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| 28 de abril del 2002 |
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Israel siembra odio y destrucción en Palestina El pánico en el rostro de los niños
Fran Sevilla
"Llevo muchos años cubriendo guerras y nunca había visto algo igual", dijo el colaborador de BRECHA, enviado de Radio Nacional de España en Jerusalén, en comunicación telefónica desde Yenín. Lo que sigue es su testimonio sobre la vida en Cisjordania.
"No han respetado nada, ha sido un auténtico ejercicio de vandalismo, de violencia ciega." Adila Laidi me habla parapetada tras la mesa de su despacho, en la que se acumulan los papeles manoseados y arrojados por los soldados, con la computadora tirada por los suelos y descuartizada, restos de cristales por todas partes y la caja fuerte dinamitada. Adila es la directora del centro cultural Jalil Sakakini en Ramala. Los soldados israelíes reventaron la vieja puerta de hierro forjado con una carga de explosivo y penetraron en el centro cultural. Es difícil creer que estaban buscando terroristas, pero ya se sabe que la cultura, sobre todo la ajena, suele ser subversiva para quienes intentan negar o despreciar la existencia del otro. Hay impactos de bala en las paredes y restos de esculturas rotas. En una de las salas yacen sobre el suelo los volúmenes de la biblioteca del poeta palestino Mahmoud Darwish, quien colabora con el centro cultural. En el Jalil Sakakini tuvo lugar la intervención de la delegación del club de escritores que hace un mes visitó la zona y que levantó las iras de muchos israelíes por las comparaciones que el premio Nobel de literatura, el portugués José Saramago, hizo sobre el nazismo y el asedio de los territorios palestinos. DESTRUIR LA AUTORIDAD PALESTINA El asalto al Jalil Sakakini ha sido un acto más de venganza. Pero no contra este centro cultural en concreto. La retirada de las fuerzas israelíes del interior de algunas ciudades palestinas ha permitido conocer la dimensión de su vorágine destructiva. Ha sido una política sistemática de destrucción y saqueo de documentos, equipos y propiedades de la que no se ha salvado ningún edificio público ni tampoco muchas viviendas particulares. Los distintos ministerios y oficinas de la Autoridad Nacional Palestina en Ramala, capital administrativa de la Autonomía Palestina, han sido barridos a conciencia por las fuerzas de ocupación israelíes. Desde el Ministerio de Economía al de Educación, desde el de Sanidad al de Información, no ha habido despacho que no haya sido invadido, saqueado y destruido. Los soldados se han llevado miles y miles de documentos, desde expedientes académicos de los estudiantes hasta informes estadísticos o sobre turismo. Centenares de computadoras han quedado reducidas a un amasijo de plástico, cobre y tarjetas de circuitos inservibles, con sus vientres destripados y aplastados. Los israelíes se han llevado los discos duros de las computadoras o las han destruido directamente. Lo mismo han hecho con carpetas y documentos. No hay caja fuerte que no haya sido reventada y vaciado su contenido. En ese saqueo tiene especial gravedad el de los archivos de propiedades, basados muchos de ellos en las escrituras de la época otomana y que eran los únicos títulos válidos de propiedad de la tierra. La desaparición de esos documentos supone que muchos palestinos no podrán demostrar en el futuro sus derechos sobre esas propiedades tanto en el territorio de lo que hoy es Israel y que les fueron confiscadas hace décadas como en la actual Cisjordania ocupada. Al gobierno israelí le será ahora más sencillo confiscar las tierras para ampliar los asentamientos sin que los palestinos puedan probar documentalmente que son los legítimos propietarios. Lo ocurrido en Ramala ha tenido lugar igualmente en otras ciudades palestinas. Las órdenes recibidas por los soldados parecen claras: no dejar un solo rincón sin rastrear. En un primer momento podría parecer que lo que buscaban las fuerzas invasoras era recabar información. Ese objetivo es evidente. Pero una vez que se contempla el nivel de destrucción resulta claro que el fin último iba más allá de esa labor informativa y de recopilación de datos. La operación estaba claramente diseñada para reducir a la nada la estructura de la Autoridad Nacional Palestina. Durante tres semanas los soldados israelíes han deambulado a su antojo por las ciudades palestinas al amparo del toque de queda impuesto para toda la población y con la impunidad de sus armas. En ese período, las fuerzas ocupantes se han dedicado a dañar gravemente las infraestructuras palestinas, a arruinar la economía de los territorios palestinos y a reducir a la nada toda la organización del gobierno que preside Yasser Arafat. Los daños económicos se cifran en más de 500 millones de dólares. Pero lo que resulta imposible evaluar son los daños organizativos para la Autonomía Palestina. Lo que era el embrión de un posible Estado palestino ha sido hecho saltar