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La insignia
21 de noviembre del 2002


Crisis en Argentina

Los hechos de la convertibilidad: mitos y realidades (I)


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Crisis en Argentina

Pablo Mira
La Insignia. Argentina, noviembre del 2002.



La publicidad de la convertibilidad fue uno de los factores que la mantuvieron a salvo de las críticas. Esta estrategia debió ser ajustada bruscamente a la hora de los problemas. Así, se fueron construyendo mitos acerca de los resultados de la convertibilidad, así como también se ofrecieron explicaciones poco realistas al momento de su agotamiento. Sin embargo, a pesar de la falta de realismo de dichos asertos, pareció formarse un consenso entre muchos analistas acerca de los hechos de la convertibilidad aún cuando los datos no los respaldaban. A modo de ejemplo, citamos a continuación algunos de estos mitos, clasificándolos en dos partes. Por un lado, los referidos a los resultados globales del esquema de convertibilidad. Por otro, a las explicaciones de la debacle del plan.


I. Mitos referidos a los resultados del sistema

Mito 1: La convertibilidad condujo a un cambio estructural en la tasa de crecimiento del producto potencial.

Si hay algo que caracterizó a la economía argentina de los 90 fue la importancia de sus fluctuaciones macroeconómicas de corto plazo. Entre 1991 y 1994, el PIB mostró un crecimiento extraordinario, de casi el 8% anual. La recesión de 1995 alcanzó proporciones también notables: entre el cuarto trimestre de 1994 y el tercer trimestre de 1995 el PIB cayó nada menos que un 10% base anual. De allí en adelante, y hasta el segundo trimestre de 1998, el crecimiento total fue de 8,2% al año. A partir del tercer trimestre de 1998, la recesión fue dramática (y perdura al momento de escribir este trabajo), mostrando el PBI caídas sustanciales.

Los cambios en la demanda agregada fueron liderados por cambios muy fuertes en el consumo, principal componente de la misma. Es de notar, sin embargo, que los cambios en la inversión bruta interna fija también fueron importantes en términos porcentuales. Debe tenerse en cuenta sin embargo que variables con niveles iniciales muy bajos (como lo era la inversión hacia 1990) muestran cambios porcentuales "exagerados".

El ritmo de crecimiento tuvo que ver con la disponibilidad de ahorro externo. De hecho, a pesar del aumento de la inversión en relación al PIB (a valores constantes), que pasó del 17,3% promedio 1982-1990 a 21,2% promedio 1991-1998 (25,2% en 1998), el ahorro externo como porción del PIB cayó para los mismos períodos de 18,4% a 16,8%. La contrapartida, naturalmente, fue un aumento notable en el ahorro externo.

Volatilidad extrema, cambios en el ingreso asociados con fuertes cambios en el consumo, bajo ahorro nacional y dependencia de flujos externos son características de economías que no necesariamente han entrado en un sendero de crecimiento de su capacidad productiva de largo plazo. De aquí que muchos autores coinciden que buena parte de la recuperación de 1991-1994 resultó un efecto más cíclico que de tendencia de largo plazo (1). Podemos tratar al periodo de la convertibilidad, sin temor a exagerar, como un "superciclo" con una expansión notable entre 1990 y 1998, y una depresión no menos importante entre 1998 y la actualidad.

El conjunto de reformas que se adoptaron en los 90 sin duda impresionaron. Las privatizaciones y las políticas de desregulación de los mercados fueron únicas en el mundo. Lo curioso es que ante tantas reformas "irreversibles" y "estructurales" los problemas de ciclo, en lugar de suavizarse, se hayan profundizado. La alternativa obvia es comprender que este tipo de reformas se llevaron adelante suponiendo un contexto macroeconómico dado (y sobre todo, "dado" en el sentido de "resuelto"), y que por lo tanto no es posible prescindir de la política económica a la hora de proponer reformas basadas puramente en prescripciones de la teoría microeconómica.


Mito 2: La estabilidad de precios es un fin en sí misma, porque benefició a todos por igual.

Este mito tiene dos frases en una. La primera, que indica que la estabilidad es un fin en sí misma, solo es evaluable desde el punto de vista de la economía normativa. Es cierto que la estabilidad fue un logro extraordinario del modelo, pero su contrapartida fue un aumento notorio del desempleo tanto cíclico como estructural.

