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| 21 de junio del 2002 |
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Testimonio de una emigrante Rocío Silva Santisteban
La primera vez que entré a España, por la zona de Port Bou, me dio miedo cruzar la frontera por la posibilidad de que me detuvieran en migraciones. Era el año 1988, yo venía viajando en tren por más de veinte horas seguidas, con cuatro meses de embarazo y el corazón zurcido. Tenía 24 años y a pesar de estar muy confusa en cuestiones de amor, poseía absoluta claridad y conciencia en torno a mi condición de "ciudadana de segunda"; por lo mismo, sabía que en la entrada del aeropuerto de Barajas trataban mal a los latinoamericanos y que incluso habían devuelto a Buenos Aires, por no tener a mano los mil dólares exigidos, al famoso fiscal argentino que inculpó a toda la Junta Militar, Julio César Strassera.
Pero en Port Bou sorpresivamente nadie me detuvo, ni me hicieron una sola pregunta como cuando llegué a Moscú -durante esa década todo latinoamericano entraba a Europa vía Aeroflot-, por el contrario, dos policías de lo más amables me desearon buena suerte. Yo sonreía hasta que la sonrisa se me desdibujó cuando leí en la primera plana de El País (alguien tenía el diario desplegado mientras yo hacía la cola en la aduana) que a partir de una fecha próxima se pediría visados a algunas países latinoamericanos. Doce años más tarde, en el verano de 2001, para poder entrar a España me exigieron una carta de invitación por escrito y con copia; cartas de mi oficina constatando que tenía un empleo estable; no sólo el resultado de mi último estado de cuenta bancario sino el balance de mis movimientos de todo el último mes; un seguro de viaje por el tiempo de la estadía; una constancia de una propiedad inmueble y 55 dólares por concepto de derechos consulares. Toda esta serie de medidas no hacen más que confirmar mi situación de ciudadanía de 1988, con el agravante que después de caído el Muro, se han levantado todo tipo de murallas reforzadas por pozos llenos de lagartos. Y todo esto porque simplemente nací en un país tan alucinante, complejo, contradictorio y extraordinario como es el Perú. Los peruanos sabemos que no somos deseados. En Chile hay pintas en las calles que dicen "haz patria, mata a un peruano" y en Argentina nos hemos convertido en la escoria social que salió de un país en desgracia para encontrarnos de sopetón con la desgracia de un país. Nuestra historia política durante los últimos 20 años no sólo nos ha hundido en una situación económica durísima, ha abierto brechas profundas entre nosotros mismos que con mucha dificultad podrían cerrarse por la Comisión de la Verdad y nos ha presentado un panorama de corrupción sin precedentes, pero además nos ha impuesto, colateralmente, una cruz de ceniza internacional que nos coloca como los apestados de América Latina junto con haitianos, cubanos, dominicanos y colombianos. La puerta está cerrada. Tapiada. A pesar de ello nos colamos por las rendijas. Globalización ja, ja Quienes levantan la banderita de la globalización, con sus miradas y huesos puestos en el Norte, sólo piensan en los flujos de capitales mientras exigen que los seres humanos se queden donde están. Multiculturalismo sí, pero multiculturalismo bien compartimentalizado: allá ellos, allá ellos, allá ellos. Se trata de una forma de frenar las migraciones de los países pauperizados por las propias políticas del nuevo orden mundial: Afganistán, los países subsaharianos, Somalia y otros enanos apestados del Tercer Mundo que ya no migran por razones políticas sino por razones económicas. Nos han llamado los "refugiados económicos" y yo me sigo preguntando ¿refugiados de qué? Ahora europeos y estadounidenses han levantado una política de inmigración que sólo refleja la mirada descarnada y auto-arrinconada de sus propios y temerosos líderes; asimismo nuestros propios líderes, muchos de ellos con doble nacionalidad, es decir, con un pasaporte para salir del Perú como peruanos y otro para entrar a Europa como europeos, han bajado la cerviz ante los poderes del nuevo colonialismo parapetándose en políticas incomprensibles y humillantes. Alberto Fujimori se llenaba la boca con su nacionalidad peruana, tantas veces puesta en duda; ahora es un conveniente y humilde súbdito del Japón. Por otro lado hay países que mantienen una política de doble moral -no sé cómo llamarla- en relación con la exigencia de mil y un documentos para viajar pero, a partir de su tolerancia interna, suscitan que mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños o peruanos sigan cruzando las fronteras. A pesar de los requisitos que exigen las embajadas y consulados de Estados Unidos en toda América Latina, de la restricción a la estadía (ahora sólo un mes para turistas), los Estados Unidos siguen manteniendo adentro millones de trabajadores ilegales porque son imprescindibles para el funcionamiento