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| 31 de diciembre del 2002 |
Pasar de grado
Virginia Giussani
El único año capicúa del siglo se termina, pero, sin hacer honor a su nombre, no se termina como empezó. El 2002 comenzó bajo un clamor ciudadano rechazando la política institucional y de la otra, a tal punto que ese aullido colectivo hizo caer a un gobierno generando un vacío de poder nunca visto en nuestro golpeado país. El hartazgo a la cosa pública y a la mala administración durante años sorprendió hasta a los protagonistas de esta catarsis colectiva. La gente, sin distinción de ideología, religión o cultura empezó a tomar conciencia de que el futuro dependía de las manos de cada uno, y a partir de allí se generó, con euforia, entusiasmo y fuerza un movimiento cuyo objetivo parecía ser, al menos inicialmente, reconstruir el tejido social y los lazos solidarios absolutamente desgarrados hasta el momento.
Así empezó el 2002, con una clase dirigente sorprendida, confundida y sobrepasada por los acontecimientos y un poder ciudadano que tomaba las riendas y hacia sentir su soberanía. Sin embargo en el transcurso del año la clase dirigente recompuso su esqueleto maltrecho y el poder ciudadano se diluyó en viejos antagonismos y nuevas incertidumbres que no lograron construir más que reclamos efímeros y asistencialismo a fuerza de una enorme voluntad, pero las sutiles hebras del tejido social seguían sin poder hilvanarse. A tal punto fue la explosión social durante los primeros meses del año que se termina que, aún aquellos partidos de la oposición, carecieron de reflejos inmediatos para afrontar la crisis. Como una brasa caliente entre las manos no fue fácil encontrar una salida institucional al vacío de poder y luego de un paso vertiginoso y surrealista de Rodriguez Saa, actual candidato a presidente para las próximas elecciones, el Justicialismo con el rostro de Eduardo Duhalde afrontó el desafío de la transición. Poco cambió, en lo estructural, desde su llegada al gobierno. El veranito económico, del cual hoy muchos analistas hablan con aprobación, lejos de ser un mérito de la actual administración, pareciera ser un respiro que antecede el temporal, porque el temporal y las definiciones trascendentales estarán en manos del próximo gobierno que, ése sí, será elegido democráticamente y tendrá un largo camino por delante. El dios mercado también se toma sus recreos para volver a soplar con más fuerza. Sin embargo, quizás lo asombroso y alentador de este año es que las piezas de este tablero que parecía congelado, se movieron. Más allá de las idas y venidas de los nuevos movimientos sociales, hay dos realidades que crecen y se empujan mutuamente como nunca se había experimentado en nuestra historia. Aquella de la dirigencia política, en su más amplio espectro, que sigue creyendo que la historia se hace a cuartos cerrados, con alianzas oscuras y un ejército de loobistas; y otra realidad que crece, más lenta pero inexorable, que intuye que la realidad y el bienestar colectivo ya no se puede dejar en manos de caudillos, punteros o referentes políticos como una carta blanca. Hay un país que empieza a moverse desde abajo, a construir desde abajo su complejo entramado social desde la solidaridad, sin respuestas contundentes y dogmáticas, pero con preguntas estructurales que serán las que irán sembrando el camino. Este andar sin duda es lento y no tiene el vértigo centrifugador de la vieja política, va despacio, crece día a día, con errores y aciertos, pero son los que realmente están construyendo una nueva alternativa. Una alternativa que, también por primera vez en nuestra historia, quizás no se escude detrás de ajenos paradigmas o personajes carismáticos que tratan de importar otras realidades, sino que surgen a partir de cada paso y cada huella que se deja en este doloroso camino. El 2003 se inicia y todavía no es un hermoso cuaderno en blanco que comenzaremos con nuestra letra más prolija. Sin duda va a ser un cuaderno lleno de manchones, borradores, desgarros y desafíos, pero es de augurar que termine con la esperanza de un futuro más claro, no más fácil, pero si más claro. Entonces sí, habremos pasado de grado. |
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