La estabilidad, por otro lado, fue parcial. Existen dos fenómenos claros que mostraron la evolución de las variables nominales durante los 90. Primero, la inflación acumulada durante la convertibilidad alcanzó aproximadamente el 50%, lo que descolocó el tipo de cambio real en alrededor de un 30%, lo que indujo dificultades para mantener a raya la posibilidad de una crisis de balance comercial. Si bien es cierto que las exportaciones argentinas no reaccionan claramente en función del tipo de cambio real, las importaciones sí lo hacen, y a un ritmo muy acelerado. Es así como el atraso cambiario provocó un aumento notable en las compras externas, que superaron a las exportaciones sistemáticamente a lo largo de toda la convertibilidad.

Segundo, este aumento promedio del 50% se repartió en aumentos muy fuertes en los servicios (en particular los privatizados) y por otro lado en una caída de los precios de los bienes enfrentados a la competencia externa.

Queda claro entonces que si algo no logró evitar el modelo fueron las transferencias de riqueza no deseadas entre los distintos agentes económicos. Por un lado, la estabilidad mejoró los horizontes de planeamiento de muchos, pero a cambio se produjeron fenómenos importantes de concentración que demuestran que el alargamiento en la formación de expectativas son aprovechadas primero y al máximo por los capitales más poderosos.

Con tasas de desempleo promedio del 12% entre 1991-1998, la estabilidad pasa a ser un paliativo menor, que se cristaliza fundamentalmente en el retorno del crédito al consumo. Por supuesto, si el desempleo persiste, este paliativo se vuelve un arma de doble filo porque aumenta sustancialmente las tasas de morosidad.


Mito 3: La convertibilidad produjo un boom de exportaciones que reflejan los cambios en la estructura productiva del país

A primera vista, resulta indudable que las exportaciones crecieron notablemente. Prácticamente se duplicaron, a valores corrientes, entre 1991 y 1998. Sin embargo, conviene mencionar al menos dos puntos que permiten explicar por qué este crecimiento de las ventas externas tuvo poco de milagroso. En primer término, el precio de las exportaciones tuvo aumentos importantes, de modo que en términos de cantidades el aumento fue, por lo menos, un 15% menor y se concentró, fundamentalmente, en el período 1993-1998, es decir, bien entrada la convertibilidad.

En segundo lugar, el crecimiento de las exportaciones se concentró fuertemente en productos primarios. De hecho, combustibles, cereales y aceites dan cuenta del 80% del aumento en las ventas externas. De este modo, no parece consistente asociar la explosión exportadora a cambios definitivos en la estructura productiva del país.


Mito 4: La entrada de capitales externos privados bajo la forma de inversión extranjera directa fueron mayoría, y fueron la consecuencia natural de haber adoptado el nuevo régimen.

Ya se ha dicho que es un hecho la asociación entre entrada de capitales y crecimiento en la década de los 90. Sin embargo, conviene distinguir las distinta naturaleza que adoptaron los mismos en las distintas fases de la convertibilidad.

Durante la fase privatista, la inversión directa fue endógena. Los capitales fueron atraídos por ventajas sustanciales de precio y condiciones de mercado que difícilmente se obtuvieran en otras partes del mundo. Un tipo de cambio real alto, un valor de activos plenamente devaluado, más una demanda cautiva hicieron de las privatizaciones un negocio de alta rentabilidad para los inversores internacionales.

De un promedio de más de 10.000 millones de dólares anuales de financiamiento externo, entre 1991 y 1993 las privatizaciones produjeron entradas por 3.000 millones al año. Durante el mismo período, el resto de la inversión directa fueron de apenas 1.000 millones. Para el período de 10 años 1992-2001, la inversión directa fue de 8.000 millones anuales, de los cuales 1.100 fueron privatizaciones y más de 3.500 al año fueron cambios de manos. Esto deja una inversión "nueva" de 3.400 millones de dólares anuales (2).

La contrapartida de estos números es la colocación neta de títulos de deuda en el exterior por un total de 7.400 millones al año en promedio. De este modo, los capitales de corto plazo resultan ser algo así como 2/3 del total.

El análisis sectorial no mejora el cuadro: los sectores que mayores inversiones generaron son o bien aquellos relacionados con la explotación de recursos naturales, o bien los que presentan regímenes especiales con subsidios varios.


Mito 5: La deuda externa creció indiscriminadamente como consecuencia esencial de un descalabro de las cuentas públicas.