de la economía, sobre todo, en el área de servicios. Este alto número de trabajadores consiguen empleo generalmente con un número de Seguro Social falso y con una "green card" falsificada (los famosos "papeles chuecos") en algunas empresas que se hacen de la "vista gorda", como Dunkit Donuts o Au bon pain, pagando salarios bajísimos (5,50 dólares por hora en California, 7,50 en Massachussets) y a pesar de que no reciben contraprestaciones pagan impuestos puntualmente a través de ese número falso, puesto que lo sea no impide al Fisco exigir a las empresas que le descuenten el impuesto respectivo al trabajador fantasma. En otras palabras: una parte considerable de lo recaudado en estados llenos de migrantes latinoamericanos viene de "trabajadores fantasmas". Por supuesto que estos migrantes no reciben prestaciones de salud básicas, ni siquiera en caso de accidente, ni acumulan para una futura pensión de jubilación, aunque sus hijos si pueden asistir gratuitamente a las escuelas públicas. Según algunos estudiosos de la migración en Estados Unidos, para el año 2050 los "latinos" -los hijos de latinoamericanos ya asentados en estas tierras- serán la primera minoría (más que los afroamericanos y que los asiáticoamericanos); algunos optimistas anuncian una nueva sociedad multicultural a pesar de las claras muestras de lo contrario (segregación, guetización, racismo); esperemos que dentro de cincuenta años se produzcan los mentados cambios. Hoy por hoy, en torno al tema del bilingüismo, por ejemplo, se ha producido un considerable retroceso al cerrar la educación bilingüe en las escuelas públicas californianas. Un proyecto que también ha sido presentado en Massachussets e Illinois (recuérdese que Chicago es una de las grandes ciudades de concentración de latinos). Por otro lado, aunque en mucho menor escala, existe una importante migración de lo que antes se llamaba "fuga de talentos" desde el Tercer Mundo o desde los rezagos del Segundo Mundo. Profesores universitarios y profesionales especializados y sumamente eficientes vienen a Estados Unidos como becarios y no regresan. Así muchas universidades se consiguen "cerebros baratos" como los profesionales chinos que vienen a trabajar sobre todo en áreas como química, matemática pura y ciencias de la computación; así como cientos de profesores de español que se escapan de las miserables universidades latinoamericanas detrás del ansiado PhD. Un matemático chino, por ejemplo, gana el 35% menos de lo que ganaría un estadounidense en su mismo puesto laboral universitario, además trabajan sin pensar en feriados o días de guardar. Un becario que enseña español más de seis horas a la semana recibe una paga mensual que equivale a permanecer bajo la línea de la pobreza en estándares locales. No obstante, la reproducción biológica y cultural de los "latinos" en Estados Unidos es una de las manifestaciones sociales emergentes más importante de los últimos años. Aparte de personajes como J.Lo (léase "yi-lou"), es decir, Jennifer López o como Shakira, que rompen con mercados pero solidifican estereotipos; hay toda una generación de escritores que rompen con estereotipos y abren segmentos en mercados antes generalmente cerrados. Se trata de descendientes de latinoamericanos ya "aculturados" que escriben y viven en inglés o, mejor dicho, en spanglish. Autores como Sandra Cisneros "La casa de Mango Street", Oscar Hijuelos "Los Reyes del Mambo" o Juniot Díaz "Negocios", han escrito en inglés sus libros sobre temas vinculados a la migración y a la vida de los "latinos-yu-es-ei". A pesar de que son el capital simbólico de la comunidad en Estados Unidos, eso no significa que sean los abanderados de una manera diferente de ser o estar en este país, ni de que hablen de la multiculturalidad más que como simple sobrevivencia. ¿Todas las sangres en Lavapiés? Hace un año o algo más Enrique Redel de la editorial Opera Prima me invitó a participar de "Lavapiés", una antología de cuentos breves que, a propósito del barrio más multiétnico de Madrid, se proyectaba como un espacio de un afianzamiento de creencias y propuestas multiculturales. Participé encantada pues fue precisamente a Lavapiés donde llegué la primera vez que estuve en España. Allí encontré solidaridad, franqueza y descubrí, en uno de sus maravillosos bares y de la mano de uno de sus maravillosos pobladores, el sabor verde del ajenjo. Pero para mi sorpresa los cuentos del libro, una vez ya editado y leído cuidadosamente, no celebraban la multiculturalidad por sobre todas las cosas, también descubrían el pánico de algunos autores españoles ante la eminente y a veces elusiva presencia de los inmigrantes. "Lavapiés" plantea y muestra lo conflictivo que puede ser la presencia del cambio social de la inmigración en Madrid y, aunque no se haya tratado de su motivación primigenia, para mí sigue siendo una propuesta válida como razón para una antología. Algunos autores, por ejemplo