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| 23 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos Frágil civilización
Aura Violeta Aldana Saraccini
“¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿Qué seguirá después?"
-Arnulfo Urrutia: Yo también estoy consternado- La civilización Certezas matemáticas, tecnológicas, avance y desarrollo, se supuso que caracterizarían este nuevo siglo XXI, que nació para recordar que la sociedad primitiva estaba ya muy lejos, como parte de un nuevo milenio. Desde la voz oficial hegemónica de un mundo unipolar, los grandes gurús del neoliberalismo y la democracia occidental pregonaron, para que pregonara con ellos todo el orbe: ¡Es la civilización! El prodigioso bienestar que da la máquina y la factibilidad de enriquecerse con el menor esfuerzo. La libertad individual. Esa que transforma, como por arte de magia, el egoísmo en eficiencia. El poder que sacraliza la propiedad privada y garantiza a cualquier costo el respeto al libre albedrío y de opinión. El edén de la libre opción. ¡La muerte de las ideologías y el entierro definitivo de la lucha de clases! Se ofertó el regalo de la vida democrática, desde los dictámenes de un centralizado y hermosísimo orden mundial. La libertad de empresa sustituyó la locura de la centralización estatal. El oferente mercado único catalizó conciencias irredentas y enfrió “cabezas calientes”. Se negaron los totalitarismos y se rindió pleitesía al mercado total. Desde que se derrumbó el oprobioso “Muro de Berlín”, todos somos iguales, se dijo, junto al discurso del fin de la historia. El socialismo real, desenmascarado, sólo era el ruinoso recuerdo de un tiempo equivocado. Todo estaba perfectamente calculado y, desde los réditos que proporciona a los calculadores el poder, se logró que la mayoría de los seres humanos se sintieran realmente demócratas, depositando votos en las urnas electorales. ¡Era suficiente eso, para qué exigir más participación! Y, en el mismito centro de todo ese maravilloso mundo, de increíble infraestructura y de mucho más increíbles habilidades bursátiles, blandió su hegemónica bandera, el paraíso, la potencia por excelencia: los Estados Unidos de Norteamérica. La fragilidad El reciente martes 11 de septiembre las simbólicas “Torres Gemelas” de Nueva York fueron pulverizadas por un condenable ataque suicida que enterró inmisericordemente a seres humanos. A hombres y mujeres que en su mayoría, fuera de los intereses económicos del poder, vivían determinados por lo que el sistema decide. Todos hasta ahora, latinos, chicanos, morenos, nada rubios y sobre todo, para nada altos ejecutivos o magnates de la élite capitalista. Otros, seres humanos de nacionalidades diversas, junto a los estadounidenses siguen estupefactos y sufriendo la incertidumbre de no encontrar al familiar desaparecido o el temor de ser inesperadamente agredido. La incredulidad, por el ataque suicida que sumió en el caos a Washington, hasta entonces intocable, se une a la inseguridad de la sospecha. El Presidente de Estados Unidos de Norteamérica declaró “estado de guerra”. “Es la primera guerra del siglo XXI”, sentenció el mandatario. Y, desde entonces, no es posible dejar de respirar un aire que pesa mucho por la fragilidad que transmite. Se examina cualquier rincón del orbe, y la democracia que se oteaba al finalizar el siglo XX, no es más que un frágil remedo. La economía refleja fragilísimos porcentajes de crecimiento, bastante menores a los de hace un año. Frágil es también la ecología. Pero, más frágil todavía, el estado de salud mental de la mayoría. Baste, para muestra un botón: la sangre, de las miles de víctimas inocentes del terrorífico atentado, sirve de sustento, a los intereses electorales de inescrupulosos “demócratas” nicaragüenses, enemigos acérrimos del sandinismo. El dolor sincero, la repulsa honrada, para cualquier tipo de terrorismo, venga de donde venga, brilla por su ausencia. Resalta infame el odio visceral. El antagonismo ideológico, cobra fuerza, en las conciencias de quienes se supone han enterrado a las ideologías. Es la paradoja de esta humanidad embrutecida por una civilización que olvidó al ser humano en aras de la máquina y el dinero. La venganza Según las noticias que el estado de guerra permite, se sabe, entre otras cosas que: se han identificado exitosamente a muchos de los secuestradores de cada uno de los cuatro aviones suicidas. Hasta del que fue traído abajo, por orden del mandatario norteamericano. Se “sigue la pista” de sospechosos colaboradores. Se desmiente, por supuesto, que se estén realizando detenciones. Pues, los servicios de inteligencia, aseguran como siempre, que sólo están interesados en interrogar, jamás en reprimir. También se tiene conocimiento de que miles de agentes y centenares de miembros de la oficina de lucha contra crímenes se encuentran desplegados en los lugares donde se cometieron los atentados. Por información del fiscal general, John Ashcroft, se reveló que algunos de los secuestradores siguieron cursos de pilotaje en el propio territorio estadounidense. El FBI (policía federal) y la policía de Boston (Massachusetts), se afanan y comienzan a encajar las piezas del puzzle: llamadas de teléfono, pasajeros árabes sospechosos en los aviones secuestrados, manuales de vuelo y copias del Corán en coches abandonados… Y todos los gobiernos que representan el poderío occidental, aunque algunos más reservados que al inicio, se han sumado a las pesquisas. Se estrecha el cerco en torno a Osama Bin Laden. Las revistas del sistema dan porcentajes considerables de ciudadanos estadounidenses que apoyan los ataques de represalia “aunque haya bajas civiles”. La sospecha que apunta al multimillonario saudí como autor intelectual de los ataques toma cuerpo según avanza la investigación. Ha sido condenado. La civilización sataniza en nombre de la moral al fundamentalista, con una guerra santificada y bendecida por quienes no quieren que la recesión económica se agudice y el sacrosanto capital se pierda en los senderos transformados por las contradicciones históricas, que dan fin a los imperios. Única alternativa sensata Aquí y acullá la desastibilización y el terror nos invaden. Habrá demasiadas víctimas inocentes en comparación con los que oportunistamente salgan ganando. Mientras tanto, sabidos de que Osama Bin Laden fue pieza clave en fraticidas guerras del gobierno norteamericano contra quienes consideró sus enemigos, los sensatos seres humanos de toda la Tierra (que los hay, los hay), deben optar porque el odio irracional de la venganza no siga engendrando sepultureros de la civilización. Para siempre, la única alternativa debe ser: repudiar con energía ética inclaudicable todo tipo de terrorismo, desde el individual o de grupo, hasta el de Estado. |
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