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| 30 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos Los otros fundamentalismos
José Carlos García Fajardo
Ya nadie duda de que avanzamos por el umbral de una nueva era. Superado el shock del ataque terrorista sin haber cedido al impulso de la venganza, compartimos la palabra mientras elaboramos el duelo. Desde los cuatro puntos cardinales se han alzado voces de condena por el asesinato de seres inocentes al tiempo que personas de prestigio y constituidas en autoridad atemperaban las reacciones viscerales de los dirigentes norteamericanos que no daban crédito a lo sucedido. De repente, experimentaban la fragilidad del sistema que imponían al resto del mundo, la vulnerabilidad de sus defensas y la vacuidad de su discurso unilateral propio de un aislacionismo trasnochado. Pero sobre todo, comprendieron que formaban parte de la aldea global en la que todo está interrelacionado y en la que sólo caben relaciones de vecindad solidarias.
Los mensajes sobre la inevitabilidad de la globalización que enviaban al resto de la humanidad se los devolvieron con acuse de recibo. Se descubrieron con los pies de barro los gigantes del G7, de la OCDE, los que detentan el veto en el Consejo de Seguridad para vaciar de sentido a la ONU, los que dictan la política económica por medio del BM, del FMI, de la OMC y de los grandes instrumentos de poder que imponen el pensamiento único y las excelencias de un ultra liberalismo apoyado en las redes financieras, en la banca, los paraísos fiscales, el blanqueo del dinero del narcotráfico y de la saturación de armas en un mundo en el que dos mil millones de seres humanos viven en el umbral de la pobreza. En sus rostros y en sus silencios, en sus lágrimas y en el desconcierto que sobrecogió a los dirigentes del país más poderoso del planeta asomó la soledad y el temor al darse cuenta de que necesitaban la comprensión y la ayuda de otros pueblos y de otras gentes a quienes trataban con altivez y hasta con desprecio. Pecaron de soberbia y se desorientaron en una confusión que descubría las raíces del peculiar fundamentalismo etnocentrista que sostiene sus estructuras. Comprobaron su debilidad más allá del espanto causado por los muertos víctimas de terroristas que no necesitaron de los misiles, ni de armas nucleares, químicas o bacteriológicas que pretendían hacernos creer que amenazaban su seguridad y justificaban su pretensión de poder absoluto. Junto a la unánime solidaridad con las víctimas, resultaba patético comprobar cómo escuchaban consejos de dirigentes a quienes la víspera ninguneaban, cómo necesitaban a sus aliados y enviaban emisarios en busca de apoyos para combatir a enemigos desconocidos que podían repetir ataques todavía más espantosos porque se encontraban en su propio territorio, vivían con ellos y habían aprendido sus técnicas para utilizarlas al servicio de la locura y de la destrucción. Sólo desde la desesperación es posible asomarse al abismo insondable de suicidios preparados con la fría minuciosidad de un acto gratuito. Se lanzaron en busca de apoyos en el mundo musulmán y árabe conscientes de que los múltiples errores de su política, apoyando a Israel y a otros fundamentalismos irracionales, estaban en el origen de sus calamidades. Europa los arropó y la OTAN llegó a ofrecerles apoyos irresponsables. Una vez más, prescindieron de la ONU y a sus emisarios sólo les faltó buscar ayuda en Siria, Bagdad, Trípoli o en La Habana, como lo hicieron en Teherán, Islamabad, Riad y Moscú. Sólo China ha permanecido distante y en silencio, al tiempo que India y los países del sudeste asiático, - tres quintas partes de la humanidad -, se mantenían a la expectativa conscientes de que el gran juego por el control de las riquezas de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central había sufrido un golpe en la línea de flotación. Ya no se trataba de controlar Latinoamérica ultimando la presión en una Colombia destrozada, ni de mantener a los pueblos de Africa envueltos en inacabables guerras con centenares de miles de muertos para explotar sus riquezas, ni de seguir asfixiando a una Rusia imprescindible en el concierto europeo o de apuntalar contra todo derecho los crímenes en Oriente Medio para garantizarse el suministro del petróleo. Sus estrategas habían determinado que entre Rusia y China, al norte de los poderosos Irán e Irak, India y Pakistán, había una zona de singular valor estratégico que convenía asegurarse antes de que el gigante chino terminase de despertarse. De nada parecieron haber servido las experiencias en Corea, Vietnam, Irán, Irak, Afganistán, Somalia o el Próximo Oriente. El mundo entero pudo conocer las reflexiones de analistas, de estrategas y de académicos preguntándose por las causas profundas de este vuelco de las reglas de juego que no podían achacarse a un loco iluminado ni a un Estado, a una civilización o a unas creencias determinadas. Se trata de un malestar social extendido por el mundo empobrecido y que se ha valido de los instrumentos facilitados por las nuevas tecnologías para demostrar que no será ni con la venganza ni con la guerra, con invasiones ni con embargos como habrá que afrontar los grandes desafíos que afligen a la humanidad. Sino con el diálogo y con el respeto, con la justicia y con la solidaridad para desactivar las espoletas del terror, del crimen y de la locura que se ha manifestado en el ataque a los símbolos de un poder contestado. El terrorismo jamás podrá ser un instrumento válido para el necesario concierto universal. Ni aporta esperanza ni tiene mañana. Pero el clamor universal muestra que la amenaza ya no proviene de Estados ni de ideologías sino que éstas aglutinan la desesperación de millones de seres que ni comprenden, ni soportan, ni están dispuestos a participar en un juego del que se saben excluidos. De ahí que las mentes más lúcidas pidan un auténtico concierto universal del que surjan formas nuevas, estructuras adecuadas para conjurar la explosión social que amenaza con hacer saltar un orden mundial socavado por la explotación económica, las agresiones al medio ambiente, la imposición de un modelo de desarrollo nefasto para poder instaurar entre todos la paz como fruto de la justicia. |
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