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| 27 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos Pakistán, aliado poco fiel de EE UU
Adrián Mac Liman
Al solicitar la autorización de las autoridades paquistaníes para llevar a cabo, a partir de su territorio, el operativo de rastreo para neutralizar a Osama Ben Laden, la Administración de EE UU sabía que dicha gestión podía irritar a las autoridades de Islamabad. Y ello, por la sencilla razón de que las relaciones entre ambos países se han caracterizado por una desconcertante ambigüedad.
Oficialmente, el estado islámico de Pakistán ha firmado acuerdos de amistad y cooperación con los EE UU. Una amistad aparentemente sagrada para los paquistaníes; una cooperación estrecha, que no se limita sólo a aspectos diplomáticos y económicos, ya que el país asiático se enorgullece de sus contactos con el Pentágono y de los múltiples acuerdos de colaboración científica y tecnológica con laboratorios y centros de investigaciones militares estadounidenses. La mayoría de los pilotos de la fuerza aérea paquistaní han sido entrenados en EE UU, al igual que la mayoría de los científicos que trabajan, desde hace más de tres décadas, en el desarrollo del potencial bélico nuclear del país. Se trata de un operativo que se remonta a los años 70, es decir, a la época del primer ministro Zulfikar Ali Buttho, político populista educado en las universidades de California, pero que no dudó en recurrir a la ayuda financiera de Arabia Saudí para poner en marcha el ambicioso proyecto denominado `bomba islámica''. En principio, se trataba de poner al país en pie de igualdad con el vecino hindú, cuyo armamento nuclear, conseguido merced a la cooperación tecnológica con la URSS, hacía temblar a los Estados del Tercer Mundo. En la década de los 70, en pleno auge de la guerra fría, los saudíes no tuvieron reparo en sufragar los gastos de sus aliados paquistaníes, sabiendo positivamente que ello les permitiría lograr un doble objetivo: dotar al mundo islámico de la tecnología atómica y frenar los «designios expansionistas» de la India, país que entonces coqueteaba con el Kremlin. Pero la influencia de Arabia Saudí en Pakistán no se limitaba al proyecto nuclear. Los emisarios de Riad establecieron relaciones privilegiadas con el Inter Service Intelligence (ISI), el temible servicio de inteligencia militar paquistaní, que controla la vida política del país. Durante la guerra de Afganistán, la inteligencia militar de Islamabad se convirtió en el interlocutor privilegiado de la CIA y de su homónima saudí. De hecho, el estamento castrense vigiló el adiestramiento de las brigadas islámicas creadas por Bin Laden. Detalle interesante: a finales de los 90, cuando lanzó su Declaración de Guerra contra Israel y Norteamérica, los radicales islámicos de Pakistán se sumaron al Frente Universal creado por el millonario saudí. Algo inconcebible sin el beneplácito del ISI. Por ende, los servicios de inteligencia europeos sospechan que la campaña de proselitismo dirigida a las comunidades musulmanas de Occidente, financiada por Riad y llevada a cabo por expatriados paquistaníes, cuenta con el apoyo logístico del ISI. Pakistán es, en definitiva, el aliado poco fiel de Washington. Al reiterar su «amistad inquebrantable» con EE UU, el estamento militar paquistaní se limita, pues, a cuidar las apariencias. |
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