por los aires, hipotecando su futuro y retrasando décadas su viabilidad económica. El coordinador especial para Oriente Medio de las Naciones Unidas, Terje Roed-Larsen, explicaba en un informe el impacto de la reinvasión israelí. "Las condiciones de vida de la población palestina han sido erosionadas y para muchos completamente arruinadas, lo que ha llevado tanto a una insostenible crisis económica como a una gravísima situación humanitaria", asegura Larsen en su informe. "Las infraestructuras básicas y las instituciones de la Autoridad Palestina han sido seriamente dañadas; algunas completamente destruidas. Esto incluye muchas de las infraestructuras civiles esenciales." El informe de Larsen vio la luz antes de que las fuerzas israelíes abandonaran por completo las ciudades y se conociera en toda su dimensión el escenario desolador dejado tras su paso. LA PEOR CRISIS DESDE EL 67 "Ha sido lo peor que hemos vivido desde la ocupación de Cisjordania en 1967, no sabíamos si iban a matarnos a todos. Evidentemente, pensábamos que no podían acabar con todos, pero cada cual temía que entraran en nuestra casa y nos pegaran un tiro." Mohamed, un médico formado en el extranjero, decidió regresar a Ramala cuando se inició el proceso de paz. Ahora, cuando mira a su familia, no sabe si hizo bien en volver o debería haberse quedado fuera. La vivienda de Mohamed es la clásica vivienda de una familia de clase media palestina, podría incluso hablarse de clase acomodada; típico ejemplo de los palestinos que pudieron salir en su día y ahorraron algo de dinero antes de regresar. Hoy esos ahorros son los que les permiten resistir. "La mayoría de la gente no tiene esa suerte y hay hambre. Muchas familias están desesperadas porque no tiene nada que comer." Durante tres semanas, el toque de queda impuesto a las ciudades palestinas ha obligado a la población a un auténtico ejercicio de supervivencia. Pero la retirada de las fuerzas de ocupación del interior de algunas ciudades no ha cambiado básicamente la situación. Las fuerzas israelíes mantienen rodeadas las localidades palestinas, en un cerco que las estrangula económicamente. Según datos de la onu se ha detenido el 75 por ciento de la actividad productiva palestina y se ha perdido el 75 por ciento de los puestos de trabajo para los palestinos, con lo que los ingresos familiares han desaparecido prácticamente. A la falta de alimentos se une la carencia de medicamentos y de material sanitario así como la imposibilidad de volver a funcionar para las organizaciones que brindaban ayuda humanitaria a la población palestina. La situación es todavía mucho más dramática en los campos de refugiados que en las propias ciudades. Con todo, y probablemente porque su situación económica no es tan desesperada, para Mohamed y su familia lo peor ha sido la angustia pasada. Leila, la esposa de Mohamed, cree que se trataba de una auténtica guerra psicológica. Encerrados en sus casas durante semanas, los palestinos nunca sabían qué les aguardaba. "Durante las horas diurnas era más soportable, pero por la noche la angustia se incrementaba. El sonido de los bombardeos era ensordecedor y el paso de los tanques por la calle aterrador. De repente escuchábamos una explosión próxima y era que habían entrado en alguna de las casas vecinas. Los soldados volaban las puertas y se colaban si no había nadie o si tardaban en responder a sus órdenes." Leila va narrando poco a poco, entrecortada a veces por la angustia, a veces por las lágrimas, la pesadilla permanente de las últimas semanas. "Al principio, durante la primera semana, no teníamos energía eléctrica ni agua. La comida se estropeó y era imposible conseguir más." "Lo más terrible de todo -ahora habla Mohamed- es ver el pánico en el rostro de los niños, el miedo que no les abandonaba en ningún momento. Puedo olvidar todo lo demás, pero eso no". Mohamed y Leila tienen cinco hijos, tres mujeres y dos varones. La mayor, Aixa, estudia en la Universidad de Nablus y cuando comenzó la reocupación israelí se encontraba allí. Durante tres semanas no ha podido regresar a su casa. Estuvo refugiada con otras 14 compañeras en una residencia de estudiantes, en un sótano junto a la cocina. Tres semanas sin ver la luz del día y sin poder comunicarse con su familia. Mayor incluso que su ansiedad fue la de sus padres. Hoy Aixa ha vuelto a casa, los soldados se han retirado a un par de quilómetros y algo de felicidad ha vuelto a esa casa. Si en la vivienda de Mohamed y Leila no llegaron a entrar los soldados, en otros domicilios no tuvieron tanta suerte. En el apartamento de Monserrat Lapuente, una española casada con un palestino, penetraron al segundo día de la invasión. ORO Y HUMILLACIONES "Íbamos escuchando como subían por las escaleras, piso a piso, dinamitando las puertas de los apartamentos." Cuando llamaron a la puerta Monserrat y su familia estaban preparados. Los soldados les hicieron sentarse en un sofá, encañonados, durante media hora. Después los