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La insignia
9 de diciembre del 2002


Crisis en Argentina

El año del desprecio


__SUPLEMENTOS__
Crisis en Argentina

Héctor Timerman
Publicado originalmente en Bae.
Argentina, diciembre del 2002.



Al intentar hacer una evaluación del año que termina surge una contradicción entre el almanaque y la sensación que aún no hemos visto el final del año 2001. Las muertes, saqueos, y la debacle aliancista continúa serpenteando en el barro creado por un justicialismo que decidió quedarse en el poder pero que aun batalla para saber a quién ungirán su nuevo príncipe. El peronismo siente que la designación del nuevo presidente surge de su elección interna y que la general será un simple trámite administrativo. Todo se hace al revés de la tradición democrática y los demás candidatos parecen, con su indolencia, rendir nuestros derechos ante las urgencias de un partido.

Si una causa acopla los dos años es la dilapidada dignidad jurídica. Tal vez comenzó antes, pero dicha perdida se tornó irrecuperable cuando el congreso decidió no cumplir con el espíritu republicano y ceder sus facultades erigiendo un poder Ejecutivo desmedido. El otorgamiento de poderes especiales fue una actitud que continúa con la manipulación de las leyes electorales y se torna patética en las declaraciones de Guillermo Nielsen advirtiendo sobre el supuesto peligro que implica "un exceso de justicia". ¿Acaso esta Corte, con los mediocres menemistas, inexplicables vacilantes, o desesperados por huir a un tribunal internacional, pueden cometer "un exceso de justicia"?

Vemos finalizar este bienio desde el peligroso lugar del destronamiento de la dignidad de la ley, golpeada por aquellos que vehementes en obtener sus propios objetivos, no se preocupan demasiado en los métodos de su búsqueda.

Esta singular situación eclipsa todos los demás dramas que hemos atravesado los ciudadano en este tiempo irregular. Si la memoria es, como dice el filósofo Avishal Margalit, aprender del pasado y no sobre el pasado, los argentinos hemos vuelto a padecer un ataque de oscurantismo.

Sin el dramatismo de otras épocas, o peor aún, a pesar del dramatismo de otras momentos, volvemos a relegar la ley. ¿Cómo es posible que justamente en el país que se justificó "la desaparición de unos pocos en beneficio de la mayoría", en el país presumido de la plata dulce y el deme dos se vuelva a intentar explicar que la ley no puede cumplirse si pone en riesgo la estabilidad económica?

Eduardo Duhalde, Raúl Alfonsín, y muchos popes de la economía sostenían en enero que la economía no aguantaba un llamado a elecciones. No es extraño, entonces, que esta semana Lavagna justifique que la ley no debe aplicarse si entorpece "su" visión de la economía. En el medio, una Corte que politiza y degrada sus funciones utilizándolas como murallas de protección. A esta altura, hubiese sido más digno que los jueces se defiendan en el debido juicio político que terminar perdiendo el decoro por su propias mezquindades.

No recuerdo el autor pero sí el concepto que deseaba transmitir sobre el rol de la ley en la identidad nacional. La ley no es enteramente pura, pero es noble. No es perfecta en su justicia, pero está pensada para ser justa y proteger a todos los individuos. La ley cuando protege a un individuo despliega un manto que cubre a toda la sociedad.

Para quienes desprecian la dignidad de la ley es imposible no caer en la humillación de los más débiles. El propio Margalit dice que en una sociedad democrática las instituciones deben crear mecanismos para erradicar las humillaciones que genera la desprotección frente a la pobreza, la carencia de vivienda, la explotación, la degradación laboral o la falta de educación.

Por eso no es extraño que el año que comenzó cuando el Congreso delegó sus poderes a Cavallo y De la Rúa mientras los seudo liberales desesperados exigían para su beneficio leyes que limitaran el derecho de propiedad, continúe catorce meses después con la humillación del matrimonio Duhalde implementando una estrategia política disfrazada de ayuda humanitaria en Tucumán.

Por supuesto, que la confiscación de los ahorros no es comparable a un ser humano que muere por desnutrición. Y, sin embargo, el principio es el mismo. Todo comienza cuando una sociedad acepta que la ley es un valor negociable y la dignidad humana también. Como sucedió en este largo y anodino año cuyo principio y fin poco tienen que ver con el calendario.



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