Es absolutamente cierto que la deuda externa financiera creció durante el periodo. No se puede esperar otra cosa a partir de una apertura de capitales con fondos frescos disponibles para financiar proyectos locales. Sin embargo, ese crecimiento no fue ni explosivo, ni tampoco consecuencia de un déficit fiscal inmanejable.

El stock de deuda a fines de 1989 era de 65.000 millones de dólares, de la cual el 80% era pública. Desde la convertibilidad y hasta 1998, la deuda creció hasta alcanzar los 139.300 millones de dólares. Sin embargo, mientras que el sector público aumentó su endeudamiento en un 56%, el sector privado lo hizo en un 350%, pasando de ostentar una deuda externa de casi 13 mil millones a una deuda financiera de 57 millones en el mismo periodo.

Si tomamos como referencia diciembre de 2001, la deuda externa total era la misma que en 1998, pero la participación del sector privado siguió creciendo. Comparando con diciembre de 1991, el sector privado pasó de participar un 14% a un 37% respecto del total.

En otras palabras, quien mejor aprovechó los beneficios de la apertura fue el sector privado, sobre todo después de 1994 y gracias a la emisión de obligaciones negociables que fueron colocadas en el exterior.

Por otra parte, cabe aclarar que desde 1991 en adelante, las necesidades de financiamiento del sector público nacional consolidado alcanzaron un máximo de 2,3% del PIB en 1996, y su promedio fue menor al 1% anual para el mismo periodo.


Mito 6: La convertibilidad permitió profundizar la estructura de los mercados financieros como nunca antes.

En tanto la tasa de interés real se determina de acuerdo con la tasa de inflación ex - post, situaciones de alta inestabilidad son incompatibles con la existencia de un mercado financiero. Así, la reducción de la tasa de inflación resultó en una recuperación casi automática del crédito. La posibilidad de endeudarse fuera del país cerró el círculo: no se requirió un aumento efectivo de la tasa de ahorro interna para financiar créditos de todo tipo.

Sin embargo, la conformación de un sistema financiero fuerte requiere mucho más que un mercado de créditos hipotecarios. La intermediación financiera en un país que crece requiere el desarrollo de mercados de plazos largos, estables, que permitan reducir progresivamente los márgenes de intermediación. El desarrollo de un mercado de valores, por ejemplo, resulta altamente deseable.

Durante la convertibilidad se desarrollaron en forma desigual los mercados en pesos y en dólares. El segmento de créditos dolarizados prácticamente no tuvo techo, pero el sistema no logró desarrollar el mercado de activos domésticos adecuadamente.

Los resultados sobre la monetización son espectaculares solamente si se los compara con 1990 (un mínimo histórico, teniendo en cuenta la hiperinflación). El indicador M1/PIB pasó de 1,8% en ese año a 5,4% en 1998. Pero debemos tener en cuenta que en 1980, por ejemplo, ese valor era de 4,8%. Los depósitos en dólares fueron la gran estrella de la convertibilidad: la relación M3/PIB (M3 incluye depósitos en dólares) fue de 22,6% hacia 1998, cuatro veces y media más que en 1990. Cabe recordar que durante un episodio semejante de apertura con tipo de cambio fijo, la relación era semejante, aunque en esa época 2/3 de los depósitos eran en moneda local, mientras que hacia 1999 la proporción ya era 80/20 favorable a los depósitos dolarizados.

Otro mercado bastante desarrollado fue el de títulos. Aquí la razón fundamental de ese desarrollo fue la financiación de déficits públicos, pero más que nada la instrumentación de deuda no documentada (con jubilados y proveedores del Estado) y la transformación de deuda bancaria en bonos en el marco del Plan Brady.

La Bolsa de Valores mostró un crecimiento auspicioso en los primeros años, estimulado tanto por el alza de precios como por la oferta de papeles de las empresas recientemente privatizadas. El índice Merval mostró alzas espectaculares que sufrieron golpes muy fuertes a fines de 1992, luego en 1995 y finalmente a mediados de 1998, cuando la recesión era ya un hecho. Hoy día, el mercado de valores cotiza prácticamente a los mismos valores que al inicio de la convertibilidad, la cantidad de transacciones diarias es muy reducida, y muchas empresas se han retirado de la cotización pública.

