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| 23 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos El motor financiero de Osama Bin Laden
Xavier Caño Tamayo
En 1986, William Casey, director de la CIA, aprobó la propuesta que le hizo Pakistán de reclutar musulmanes por todo el mundo como soldados contra los soviéticos y el régimen marxista de Kabul. El saudí Osama Bin Laden, uno de los organizadores de ese ejército de luchadores a favor de Afganistán, se cuidó de la gestión financiera de la operación con la protección, instrucción y asesoramiento de la agencia estadounidense. La operación tuvo éxito y casi cuarenta mil musulmanes, integristas y religiosamente convencidos de la santidad del empleo de la violencia contra la URSS, llegaron a Afganistán desde todas las partes del mundo. Una increíble y severa miopía hizo que la CIA no previera que aquel ejército, que llegó a ser denominado "luchadores por la libertad", podía dirigir su pericia bélico-terrorista contra su principal patrocinador: los Estados Unidos de América.
Ahora, tras el terrible atentado contra Nueva York y Washington, la administración estadounidense señala a Afganistán como el país donde se ubica el "santuario" de Bin Laden. Pero, sin embargo, nada se ha oído sobre la seguridad y tranquilidad de Bin Laden para continuar utilizando su cuantiosa fortuna de cientos de millones de dólares como motor financiero de buena parte del terrorismo internacional; una fortuna con la que ha levantado y financiado una red de comandos de miles de potenciales terroristas por todo el mundo. Una fortuna que el terrorista más buscado del mundo no guarda debajo de un ladrillo ni tampoco escondida en un colchón de su casa sino que se mueve por los circuitos financieros y está depositada e invertida en bancos internacionales, empresas y paraísos fiscales. Sin dinero es imposible la actividad terrorista y Osama Bin Laden dispone con libertad y a placer de su abundante dinero para continuar con sus letales actividades. Se habla de actuación militar contra él y el país o países que lo protejan, pero nada se dice de atacar sus depósitos económicos, sus empresas, sus fuentes de financiación; tampoco se levantan voces indicando que hay otra manera indispensable de actuar contra la actividad terrorista de Bin Laden: contra su fortuna. Esos cientos de millones de dólares han de estar en algún lugar y, a buen seguro, cuentan con complicidades de gentes muy respetables. Localizar los lugares, entidades o empresas en los que Bin Laden tiene su fortuna para inmovilizarla es el reto que hay que acometer para atacar a Bin Laden y a sus colaboradores y cómplices donde más les puede doler: en el dinero que permite financiar operaciones terroristas de enorme escala, así como mantener una peligrosa red clandestina establecida en numerosos países, incluido EEUU. Según "Jane's Intelligence Rewiew", Bin Laden es propietario de barcos pesqueros y frigoríficos en Mombasa, también de la empresa de transportes marítimos Zirkani & Laden International de Sudán, del Banco de Recursos Botánicos de Jartum, de minas de diamantes en Uganda, empresas madereras en Turquía y oficinas exportadoras de fruta en África y Asia. La misma revista asegura que Bin Laden ha multiplicado su fortuna gracias a inversiones en Europa y Estados Unidos por medio de bancos saudíes, de los Emiratos Árabes Unidos y de Singapur, en tanto que respetables instituciones financieras han colaborado con el terrorista internacional en la adquisición de uranio en Suráfrica y de alta tecnología con aplicaciones bélicas en Israel y Estados Unidos (aparatos de visión nocturna y aparatos de navegación por satélite). Siendo tan evidente que hay que cortar la fuente de la que mana el dinero, la cuestión, sin embargo, se presenta complicada, porque esta sociedad capitalista del tercer milenio ha hecho de lo bancario y financiero, algo sagrado e intocable; incluso ha asimilado la libérrima circulación de capitales y el secretismo bancario a ultranza a la misma democracia, olvidando que en el sistema democrático los derechos son de las personas y no de los capitales. No parece, no obstante, que haya gran voluntad política de seguir la pista del dinero. Sin embargo, suprimiendo o reduciendo las fuentes de suministro financiero, podría conseguirse un severo estrangulamiento que reduciría o evitaría la financiación de actividades terroristas. Pero, salvo que lo lleven en el más absoluto de los secretos, no hay indicios de que los poderes del mundo vayan a actuar en esa dirección en su lucha contra el terrorismo internacional. Ni tampoco se sabe que los grandes bancos y entidades financieras del mundo se hayan brindado con entusiasmo democrático para colaborar en esta fase de la nueva guerra contra el terrorismo. ¿Hay más escrúpulos en meter mano en cuentas secretas y paquetes de acciones que permiten el crimen terrorista que en bombardear Kabul? No es de extrañar, porque el dinero suscita sentimientos de reverencia, casi sagrados, que se traducen en una patente de corso para los movimientos de capitales. Veámoslo en los movimientos ilícitos de dinero en los que se observa un notable allanamiento del camino para que se lleven a cabo; como el proporcionado a Raul Salinas de Gortari, acusado de varios delitos en México, que no tuvo ninguna dificultad para transferir cien millones de dólares, al Citibank en Estados Unidos y luego dispersarlos en numerosas cuentas secretas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Suiza. La Contaduría General del Congreso estadounidense llegó a afirmar que las actuaciones del Citibank "ayudaron a Salinas a disimular eficientemente tanto el origen como el destino de esos fondos". Y el Subcomité del Senado de los Estados Unidos, que se formó en 1998 para investigar una gran operación de blanqueo de capital en ese país, descubrió unas 350 nutridas cuentas bancarias cuyos titulares eran ex-dictadores y políticos corruptos de países del sur; depósitos que evidentemente no albergaban los modestos ahorros de una vida de trabajo. Se puede deducir con todo acierto que esas fortunas provenían de la corrupción cuando no del puro y simple pillaje, sin embargo, no tuvieron ninguna dificultad para ser acogidas sin preguntas ni cortapisas en respetables entidades bancarias. Y si hablamos de la corrupción, una de las lacras que pueden socavar el sistema democrático, comprobamos que en los numerosos y frecuentes congresos internacionales contra la corrupción, se habla siempre de los países más corrompidos, pero nunca de las corporaciones, grandes empresas multinacionales y bancos internacionales que los corrompen. Y cuando se ha intentado, como propusieron en 1999 los representantes de Colombia y México en un Foro Global contra la Corrupción, que se publique también una lista de esas empresas y bancos que sobornan, igual que hay una de países corrompidos, han recibido felicitaciones por la idea, pero no se ha hecho nada. Sin embargo, los expertos aseguran que para combatir eficazmente el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo internacional es necesario mayor control de los grandes bancos internacionales. ¿Mayor control?¿Y los paraísos fiscales?. Los paraísos fiscales, bien, gracias. No hay ni asomo de voluntad política en la comunidad internacional para apretar las tuercas a esos estados de cartón-piedra que trafican con dinero para que dejen de ser cómplices de hecho de delincuentes organizados y terroristas. En el caso de Bin Laden es preciso seguir la pista del dinero. Localizar el dinero del terrorismo y a continuación actuar en consecuencia y con contundencia. ¿O acaso la comunidad internacional está legitimada para enviar portaaviones, unidades blindadas y tropas expedicionarias a Afganistán, pero no lo está para intervenir cuentas bancarias, inversiones y depósitos utilizados para actividades terroristas tan brutales como las de Nueva York y Washington? |
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