutamente sorprendente y novedosa. Se usan palabras ajadas y maltrechas como "política de masas", "herramientas", "alianzas sectoriales", "poder popular", y hasta "socialismo" parece un término cuyo esqueleto se ha quedado sin piel. Nuestros referentes políticos, aún aquellos que tienen una férrea voluntad y convencimiento de que este barco está por naufragar y es indispensable hacer algo para torcer su rumbo, parecieran no darse cuenta que aquí ya no se trata de crear un nuevo frente, un partido o un movimiento renovador. El tiempo se agotó, la gente se muere, de hambre, de indiferencia, de escepticismo, de bronca. Por primera vez, y eso es lo novedoso y desconcertante para muchos, hay que bajarse del pedestal dirigencial y comenzar a caminar junto a los pasos de aquellos a quien nuestra izquierda llama "el pueblo", creyendo que apropiándose de ese término se transforman en sus legítimos representantes. Se acabaron las recetas, se acabaron las fórmulas y se acabaron los referentes. Durante un siglo las grandes luchas populares giraron en torno a la clase trabajadora. El sector social oprimido por definición era la clase trabajadora y desde allí se gestaron los grandes movimientos de transformación y lucha. Hoy la clase trabajadora se reduce a niveles alarmantes y comienza a surgir una nueva clase que no concede la gracia de sacar rédito alguno: los excluidos. Los excluidos no significan otra cosa que un sector social que crece a niveles estremecedores, un sector que no ofrece nada y necesita todo, pero que su crecimiento sin duda determinará nuestro futuro. Ya no hay torta para repartir, no se trata de negociar entre nosotros las tajadas de algo que ya no existe. Se trata, en todo caso, de volver a cocinar la torta y luego ver como se distribuye. Lamentablemente la degradación política ha llegado a niveles tan impensables que aún aquellos que quizás no lo merecen caen en la misma bolsa. Comprender este nuevo escenario, donde la práctica política y la cooperación social tiene que empezar desde abajo, sin duda es un desafío duro pero indispensable para recuperar credibilidad. Para este sector de excluidos, cada vez más extenso, un funcionario gubernamental o un dirigente político, sea del color que sea, es casi la misma cosa. Ambos son dos caras de la misma moneda, porque ambos transformaron sus vidas en un tormento inimaginable. Si algo no le interesa a la gente que no tiene trabajo, no tiene qué comer y carece de techo para sus hijos, es el partido, el movimiento, el grupo o la sigla que los represente. No es un camino fácil y no depende de una fórmula mágica diseñada desde un escritorio. Hay que bajar al llano para recuperar credibilidad. Los nuevos referentes surgirán de este nuevo andar. Esto impone despojarse definitivamente de viejos vicios, el referente, el puntero, el caudillo, no va más. Es dramáticamente urgente atreverse a meter las manos en el barro y entre todos moldear esta nueva Argentina que, a pesar de su desconsuelo, sigue palpitando. No nos engañemos, la crisis no se reduce simplemente al tan mentado sistema capitalista, como tampoco el capitalismo únicamente se reduce a una siniestra ecuación financiera. Nos equivocamos si nos escudamos detrás del sistema capitalista como único motivo de nuestros males. La crisis no es más que el emergente de una comunidad que ha perdido su brújula, y esa comunidad hoy abarca tanto a la izquierda como a la derecha. |
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