Demás está decir que en este contexto la posibilidad de obtener ganancias netas de la diversificación resultó casi imposible. Los mercados derivados nunca lograron despegar, a pesar de que la legislación trató de ser lo más liberal posible en este sentido.

En suma, los mercados financieros se desarrollaron únicamente con el costo en términos de riesgo que implicaba dolarizar los instrumentos de deuda exponiendo a un riesgo excesivo a los sectores deudores del sector de no transables. Un riesgo que sobre el final de la convertibilidad probó ser muy costoso.


Mito 7: El desempleo persistente durante la convertibilidad fue la consecuencia de mercados de trabajo demasiado poco flexibles.

La explicación del desempleo durante la convertibilidad es compleja. Durante los 80, con crisis de la deuda incluída, el desempleo no fue nunca un signo de verdadera preocupación. En los 90, con una economía en plena expansión, la tasa de desempleo crecía en forma alarmante.

Durante el periodo 1991-1994, los problemas de ocupación en las familias de menores recursos y más numerosas provocaron que otros miembros salieran a buscar trabajo (Altimir y Beccaria, 1999). De este modo, al efecto de la caída de la demanda de trabajo se le sumó el aumento de la oferta laboral debido a las condiciones macroeconómicas reinantes. Por otra parte, Beccaria (1997) sugiere que la creación de puestos de trabajo privados en el Gran Buenos Aires entre 1991 y 1997 fueron regidos por contratos de duración fija.

Esto implica que existía, en función de las condiciones macroeconómicas, el caldo de cultivo para un aumento de la informalización de las condiciones de negociación salarial. Estábamos a las puertas de una flexibilización de facto de las relaciones laborales. A finales de los 90, la sensación de aumento de la precariedad laboral era muy pronunciada, lo que provocaba todavía un menor poder efectivo de las regulaciones en el mercado de trabajo.

Las medidas de política destinadas a flexibilizar de iure el mercado de trabajo y propiciar el aumento de la demanda laboral fueron recurrentes. En 1994 se redujeron los aportes patronales y entró en funcionamiento el nuevo régimen previsional. Tras una vuelta atrás parcial en 1995, los aportes vuelven a reducirse en 1996. En el mismo año, se modifica el régimen de asignaciones familiares, haciéndolo menos gravoso financieramente para el empleador, y reduciendo los beneficios de los empleados. En 1998 se produce una rebaja de las cargas sociales y se sanciona la reforma laboral que apunta a la flexibilización del mercado.

Galiani y Nickell (1999) compararon la estructura de la legislación argentina sobre empleo con la de los países de la OCDE luego de las reformas realizadas. Hallaron muy pocas diferencias respecto del promedio de cargas sociales que tienen estos países. El grado de sindicalización y el número de convenios colectivos (dos indicadores muy utilizados para calcular la rigidez de los salarios) se ubicaba en un nivel intermedio de los mismos países. El salario mínimo en términos del salario medio en Argentina resultó ser de los más bajos al realizarse la comparación. Finalmente, el seguro de desempleo establece beneficios similares al de los países industriales, aunque su aplicación efectiva es tan restrictiva que sólo alcanza al 10% de los potenciales beneficiarios.

Esta evidencia sugiere una vez más que los altos y persistentes porcentajes de desempleo tuvieron más que ver con las condiciones macro de alta volatilidad que con la existencia de rigideces. Aún suponiendo que todavía existen características "intervencionistas" que impiden un rápido ajuste de salarios ante el elevado desempleo, sería preciso explicar por qué si las condiciones son más flexibles que en el pasado, los índices de desocupación han crecido en lugar de haberse reducido.


Notas

(1) A menos que se consideren cambios de tendencia a aquellos que suceden cada cuatro o cinco años. En ese caso, la tendencia produjo dos cambios bien definidos. Para el periodo 1990-1998, Frenkel y Rozada (1999) calcularon mediante el filtro de Hodrick-Prescott una tendencia de crecimiento algo menor al 5%. Entre 1998 y 2002 la tendencia declinante puede calcularse en valores semejantes pero de distinto signo.
(2) Desde el punto de vista del financiamiento del balance de pagos, debemos restar a este total la inversión directa argentina al resto del mundo, que suma alrededor de 1.400 millones de dólares anuales más. Por otra parte, de los 3.400 millones de inversión nueva, 800 millones de dólares anuales corresponden a deuda de las filiales con las casas matrices, lo que representa sin lugar a dudas hot money.



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