obligaron a descender a la planta baja del edificio y todos los vecinos del inmueble tuvieron que entrar en un apartamento. Colocaron una cadena y cerraron por fuera. Fue toda una noche. "Cuando volví a la mañana siguiente no podía creerlo. Habían ensuciado todo, dejando restos de comida, habían roto objetos, habían robado lo que podían llevarse en los bolsillos; en casa de mi vecina orinaron en la moqueta." A Monserrat le asoma en las pupilas un brillo de indignación que será difícil borrar de su mirada. "Lo peor es la humillación", asevera. En otros domicilios el saqueo y los destrozos han sido aun mayores. Según las denuncias, lo que más han robado los soldados ha sido oro. La tradición palestina obliga al marido a regalar joyas de oro a su esposa en el momento de la boda. Es la dote y lo único que queda a la mujer en caso de divorcio. Por eso las mujeres palestinas guardan mucho oro. También han robado dinero u objetos pequeños. Lo que no podían llevarse, especialmente aparatos electrónicos, era destruido. En ocasiones, como hicieron en el campo de refugiados de Yenín, los soldados utilizaban a los civiles palestinos como escudos humanos, para que entraran primero en las casas que iban a ocupar por si había trampas-bomba o milicianos armados. Nadie era respetado, cada jefe de unidad, cada soldado actuaba con absoluta impunidad y su grado de respeto hacia los palestinos venía dictado por su propio criterio. Junto a los saqueos y la destrucción, la imposición del toque de queda y la guerra psicológica, las fuerzas de ocupación israelíes impedían el movimiento de las ambulancias, de los servicios de emergencia o de las organizaciones de ayuda humanitaria. De todo el horror vivido en las últimas semanas, de todas las imágenes de la barbarie, la más dolorosa es la de Nasser Sithi, reportero palestino de la agencia Associated Press, residente en Nablus. El fotógrafo fotografiado y convertido en noticia, con su hija de cinco días en brazos, enferma, esperando durante horas a que los soldados autorizaran su traslado al hospital. La pequeña murió en brazos de su padre sin que ninguno de los aguerridos soldados israelíes ni sus mandos mostrara el más leve signo de compasión. Los testimonios como los de Leila y Mohamed, como los de Aixa, como los de Monserrat y su familia son similares en Ramala y en Belén, en Yenín y en Tulkarem, en Nablus y en Kalkilia, en todas las zonas reocupadas por el ejército israelí en las últimas semanas. Todas las organizaciones humanitarias, desde las agencias de la onu a Amnistía Internacional, desde Cruz Roja a Abogados Sin Fronteras, han denunciado lo que consideran crímenes de guerra, incumplimiento de las convenciones de Ginebra, violaciones de los derechos humanos. Israel se ha situado al margen de cualquier legalidad internacional y de cualquier respeto de normas humanitarias. El gobierno israelí ha iniciado una campaña en la que contraataca y achaca todas esas acusaciones a un supuesto antisemitismo de escala planetaria. A los propios israelíes o judíos de otros países que discrepan con la política de su gobierno y denuncian esas atrocidades se les acusa de traidores y se les estigmatiza. Es evidente que el antisemitismo puede prender de nuevo en muchos lugares, pero será el propio gobierno israelí el mayor responsable de ello. Como es responsable del odio generado en estas últimas semanas entre la población palestina. En el informe de Terje Roed-Larsen se asegura que "la capacidad de la Autoridad Palestina para controlar los asuntos de seguridad ha sido ampliamente disminuida, en algunas zonas totalmente destruida. La operación israelí puede haber desmantelado la infraestructura física del terrorismo; pero ésta se reconstruye con facilidad. Y mientras tanto, la infraestructura mental del terrorismo sigue creciendo, la mentalidad del odio y el enfrentamiento, y ésta es muy difícil de deshacer". El gobierno israelí estudió declarar persona non-grata a Larsen, representante especial de la onu, después de que se declarara horrorizado tras visitar lo que quedaba del campo de refugiados de Yenín. Israel vetó su nombre, al igual que el de la comisaria de la onu para los Derechos Humanos, Mary Robinson, y el del responsable de la unrwa, la agencia de la onu para los refugiados palestinos, Peter Hansen, para que pudieran integrar la comisión que supuestamente debe investigar lo ocurrido en Yenín. Se veta a las tres personas que mejor conocen la realidad sobre el terreno y de nuevo el dedo acusador israelí apunta al fantasma del antisemitismo como responsable de todas las críticas. En una de las habitaciones del centro cultural Jalil Sakakini, sobre el alféizar de la ventana, hay una escultura representando la cabeza de un ser humano. En la parte izquierda, a la altura de la sien, tiene un disparo de bala. Algún soldado de los que asaltaron el centro cultural decidió darle el tiro de gracia a esa escultura. Todo un símbolo. |
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