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| 24 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos Los guerreros de Alá
Adrián Mac Liman
El último informe sobre terrorismo publicado por el Departamento de Estado de EEUU ofrece un inquietante panorama. Los autores del documento centran los principales focos de tensión en el subcontinente indio, más concretamente en dos países –Pakistán y Afganistán– que se hallan en la órbita de Osama Bin Laden, el millonario saudí y ex colaborador de la CIA, que coordinó en su momento las brigadas internacionales de combatientes islámicos que participaron contra las tropas rusas “invitadas” por el régimen comunista de Kabul.
Ni qué decir tiene que esta visión “americanocéntrica” de los hechos es bastante parcial. Lo cierto es que se inscribe perfectamente en la línea de actuación del stablishment político de Washington, que señala como enemigos al terrorismo (árabe-islámico ¡por supuesto!), que sirve los intereses de los Estados que figuran en la “lista negra” de la diplomacia estadounidense (Irán, Irak, Libia), las contadas dictaduras de corte marxista que lograron sobrevivir tras la caída del muro de Berlín (Cuba, Corea del Norte) y las mafias posmodernas, que se dedican ante todo al tráfico de armas. Los movimientos radicales “convencionales” son tenidos en cuenta siempre y cuando afecten a los intereses inmediatos de los Estados Unidos. El mapa del radicalismo islámico en Europa, esbozado por los agentes de la Dirección Francesa de Seguridad Exterior, revela la existencia de una enorme tela de araña que cubre prácticamente la totalidad del Viejo Continente. Pero detrás de este gigantesco operativo no se hallan las asociaciones de inmigrantes, ni los movimientos extremistas de la otra cuenca del Mediterráneo, sino los iraníes y saudíes, ideólogos y promotores del llamado "Islam político", es decir, del inacabado combate contra el infiel, o sea, el occidental, que encarna el laicismo, la modernidad y un modo de vida distinto. Libia, cuna de la revolución islámica “progresista”, también desempeñó –por razones diametralmente opuestas a las esgrimidas por sus competidores– un importante papel en esta guerra secreta y silenciosa. Los politólogos no se equivocan al afirmar que la proliferación de agrupaciones musulmanas de corte radical en suelo europeo no constituye un fenómeno fortuito. Aunque la revolución islámica del ayatollah Jomeini haya sido, al menos aparentemente, el detonante del nuevo conflicto cultural entre Oriente y Occidente, conviene señalar que los saudíes fueron los genuinos precursores de esta ofensiva. Cómodamente instalados en el Reino Unido desde la década de los 60, los emisarios de Riad se dedicaban a financiar las actividades religiosas de la diáspora árabe. No se trataba, pura y simplemente de obras en las mezquitas, las escuelas coránicas, las asociaciones culturales creadas en Inglaterra, Francia y los Países Bajos, constituían excelentes plataformas para la difusión de la doctrina conservadora de los príncipes wahabitas. Aún así, después de la caída del sha de Persia, las ideas agresivas de Jomeini no tardaron en conquistar a la joven generación, que se sentía atraída por la dinámica del proceso revolucionario. El jomeinismo sólo logró conectar a la comunidad musulmana del Reino Unido merced a la persecución contra Salman Rushdie. Fuera de Inglaterra, donde los saudíes cuentan con numerosas agrupaciones religiosas y culturales, centros de investigación e institutos financieros, la lucha por el poder resultó mucho más cruenta. En Francia, país que alberga a más de 900 asociaciones musulmanas, los agentes de Riad y Teherán llegaron a enfrentamientos directos en las grandes urbes. En algunos casos la sangre llegó al río. Las autoridades galas, desconcertadas y ostensiblemente molestas por la presencia en su territorio de comandos fraticidas, optaron por recurrir a la vía diplomática para frenar las inexplicables matanzas. De todos modos, durante más de una década, el suelo francés fue utilizado por movimientos radicales argelinos (FIS, GIA), tunecinos (En Nahda), turcos (Kaplan) y un sinfín de organizaciones afines a la ideología y caja de caudales saudíes. Los fondos y donativos procedentes de Riad y los emiratos del Golfo Pérsico fueron gestionados por la Federación Nacional de los Musulmanes de Francia, que actúa bajo los auspicios de la Liga Islámica, ente-paraguas administrado por dos baluartes del radicalismo conservador: Arabia Saudí y Pakistán. Paralelamente, la República Federal de Alemania, que cuenta con más de un millón de inmigrantes de origen turco, se convirtió en feudo de los radicales (Milli Gorüs, Kaplan, Nurgiu), agrupaciones que apoyan, directa o indirectamente, al Partido Refah, capitaneado por el depuesto primer ministro islamista Necmetin Erbakan. Fiel a su tradición de plaza fuerte de las finanzas internacionales, la Confederación Helvética facilitó la creación en su territorio de bancos islámicos. El capital, procedente en su gran mayoría de Arabia Saudita, los Emiratos, aunque también de Libia, sirve para financiar las actividades “culturales” de las asociaciones radicadas en el Viejo Continente. ¿Sólo culturales? Los rotativos ginebrinos revelan, periódicamente, extraños affaires de compraventa de armas destinadas a movimientos clandestinos. ¿Se puede hablar de relación de causa a efecto? Las autoridades belgas e italianas tampoco disimulan su inquietud ante la proliferación en su suelo de arsenales pertenecientes a distintas células integristas. Aprovechando la legislación muy liberal que ampara a los medios de comunicación en Suecia, los artífices de la gran tela de araña optaron por trasladar el centro de publicaciones de la “hermandad islámica” en las inmediaciones de Estocolmo. Los hechos hablan por sí solos. Conviene preguntarse, pues, sin caer en la trampa del histerismo o de la xenofobia, a quién le beneficia el actual estado de cosas. Los estrategas europeos no dudan en afirmar que la postura complaciente para con los movimientos islámicos adoptada por los Estados Unidos tras la caída del muro de Berlín se inscribe dentro de la llamada “geopolítica del petróleo”, es decir, de la defensa de los intereses económicos estadounidenses en la región del Golfo Pérsico. Y añaden, con el pragmatismo que caracteriza a los oficiales de Estado Mayor, que a Norteamérica debe importarle poco el “peligro” que podría suponer para el Viejo Continente y la antigua URSS un enfrentamiento con el Islam. Una guerra que, en definitiva –¡oh error!–, tendría por escenario horizontes lejanos. |
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