el caso de los cuentos "Ratones" de José Manuel Benitez o "El Caye" de Ana Pérez Cañamares, descubren el temor ante las peculiares costumbres culinarias de chinos y coreanos, pero sobre todo, ante la pujanza comercial de sus negocios que contrastan con los "tradicionales" pero famélicos bares que quiebran y cierran. No obstante que se trata de una posición discursiva (que en buena cuenta se trata de personajes de ficción) me parece que ambos textos están escritos desde una trinchera algo descolocada, en medio del camino hacia la nada, aunque con ansias de retroceder a todo motor: hay una nostalgia por lo anterior, por ese Madrid multiétnico porque está lleno de "guiris" pero no necesariamente porque te invaden la calle los magrebíes o los ecuatorianos. Para otros autores, como el caso de Pilar Adón y su texto "Los herederos de Vaclaw", la migración a España de una europea del Este es apenas un punto equívoco en una ruta que debió llevar a la inmigrante a Oxford pero que la termina hundiendo en Lavapiés. Si, pues, no sólo se equivocan los dueños de la cancha sino también los fugaces inmigrantes que terminan en un barrio al que temen y secretamente detestan. "Lavapiés" no es simplemente un lugar donde escritores y artistas celebran con cerveza o vino la posibilidad de vivir muchas vidas con distintos sesgos culturales, es también un espacio que no se sabe exactamente cómo apareció ni tampoco cómo poder abordarlo. Por eso mismo Gonzalo Bartomeu en "Estación Mestizaje" presenta la versión "al espejo" del mismo cuento: se trata de un tema que debe ser narrado por los dos lados, revés y derecho, puesto que nadie sabe exactamente cuál es cuál. En el libro descubro que Lavapiés es una alegoría que da miedo, perturba, inquieta y a veces, conmueve. Coda a la peruana Eduardo me ha escrito que está a punto de viajar a Teherán porque ha ganado un concurso de persa. Alucinante, es lo único que se me ocurre decirle. Me comenta que Madezha, su esposa, vuela a Dallas la próxima semana para seguir un curso especial de postgrado para personas invidentes (ella es invidente y estudia en Salamanca), además me cuenta que Rita viajará a Francia porque finalmente consiguió la beca para un curso sobre educación y género y que si yo conozco a alguien allá. Justo le comento que acabo de escribirle a Miguel, mi encantador amigo cura que sigue un curso de teología en Sevres, pero que está a punto de salir para Escocia; precisamente le escribí porque mi hermano está viajando a París para filmar un video institucional y necesitaba de la casa de alguien para dejar sus equipos y volar a Madrid, donde vive su antigua novia Milena. Al parecer la ex novia ahora está "felizmente casada" y por esto mismo le comenté a mi hermanito que mejor caiga en casa de Javier, no vayan a haber problemas, aunque según parece Javier ha regresado a Lima para estrenar su película (tal vez pueda resbalar en casa de Santiago). En todo caso mi hermano me dejó "tirando cintura" porque ya no podré viajar a Miami, su departamento se lo ha dejado a la china Julia que este año no ha viajado a Macao. Igual quiero largarme de Boston lo más rápido posible y regresar a Lima sin escalas, aunque estaré sola porque Luis ha partido hoy para San Francisco y mi hija se va la próxima semana a Viena a pasar las vacaciones con su padre. Excepto Javier, que tiene doble nacionalidad, todos los demás peruanos mencionados en el párrafo anterior (Eduardo, Madezha, Rita, mi hermano, Miguel, Milena, Santiago, la china Julia, Luis, mi hija y yo) viajamos con nuestro "ninguneado" pasaporte guinda. No somos millonarios, ni miembros de las clases altas de mi país, ni aristócratas venidos a menos. Casi todos los mencionados hemos estudiado en universidades nacionales y al partir del Perú no teníamos ni siquiera un carro propio. Somos parte de la clase trabajadora y todos portamos nuestro pasaporte maltrecho que indica, sin medias tintas, nuestra condición de ciudadanos de segunda clase. Y nos movemos por el mundo, sabemos cruzar fronteras, y sobre todo, agenciarnos los recursos para hacerlo. Es cierto que más de un vez nos han maltratado, pero seguimos tercos porque nadie nos va a cortar nuestro derecho a desplazarnos: un peruano siempre tiene recursos. O por lo menos ese es el mito que nos empuja a seguir bregando. Sé que no representamos a la gran masa de emigrantes, aquellos que arriesgándolo todo salieron del Perú asfixiados por las presiones económicas y sociales, por la violencia y la indiferencia, muchos de los cuales se han instalado en el cordón del gran Buenos Aires o en colonias como la de Patterson, en Nueva Jersey. Pero junto con ellos y otros pertenecemos a un Perú fugitivo que se rehace contra viento y marea a pesar de los muros, las murallas, las leyes de inmigración y los graffittis pidiendo nuestra cabeza. Lo dije desde un principio: sabemos entrar por las rendijas. |
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