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La insignia
26 de septiembre del 2001


Ataque a Estados Unidos

Afganistán: el drama de un pueblo exhausto


Juan Carlos Galindo
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, septiembre del 2001.



La insignia


Especial

Ataque a
Estados Unidos

 

Más de tres millones y medio de refugiados afganos han huido del país en los últimos veinte años, 800.000 tan sólo en el último año. En Afganistán hay casi un millón de desplazados internos.

El ataque terrorista a los Estados Unidos, cuyas autoridades apuntan directamente al millonario de origen saudí y huésped del régimen talibán Bin Laden como responsable, no ha hecho sino acentuar el drama, acelerar el desastre. En los últimos días, miles de personas huyen de Kabul, capital histórica de Afganistán, y Kandahar, centro neurálgico del poder talibán. Las ciudades se quedan desiertas. La gente busca lugares más seguros. Huyen de los talibán y del eventual ataque norteamericano. Huyen de la miseria. Algunos se dirigen a zonas rurales más seguras. Otros hacia las fronteras con Irán y Pakistán. Pero se encuentran atrapados: ambos países han cerrado sus fronteras. Según la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), existen personas que ni siquiera pueden huir, el hambre les impide moverse. Millones de afganos, refugiados o no, encuentran en los programas de Naciones Unidas su único medio de subsistencia. La evacuación de todo el personal humanitario extranjero, ante la posibilidad de un ataque, pone en peligro la continuidad de estos proyectos. Y la vida de millones de personas que empiezan a acusar la falta de los pocos alimentos básicos y medicinas de que podían disponer. La destrucción de los sistemas de regadío durante la guerra, así como la tala masiva de árboles por parte de las tropas soviéticas en las zonas más fértiles del país, junto con la actual sequía y el carácter abrupto del territorio (sólo un 10 por ciento es cultivable) hacen aún más extrema la hambruna.

Guerra, éxodos, violaciones de los derechos humanos, hambre, muerte, miedo. Nada de esto es nuevo en Afganistán. Más de veinte años de guerra han situado al país al borde del colapso. Las carreteras son pistas de arena, los puentes y túneles (objetivos tradicionales de las milicias) no existen o no pueden ser utilizados. En todo Afganistán hay 24 kilómetros de ferrocarril. El transporte aéreo, tradicionalmente débil y rudimentario, ha dejado de existir, pues el embargo internacional impide la llegada de piezas de repuesto para los aviones.

Como en cualquier otra guerra los civiles son los más perjudicados. La intransigencia teocrática y fundamentalista de los talibán no ha hecho sino aumentar los sufrimientos de su población. Sobre todo de las mujeres y de los niños. El futuro del pueblo afgano se encuentra en serio peligro. Toda una generación de niños está creciendo sin educación. Dos de cada tres niños y nueve de cada diez niñas no van a la escuela. Tres meses después de la conquista de Kabul, el gobierno talibán cerró setenta y tres escuelas en la ciudad. Se quedaron sin educación 103.000 niñas y más de 140.000 niños; 7.800 profesoras se quedaron sin trabajo. Y esto sólo en la capital.

Según UNICEF, la mayoría de los niños de Afganistán han presenciado actos de violencia extrema y no tienen esperanzas en la supervivencia. Dos tercios de los niños entrevistados por Naciones Unidas habían visto morir a alguien en un ataque con cohetes. Más del 70 por ciento han perdido a un miembro de su familia. Muchos de ellos, huérfanos, ingresan en una madrasa o escuela islámica. Muchos otros pasan directamente a formar parte de las milicias talibán.

Otras perspectivas no son más alentadoras: la tasa de mortalidad infantil es la más alta del mundo y la cuarta parte de los niños mueren antes de cumplir los cinco años. Muchos mueren de diarrea y otras enfermedades ocasionadas por la falta de agua limpia (sólo el 12 por ciento de la población de Afganistán dispone de acceso al agua potable).

Por otro lado, la llegada al poder de los talibán iba a suponer la eliminación de cualquier derecho y libertad para las mujeres afganas. Se les prohíbe todo. Se les niega la vida. La represión de cualquier libertad hace difícilmente aceptable la vida de cualquier afgano. La de la mujer es imposible. Visten una burka que pesa más de siete kilos. No pueden trabajar, ni salir, ni asistir al médico si no son acompañadas por el familiar masculino más cercano. Si no tienen quien les acompañe no pueden asistir más que a un médico femenino. Pero no existen, los talibán no dejan trabajar a las mujeres. Entonces, las viudas, si enferman, pueden morir sin asistencia. Existe una Policía Religiosa, dirigida por el temible Qalamuddin. Creada a imagen del servicio de espionaje del gobierno soviético de ocupación, denuncia y detiene a quienes no observan los principios de la ley islámica según la interpretación talibán. Las sentencias son propias de la brutalidad e ignorancia del régimen. Lapidan a la mujer que ha cometido adulterio; sitúan a una pareja de hombres delante de un muro y lo derrumban encima de ellos si son acusados de mantener relaciones homosexuales. La lista de salvajadas es interminable. Una para cada prohibición (músicas, fiestas, deportes, representaciones artísticas, televisión, vestidos, cometas...), para cada acto represivo.

Al principio no le importó a nadie. La indiferencia inicial de los gobiernos del mundo occidental antes estas atrocidades y la disminución de las ayudas no hicieron mucho a favor de los afganos.

En otras ocasiones, la falta de una política conjunta entre las distintas agencias de la ONU permitió a los talibán seguir con su política de destrucción de los derechos de la mujer. Existían y existen demasiados intereses. Por supuesto, la ONU hace lo que puede, pero no es suficiente. No tiene fondos. No hay Guerra Fría, la ayuda no interesa. En 1999 sólo recibió el 33 por ciento de lo solicitado; en 2000 el 15 por ciento.

Hoy, Afganistán se encuentra en el punto de mira de la primera potencia mundial. El gobierno talibán que oprime a los afganos tiene como huésped a un asesino (con independencia de su implicación en el terrible ataque terrorista a los Estados Unidos) alimentado por quienes ahora le persiguen. La Administración Bush, a través de su operación "Justicia Infinita", amenaza con acciones contra ese país que no son sino acciones contra un pueblo, exhausto, reprimido, perseguido.

Ni la más pobre, ni la más conservadora de las mujeres afganas desea la pervivencia del régimen talibán, pero pueden morir bajo el fuego de los enemigos, en otro momento aliados, de quienes ayer y hoy las oprimen.



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