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| 30 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos EEUU descubre el terrorismo
Miguel Ángel Ferrari
"No es esta una guerra contra un individuo, grupo, religión o país. Nuestro oponente, en cambio, es una red mundial de organizaciones terroristas y sus estados patrocinadores, decididos a negar a los pueblos libres la oportunidad para vivir como desean", escribió ayer en el diario The New York Times Donald Rumsfeld, el jefe del Pentágono.
En este párrafo --como en todo el texto del artículo-- los razonamientos del secretario de Defensa estadounidense, mueven a muchas reflexiones. ¿Fue necesaria la muerte de millares de seres humanos en Manhattan, para que la dirigencia estadounidense llegara a comprender la imperiosa necesidad de dejar de convivir con el terrorismo? ¿Por qué Washington no ratificó antes dos convenciones internacionales de las Naciones Unidas: una sobre la Supresión del Financiamiento Terrorista y otra relacionada con atentados terroristas. Y lo hace "de apuro" ahora, luego de terrible atentado del 11 de setiembre? Porque, los gobiernos de los Estados Unidos ratifican o no lo establecido en los foros internacionales --tal como lo hacen todos los países del mundo-- de acuerdo a sus principios y a sus intereses. Por ello es dable pensar que los acuerdos sobre terrorismo no se hallaban en la agenda de sus intereses, como tampoco se hallan el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; la Convención Internacional sobre todas las Formas de Discriminación contra la Mujer; la Convención sobre los Derechos del Niño; ni la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, que tampoco fueron ratificados por el Congreso norteamericano hasta el día de la fecha. El combate al terrorismo y los derechos humanos no han sido --precisamente-- el fuerte de los gobernantes estadounidenses. ¿Cuánto hace que la humanidad sabe que el poder talibán en Afganistán es la síntesis excecrable de todas las aberraciones imaginables en materia de derechos humanos? En setiembre de 1996, cuando los talibanes entraron triunfantes en Kabul, dieron la primera muestra de su desprecio por la vida humana y por el derecho internacional en un solo acto. Arrebataron de las instalaciones de las Naciones Unidas, violando el derecho de asilo y menospreciando al alto organismo internacional, al ex presidente Mohammed Najibullah, lo ataron con alambres a un vehículo militar y lo arrastraron por las calles de la capital hasta lograr su muerte, para luego colgarlo de una columna de alumbrado público. Al poco tiempo de su instalación en el poder comenzaron su brutal y cavernícola campaña de discriminación contra las mujeres (a la que Washington contribuye al no ratificar --como señalábamos-- la Convención correspondiente). En los últimos meses, el talibán acentuó su intolerancia religiosa y racial, obligando a los habitantes de origen indio y de religión hindú a identificarse con un símbolo de color amarillo, que recuerda a los judíos bajo la dominación nazi, para sólo mencionar algunas de las aberraciones. No obstante ello, los Estados Unidos parecieron seguir fieles a la política aplicada desde la época de la invasión soviética a Afganistán. Resulta curioso que los únicos tres estados que mantenían relaciones diplomáticas con el gobierno talibán, hasta el ataque terrorista a las torres gemelas, fueran precisamente tres de los aliados más estrechos de Washington: el reino de Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos y la República de Pakistán. No le molestó --por ejemplo-- (en 1995) al señor Henry Kissinger, asesor de la compañía norteamericana Unical, que desplazó a la argentina Bridas, de Carlos Bulgheroni, en el proyecto de tendido de un gasoducto desde Turkmenistán hasta Pakistán, pasando por Afganistán, tener que apostar a la carta talibán para lograr la concreción del multimillonario emprendimiento. Siendo, como lo es, el alter ego de todos los gobiernos sin distinción de republicanos o demócratas. No reparó la DEA que esos "estudiosos" del Corán, preparados en las madrasas de Peshawar, Pakistán, creadas por el general Zia ul-Haq, el dictador paquistaní --apoyado por la CIA-- que mandó a ejecutar al presidente constitucional derrocado por él, Zulfikar Alí Bhutto, que esos talibanes pasarían --también con la ayuda de Pakistán-- a producir el 80 % de la heroína que se consume en el mundo y que genera miles y miles de millones de dólares, que fluyen al circuito financiero a través de los paraísos fiscales, que ahora se acuerdan de poner bajo la lupa. Esto de crear Pinochets que luego mandan a asesinar Orlandos Letelliers en las calles de Washington, debería ser una de las primeras enseñanzas a aplicar en esta guerra ahora rebautizada "de justicia perdurable" contra el terrorismo. Es una tarea que debe encarar el propio pueblo norteamericano. Un porcentaje --por ahora-- pequeño ya lo está haciendo. De ese modo, no se cumplirá nunca más aquél refrán que hoy me recordaba el taxista que me trajo a la radio: "cría cuervos y te sacarán los ojos". |
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