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| 21 de noviembre del 2002 |
La lumpenburguesía del siglo XXI
Alejandro Fiorito
Como si Argentina no fuese un país capitalista, los principales empresarios nacionales han salido a la palestra política, con una nueva asociación: AEA (Asociación de Empresarios Argentinos) para dar fe a la sociedad de sus intenciones "democráticas y capitalistas" y para revertir su supuesta "pasividad" en el fenómeno de catástrofe que ha sumido a la Argentina y a la región. El objetivo es emular a sus pares del primer mundo, que como sabemos destilan un capitalismo "en serio".
Conformada por los principales grupos económicos del país y empresas transnacionales, han planteado la promesa de actuar no en función de "intereses sectoriales", sino en pos de lograr objetivos que les son comunes, es decir que nos prometen -como si alguien se los pidiera- comportarse de acuerdo a sus intereses de clase. Su peculiar visión autocrítica nos alerta que debido a su excesivo espíritu competitivo, liberal, y "asumidor de riesgos", hizo que "no supieran actuar a tiempo", para evitar el desmadre económico actual. Su anterior representación UIA (Unión Industrial Argentina) había perdido la representatividad necesaria para presionar a los empleados de la casa rosada e hizo falta una nueva representación para presionar de manera similar a sus parientes paulistas en Brasil. En realidad estos sedicentes "empresarios emprendedores", se han caracterizado en haber mejorado en la práctica, la diversificación del riesgo capitalista, descargando el riesgo devenido en deuda, sobre su población cautiva. Este año en su mensaje de presentación su presidente Vicente (Perez Companc), pidió que el Estado se haga cargo de las deudas contraídas al exterior y que crecieron con la devaluación, en una reedición de la estatización de la deuda externa. La singularidad argentina Un reconocido economista Simon Kusnetz, afirmaba hace algún tiempo que existen cuatro tipos de economías: las desarrolladas, las subdesarrolladas, Japón y Argentina. Efectivamente la realidad actual de Argentina adquiere una singularidad que debe ser explicada con alguna independencia relativa de la crisis mundial tratando de dar contenido al análisis específico de nuestro momento capitalista, lo que no es moneda corriente entre los analistas. Un tipo de simplismo -normalmente de cierta izquierda dogmática- describe unilateralmente que el colapso de la economía argentina proviene del exterior: la crisis mundial capitalista sería la causante de la crisis regional y cualquier análisis que intente explayarse sobre una multicausalidad particular a la región y específica de nuestro país es descartado o sobreentendido como parcial y "vulgar". Surge aquí el vicio idealista de considerar a la realidad empírica existente solo como un caso particular de una talmúdica "Teoría de las Crisis" que por supuesto es "mas general" y no como piedra de toque para comprobar su fertilidad cognoscitiva. La simplificación opuesta, -normalmente a cargo de la derecha mediática-, afirma que la crisis es "genéticamente" argentina, que produce todo tipo de contagios, y que asumiendo nuestra exclusiva corrupción e inoperancia, deberemos aceptar "recomendaciones" y gestiones de "expertos internacionales" como Dornbusch que pueden opinar sobre el "deber ser" de nuestro futuro. De nada sirve que un "Keynes redivivo"como Joseph Stiglitz, muestre y demuestre "desde adentro" la inutilidad de las recetas económicas de los organismos internacionales, la corrupción de los integrantes del FMI y sus adláteres estadounidenses, ni tampoco el mayúsculo fraude de la nueva economía de EEUU. "Cuando fallan las ideas, siempre aparece a tiempo una palabra". En efecto, argumentos especiosos -estilo Mariano Grondona- sobre la "falta de capitalismo en Argentina", definen pragmáticamente al capitalismo como un sistema solo existente en las propagandas de autos, de acuerdo a una concepción idealizada y naturalista del mismo. Es decir que cuando se dan los resultados que espera nuestra lumpenburguesía, es capitalismo, cuando no se dan, somos el "realismo mágico" de Macondo. Parte de la complejidad a explicar deberá dar cuenta que a mediados del siglo XX durante los gobiernos peronistas, muchos de estos grupos empresarios lograron su mayor crecimiento y acumulación de capital, pari passu con la ampliación de su mercado interno. Pero disputada su participación en la distribución del ingreso por los sindicatos, los derechos laborales avalados en el constitucionalismo social en la carta constitucional de 1949, esta burguesía fue más allá que ninguna otra en la región, en punto a la destrucción de su propia base de sustentación burguesa industrial: su mercado interno. En efecto, durante los últimos 25 años, una parte de estos capitalistas se transnacionalizó y tomó los objetivos de la burguesía financiera internacional. La mayoría de los componentes de AEA, tanto de origen nacional como extranjeros, tienen como objetivo vender en el mercado mundial, y poco les importa la demanda interna de Argentina. Su histórico ánimo prebendario del Estado como lumpenburguesía fue "contagiado" a los capitales internacionales que en la década pasada ingresaron como inversiones externas, pero sin diferenciarse en su comportamiento rentístico en pos de hacernos "socios" de sus deudas en dólares. De allí el "éxito" del gobierno de Menem, (terminó sus dos mandatos), puesto que entendió con "lógica de felpudo", que la dirección de clase burguesa en Argentina es directamente la del G7. De allí también los fracasos de gobernantes -como De la Rua y Duhalde -con sus "planes productivos". Estos le han hablado a una burguesía industrial sin liderazgo de clase, y este es el aspecto específico diferencial a considerar del capitalismo argentino aún en relación con su par brasileña. Solo el sonido de los grillos se oye como respuesta, en la brumosa noche argentina. Tal vez una expresión cabal de la sumisión ideológica de los empleados políticos de estos sectores la dé Reutemann, cuando afirmó que se avergonzaba de Argentina, al recordar las apreciaciones irónicas del actor y político Schwarzenegger (sic) respecto a nuestros numerosos cambios de presidentes. El "capitalismo ético" de EEUU Durante los últimos veinte años nuestra población viene siendo bombardeada con un residuo ideológico fuerte: la reedición de la "ética protestante" weberiana, por la que países como EEUU, lograron desarrollar su capitalismo, con los premios a los ganadores, con reglas claras y en virtud a su esfuerzo. El mismo O´Neil, de reciente visita en Latinoamérica, había dicho que "sus carpinteros y plomeros no tenían que pagar nuestro derroche" y que "a los argentinos siempre les gustó vivir derrochando". Mas allá de la explotación laboral, la glorificación del capitalismo como un sistema que premia el esfuerzo es correcta, en tanto premia más el ingenio por realizar nuevas y creativas estafas que se corresponden con un mayor nivel de educación y "capital humano". Desde la quiebra de la empresa energética Enron, en diciembre de 2001 tras una serie de manipulaciones contables que permitieron al grupo inflar sus beneficios y presentar una deuda menor, se siguieron conociendo las tensiones dentro de las firmas capitalistas, entre los ahorristas y los que dan su forma política al sistema: la alianza de "managers" y políticos. En los 90 la denominada "contabilidad creativa", -¡vaya oxímoron!- logró el objetivo de una profesión que es empleada para perfeccionar los vericuetos de pagar menos impuestos. Paradójicamente con el tema de las "fallas de información" que le valió el premio nobel a Stiglitz, los directivos de las empresas que se encuentran en una "mala posición", generaban un grupo ficticio de compradores de sus propias acciones a precios inflados, con lo que aprovechan la burbuja para vender todas sus tenencias accionarias antes de que la empresa quiebre. El resultado es conocido por estos lares: empresarios ricos que luego son candidatos a presidentes y ahorristas estafados. Pero con la quiebra de estas empresas no se hubiese producido un fenómeno generalizado de desconfianza como el que tiene hoy el trabajador medio norteamericano -los cuales ahorran en acciones de empresas de su país". Es en realidad la caída de una consultora como Arthur Andersen, la que hace diseminar la sospecha de haber inflado las ganancias a todo el espectro de empresas norteamericanas. Y en efecto, luego de Enron vino, Worldcom, la segunda empresa tecnológica de Estados Unidos, que reconoció que en los últimos trimestres hizo pasar como gastos de capital cerca de 3900 millones de dólares. Posteriormente siguió Xerox, que admitió acrecentar sus ingresos por 1900 millones entre 1997 y 2001. Luego se agregó la farmacéutica Merck, que está siendo investigada por la Comisión de Valores, organismo regulador del mercado, por haber incluido en sus resultados desde 1999 ingresos ficticios cercanos a los 12.000 millones de dólares. Se podría decir que siguen las "firmas": Adelphia, Global Crossing, Kmart, Qwest Communications International, Schering-Plough, Jonson & Jonson, etc. Ante esta desbandada, Bush salió a dar un discurso el 9 de julio acerca de un plan de 10 puntos para restablecer la credibilidad de los mercados bursátiles. Al día siguiente su vicepresidente Dick Cheney, fue demandado por prácticas contables fraudulentas cuando era presidente de la Halliburton Co, una empresa de servicios petroleros con sede en Texas que exageró sus ingresos en hasta 445 millones de dólares entre 1999 y fines de 2001.y es más: el propio hijo de Bush en la firma Harken Energy a fines de los 80 hizo su fortuna, siendo "creativo". Por supuesto es sabido que los carpinteros y plomeros no lo son tanto. Los defensores del sistema argumentan que todo esto puede ser conocido dado que el sistema judicial y ONG funcionan correctamente, es decir que poseen instituciones adecuadas para corregirse. Sin embargo al igual que las firmas auditoras como Arthur Andersen -que sirven para vigilar las cuentas de las empresas- el sistema judicial en todo el mundo posee cortes supremas y jueces que viven de sus "banelco" y que se encuentran estrechamente vinculadas al poder. Tengamos en cuenta que la FED, la cual emana la ideología de la "independencia política" del gobierno estadounidense, está completamente privatizado, al componer sus fondos de dólares de sus principales multinacionales. ¿Cuál es la distracción preferida de las elites políticas estadounidenses para tapar tanto desfalco a sus propios trabajadores? Tal vez nuevamente sirva la lógica nacionalista del bombardeo a algún país "malvado y alejado de sus valores cristianos y occidentales". |
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