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La insignia
19 de diciembre del 2002


España-México

El caballero insurgente Marcos


José Antonio Aguilar Rivera (*)
La Insignia. México, 18 de diciembre.



Algo extraño hay en el espectáculo de un juez español y un guerrillero mexicano ensarzados en un duelo de descalificaciones. ¿No deberían estar los jueces en sus juzgados, impartiendo justicia, y los guerrilleros escondidos en el monte, preocupados por sus bases de apoyo y por no ser descubiertos por el ejército y la policía? Sin embargo, lo notable en la polémica, si le podemos llamar así, entre el juez Baltasar Garzón y el subcomandante Marcos, no es el duelo de egos de ambos personajes. Es el aura de irresponsable frivolidad que rodea al episodio.

Como un periodista más, pluma ligera y retozona, Marcos escribe para sus fans del otro lado del Atlántico. En una carta publicada en La Jornada afirmó: "Bien sé que ese payaso grotesco que es el autodenominado juez Garzón, de la mano de la clase política española... está llevando adelante un verdadero terrorismo de Estado que ningún hombre y mujer honestos puede ver si n indignación... Sí, el clown Garzón ha declarado ilegal la lucha política del País Vasco. Después de hacer el ridículo con ese cuento engañabobos de agarrar a Pinochet (que lo único que hizo es darle vacaciones con los gastos pagados), demuestra su verdadera vocación fascista al negarle al pueblo vasco el derecho de luchar políticamente por una causa que es legítima". Marcos, el guerrillero pintoresco de la selva chipaneca, se refería a la proscripción del partido nacionalista vasco Batasuna, cubierta civil de la terrorista ETA, ordenada por el juez Garzón.

Si Marcos fuera un editorialista más, que escribe su opinión, como parte del debate público, podríamos descartar sus irresponsables afirmaciones sin más. Pero es el líder de un grupo armado que mantiene el control de una parte del estado de Chiapas. Es un señor feudal en su lar. Pero, con todo, Marcos no es un hipócrita. Esconderá su rostro, pero no su rastro. Su origen, en los movimientos autoritarios, mesiánicos, de la izquierda sectaria, está a la vista de quien quiera verlo Lo realmente sorprendente es la sorpresa de sus interlocutores. Ellos son los que no han comprendido a cabalidad el fusil, el uniforme militar, y los muertos. Los han pasado por alto, como la parafernalia inofensiva de un excéntrico intelectual. No creen que el militarismo sea serio: alguien tan simpático como Marcos no puede en realidad echar tiros y matar gente. Embelesados por la prosa del caudillo, olvidan las imágenes de muerte y desolación de los primeros días de 1994 en San Cristóbal de las Casas. Los policías y milicianos muertos empuñando rifles de madera. El levantamiento de Chiapas no ha sido, parece necesario recordarlo, incruento. Marcos no es un opositor civil, que actúa civilmente dentro de los confines de la democracia. Es un guerrillero que no ha dejado las armas, la organización ni las convicciones militares. Su pacifismo es epidérmico, táctico. Responde a su debilidad material, no a su convicción democrática. Su grupo sigue llamándose ejército zapatista. Será un ejército raquítico, pero no por eso es menos marcial. Creer que el EZLN ha depuesto la via armada permanentemente es una ilusión.

Un confundido juez Garzón le espeta una ingenua lección de civismo al Sub: "¡Habla usted de rebeldía! Mire, la rebeldía que yo entiendo es la que se hace día a día luchando desde el Estado de Derecho, en la Democracia y por la democracia; aplicando el principio de igualdad ante la ley, el de presunción de inocencia y una justicia independiente. Esta es la rebeldía que practican muchas mujeres y hombres que buscan un mundo mejor y diferente. Entre todos tratamos de consolidar un sistema de garantías que nos cohesione como pueblo diverso y que nos vertebre como un Estado plurinacional". Curioso empleo de la palabra "rebeldía". ¿Pero qué creía Garzón? ¿Qué Marcos era un representante de la Cruz Roja? ¿Un miembro del Pen Club Internacional? Al fin, admite: "Le confieso que para mí, señor Marcos, usted representaba algo diferente: una especie de rayo de coherencia. Ahora advierto mi gravísimo error. Le había otorgado una categoría que no merece. Usted no es más que un barco a la deriva. Cuando al principio, al frente de su 'Ejército', contaba con la simpatía de muchas personas (la mía incluida), tuvo usted ocasión de llevar la causa indígena a buen puerto, pero erró el rumbo y ahora ya sabemos por qué. No necesita usted quitarse la máscara para haberse desenmascarado: usted, sencillamente, no cree en los derechos esenciales del hombre ni en la democracia, ni siquiera en los derechos cívicos de su propio pueblo".

