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| 25 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos La libertad a patadas Santiago Roncagliolo
El atentado de Nueva York sólo sirvió para sembrar el pavor entre millones de personas. La guerra contra Afganistán, ¿servirá para algo más?
Yusuf tiene 23 años y es huérfano. Su padre murió durante un bombardeo de los Estados Unidos a objetivos civiles en Irak. Tras su muerte, el ejército occidental admitió su error. Pero a Yusuf no le bastaron las disculpas. Nunca ha tenido un trabajo fijo, le han dicho que por culpa de las sanciones comerciales a su país. Probablemente lo han engañado, quizá es una víctima de los "dictadorzuelos islámicos". Pero a él no le importa. Mientras asegura el explosivo a su cuerpo y corre hacia a la embajada americana, sólo piensa en que después tendrá una vida mejor. Ningún político le enseñó que así sería. Sabe desde que nació -y quizá desde antes- que se la ha ganado. La aparición masiva de kamikazes como Yusuf representa, desde el punto de vista militar, un reto para las fuerzas estadounidenses que en estos momentos se sitúan en torno a Afganistán. Matar a quien desea morir por lo que cree no es un castigo: muy por el contrario, es la mejor manera de producir nuevos jóvenes con ganas de ser héroes del Islam. Pero el peor problema para las fuerzas de Occidente es que estos soldados son invisibles. Mientras EEUU no ha sido capaz de crear agentes que puedan infiltrarse en los campamentos de entrenamiento terrorista, Bin Laden ha creado asesinos capacitados para pasar inadvertidos inclusive en los Estados Unidos por años, los llamados "durmientes", que pueden adaptarse a una sociedad a la perfección mientras esperan el momento de tirar del gatillo. La notable torpeza del Ejército de los Estados Unidos ha sido encarar esta guerra como si fuera la Segunda Guerra Mundial. Han enviado a los mayores portaaviones del mundo a las costas de Pakistán, escuadras de aviones equipados con la más avanzada tecnología de combate se ciernen sobre el espacio aéreo árabe, marines musculosos entrenados por los más corajudos veteranos de guerra repiten los ejercicios que les hicieron pulverizar al enemigo en la operación Tormenta del Desierto. Es posible que este cinematográfico despliegue colme la sed de sangre de Occidente, pero ¿acabará con el terrorismo? Me temo que los terroristas estén en su mayoría en los Estados Unidos. Los actuales, digo, porque los futuros sí que están en Afganistán, sólo que de momento son unos chiquillos asustados que tratan de migrar a algún lugar lo más lejano posible, donde las bombas no amenacen sus cabezas. Ahora que las tropas están listas, esperando la orden que los llevará a una nueva gloriosa victoria sobre el enemigo, cabe preguntarse ciertos detalles tácticos. Por ejemplo, ¿cómo reconocerán los bombarderos un campamento terrorista? ¿Cómo lo distinguirán de un pueblo lleno de civiles inocentes? ¿Creen que los fundamentalistas estarán armados con fusiles y alineados en formación para enfrentarse a los cazas? ¿O tal vez que los encontrarán revisando un mapa de Washington en medio del desierto? Lo más probable es que primero disparen y después pregunten. En ese caso ¿cómo sabremos nosotros que se equivocaron? No lo dirá CNN, cuyo titular diario es "Guerra contra el Terror", ni Time, cuya portada es el presidente entre los escombros y cuyo reportaje interior sobre Bin Laden muestra al enemigo teñido de rojo, sanguinario y cruel. Por lo tanto, no lo dirán los medios de prensa latinoamericanos, por ejemplo, cuya fuente principal de información serán estos eficientes y bien equipados medios del Norte. Y es que detrás de ese problema estratégico se oculta uno mucho mayor, el ideológico. Una buena muestra de la ideología norteamericana la ofrece Mario Vargas Llosa en su artículo "La Lucha Final", un texto que bien podría afirmado el mismo Bush. Indignado con toda razón por los hechos del 11 de septiembre, el escritor peruano asegura que "en todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a veces cuerpos de combatientes que [...] deberían recibir el respaldo militante de los países libres en pertrechos militares, acciones diplomáticas y asesoría estratégica". El autor continúa lamentando que, a pesar de lo obvia que es esta solución para "democratizar los cinco continentes", gobiernos occidentales como el francés se opondrían por razones como la "envidia", "el complejo de superioridad cultural" y otras frivolidades que hacen que la gente -aunque no sea comunista- odie a los gringos. Es exactamente eso lo que piensa el gobierno de los Estados Unidos, particularmente sus sucesivos secretarios de Defensa. En consecuencia, como gente sin complejos comprometida con la democracia y la libertad, han apoyado a esas fuerzas de combatientes con lo que ha estado a su alcance. Y han tenido resultado notables como encumbrar al poder a... los talibanes, que recibieron su apoyo -y con ellos el mismo Bin Laden- cuando se trataba de defender la libertad afgana de la amenaza comunista. Otras perlas creadas durante la lucha para salvar el mundo son el panameño Noriega -de quien se deshicieron invadiendo el país- o el compatriota del autor Vladimiro Montesinos, protegido por la CIA debido a sus notables resultado en la lucha contra el narcotráfico. Creo, como Vargas Llosa y Bush, que la democracia es el mejor sistema de gobierno -o al menos, el menos desastroso-, porque permite que los cambios sociales se realicen sin derramamientos de sangre y, aunque es lenta, puede ser progresivamente perfeccionada. Estoy seguro de que las mujeres afganas, apartadas del trabajo, imposibilitadas de salir a la calle solas, prohibidas de visitar a un médico, preferirían elegir mediante sus votos un gobierno diferente. Lo que no doy por sentado es que vean en Estados Unidos ese modelo de gobierno, porque para ellas -como para millones de musulmanes que consideran heroico al terrorista Bin Laden- no está claro cómo esos portaaviones, esas escuadras y esos marines van a llevarles paz y libertad. Este argumento me parece sólido independientemente de la envidia que sienta por la riqueza de los Estados Unidos o el complejo superioridad del que, en mi modesta opinión, carezco. Me siento terriblemente inferior, más bien. Pero también me siento capaz de preguntarme, como demócrata occidental y casi cristiano, sólo una cosa: si la intervención armada de este tipo -y en esta región- ha demostrado históricamente que sólo logra empeorar las cosas creando una espiral de violencia; si, además, el enemigo en este caso no se puede distinguir de los blancos civiles, peor aún, no está comprobado que siga en la zona; y, finalmente, si los valores que Occidente quiere transmitir no pueden ser alcanzados por los misiles, ¿para qué sirven los cañones que apuntan a Kabul? |
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