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La insignia
8 de mayo del 2002


Editorial

Industria discográfica: ¿Industria cultural?



Un ordenador con grabadora, un disco compacto y una conexión con Internet es lo único que se necesita para llenar un CD de música. Esta tecnología, reservada hasta hace pocos años a las empresas discográficas, ha provocado una revolución en la informática doméstica y, al mismo tiempo, una pregunta casi unánime entre los consumidores de música: «Si es tan fácil y barato publicar un disco, ¿por qué valen tanto dinero?».

Los responsables de las discográficas argumentan que en el precio de un disco no sólo se incluyen los gastos de producción, sino también los de distribución y promoción. Dicen también que sus productos soportan elevados impuestos estatales, y que cualquier ataque contra sus empresas podría poner en peligro miles de empleos y provocar un inmenso vacío cultural en la sociedad.

Los autores, por su parte, suman sus voces a las de sus patronos para pedir medidas policiales contra la venta ilícita de sus obras en la calle (el «top manta») y la imposición de un canon sobre los discos vírgenes que ayude a sufragar las enormes pérdidas que esta actividad fraudulenta supone para sus bolsillos.

Por primera vez en la historia musical, patronos y obreros -al mejor estilo de los sindicatos verticales - se unen contra un horrible y tiránico colectivo que amenaza con herir de muerte a la «industria cultural»: los terribles piratas, las espantosas mafias de la música.

El asunto tendría elementos suficientes para convertirse en un escandaloso conflicto social, si no fuera porque muchos de los planteamientos son, sencillamente, falsos, y eluden afrontar el auténtico meollo de la cuestión: la necesidad de replantear un negocio, el discográfico, que hace aguas por doquier.

Esto es algo que saben perfectamente los responsables de las discográficas. Lo supieron cuando descubrieron que quien amenazaba su negocio no eran sólo los vendedores ilegales que ponían las mantas en la calle ni las supuestas mafias que los controlaban desde la sombra. Las discográficas descubrieron que su peor enemigo era la propia sociedad a quien vendía sus productos, una sociedad descontenta con la oferta cultural que producía esta industria y con los precios que debía pagar por tener acceso a ella. La aparición de Internet y el abaratamiento de la tecnología para grabar discos compactos se encargó de certificar este descontento.

Sin embargo, no parece que la industria esté por la labor de reestructurar su negocio, ni mucho menos de reorganizar los gastos y beneficios que produce. Muy al contrario, las discográficas han desplegado sus baterías de cañones mediáticos para desplazar un asunto estrictamente económico al terreno cultural, donde pueda esconderse bajo la apariencia de conflicto social y sea menos propenso a recibir ataques.

La industria discográfica ha recurrido a algunos autores para defender su estatus mercantil y envolverse en una legitimidad artística que difícilmente podría alcanzar en el terreno económico. Así, los mismos autores que reciben una parte ínfima del rendimiento de su trabajo se han convertido en valedores de una realidad de la que no son dueños y en objetivo de unos ataques de los que no eran objetivo. En cualquier otro sector, los trabajadores se habrían rebelado contra esta situación, pero la «industria cultural» no es cualquier industria. Es «cultural» cuando se trata de defenderse de la economía, y es «industria» cuando se trata de atacar a la sociedad.



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