Estas líneas, donde el juez admite libremente su ingenuidad ante la violencia, son más devastadoras para Garzón que la diatriba del guerrilero. Es cierto; Marcos no cree en la democracia, ni en los valores que la sustentan. Su formación filosófica lo hace mirar con desprecio el blandengüe pluralismo democrático. El heroísmo mesiánico que profesa no tiene lugar en una sociedad que prefiere negociar a combatir. Hasta José Saramago reconoció que la declaración de su admirado Marcos era "un error gravísmo". Incluso uno de sus fans más respetables se muestra decepcionado. Como un tutor cansado de las travesuras de su pupilo, Carlos Monsiváis regaña: "Esto es demasiado. Como persona, Marcos puede insultar a quien se le ocurra, pero como persona no tendría acceso a la primera página de un diario. Él es un dirigente, y el EZLN no tiene por qué pelearse con tantos al mismo tiempo, ni por qué suscribir tesis fantasiosas, envueltas en un estilo en el que, reiteradamente, naufragan el ingenio y el tono familiar". Sin embargo, como en otras ocasiones, Monsiváis ignora lo obvio. Marcos es un líder, pero no de un partido político, club o sindicato sino de una guerrilla. ¿Cómo pueden sus "representados" indígenas pedirle cuentas por sus declaraciones frívolas? ¿Por cuántos votos lo eligieron? ¿Cuándo termina su mandato como líder moral y vocero único del EZ? ¿Qué opiión tiene el Comité Indígena Revolucionario sobre la ETA? Aquí no sólo hay obstinación y ceguera, también hay autoengaño: una voluntad expresa de cerrar los ojos ante la evidencia desagrable. Así, el ensueño puede siguir a contracorriente de la realidad. Don Quijote campea invicto por los campos de la izquierda intelectual. Sólo un irresponsable, como Carlos Montemayor, puede afirmar que Marcos no celebra el terrorismo de ETA sino que "plantea un tema internacional que tiene muchos paralelismos con la discriminación indígena en México". Lo notable, cree, es "la notoria capacidad de convocatoria internacional del discurso zapatista". Lo que llama la atención, en realidad, es la confusión moral de este groupie del zapatismo.

Como resultado de la polémica, el juez Garzón retó a Marcos a un debate público. El caballero insurgente subcomandante Marcos aceptó graciosamente el desafío y propuso para este fin la isla canaria de Lanzarote. Fijó una fecha, no negociable, para el evento. Un jurado, elegido por ambas partes, decidirá cuál de los dos será el ganador de esta justa de ideas. El encuentro tiene ya nombre: "El País Vasco: caminos". El EZ y Marcos aportaran la sabiduría ancestral indígena y sus habilidades propagandísticas en el mundo global. Sólo queda por definir si las edecanes serán mayas o vascas. Una posibilidad neutra es que sean catalanas: guapas y nacionalistas. Muy bien. Hay algo moralmente degradante en hacer respetable a un interlocutor indigno. Tiene razón Fernando Savater cuando afirma que "en sus momentos más osadamente vanguardistas, el tono de Marcos se parece al de Shin Chan, esos escandalosos dibujos animados japoneses de caca, pis y coño protagonizados por un perverso polimorfo de cinco años".

En el fondo, las convicciones de ETA y de Marcos no son muy distintas. Ambos creen que es lícito recurrir a las armas para imponerle sus formas de pensar a quienes no las comparten. Marcos, es cierto, tiene más respeto por los civiles. Por eso reconoce que ni siquiera "la justa y legítima" lucha del pueblo vasco por su soberanía "justifica que se sacrifique la vida de civiles". Pero al final ambos grupos se ven embarcados en una guerra, no metafórica, donde el matar y morir es parte del juego. Por eso simpatizan y se guiñan el ojo. Lo diferente que es que los vascos de ETA son terroristas serios y Marcos es un irresponsable bufón al que nadie debería poner atención. Ambos son siniestros personajes de este valiente mundo nuevo.


(*) Profesor-Investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas



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