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| 23 de septiembre del 2001 |
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Ataque a Estados Unidos Hipocresía infinita
José Carlos García Fajardo
La prohibición por EEUU a la apertura de la Asamblea de las Naciones Unidas constituye una agresión a los representantes de la soberanía universal. Es la primera vez en más de cincuenta años. Ni en los peores momentos de la guerra fría, guerras de Corea, Vietnam, embargos a Cuba, Libia, Sudáfrica, Irán o Irak, desmoronamiento de la URSS, guerras en Africa, dejaron de reunirse los representantes de los Estados miembros del principal foro donde deben debatirse los grandes problemas que afectan a la humanidad.
Es estruendoso el silencio del Secretario General, Kofi Annan, cada día más al servicio de los grandes intereses de las potencias del norte y de las transnacionales financieras a las que ha acudido para que le ayuden a compensar el endémico déficit presupuestario de la ONU. No ha dejado de llamar la atención que, en el mismo día que EEUU sufría el execrable atentado terrorista en objetivos simbólicos de su poder a los ojos del mundo, el Congreso aprobara sin discusión el pago a la ONU de la deuda que venía arrastrando durante años y que se limitaba a ir aliviando con las cantidades justas para no perder su derecho de voto y de veto. ¿Qué pretenden ahora con este secuestro de los poderes fundamentales de la más alta institución supranacional del mundo?. Aducir que no pueden garantizar la seguridad de los participantes en la Asamblea de la ONU no es verosímil. Bien se protege a los dirigentes que acuden a rendir pleitesía al César en plena crisis. Como si los terribles hechos del día 17 no hubieran demostrado que el más poderoso enemigo del sistema norteamericano no está fuera de sus fronteras ni va a requerir de los escudos de misiles que le exige la insaciable industria armamentística. El enemigo está dentro de sus fronteras y se mueve como pez en el agua utilizando sus técnicas, sirviéndose de sus circuitos financieros y en muy posible connivencia con esos 900.000 millones de dólares procedentes del narcotráfico y del crimen que cada año se blanquean a través del aséptico sistema bancario impuesto por el modelo de desarrollo imperante. La historia pedirá cuentas a un Secretario General que no ha sabido estar a la altura de su compromiso histórico. Como sucederá con el presidente Bush que, ensoberbecido por una victoria electoral más que discutible, se instaló en un progresivo aislacionismo, en una política prepotente de desprecio a los grandes Acuerdos Internacionales como el Tratado de no Proliferación de armas nucleares, la prohibición de desarrollar armas químicas y bacteriológicas, la no-ratificación del Tribunal Penal Internacional para perseguir crímenes contra la humanidad, la no-ratificación del Protocolo de Kioto en defensa del medio ambiente y la no-ratificación del Tratado de Derechos del niño firmado por todos los países del mundo excepto por EEUU y Somalia. ¿Con qué autoridad moral prohibirá a India y a Pakistán que desarrollen sus programas nucleares? ¿Qué fuerza tendrá para presionar a Irak en ese injusto embargo que ya ha causado ochocientas mil víctimas infantiles por hambre y desnutrición? ¿Cómo pedirá el apoyo a otros países musulmanes para aplicar las resoluciones de la ONU contra Afganistán cuando ha apoyado la política genocida de Israel contra los palestinos en la más inmoral de las políticas de asesinatos selectivos preconizada por Netanyahu, Sharon y la más cerril derecha israelí? El mundo entero ha sido testigo de la falta de liderazgo del presidente de la nación más poderosa de la tierra prácticamente secuestrado por sus servicios de seguridad durante 8 horas que estremecieron al mundo. Sus mensajes han mostrado el desconcierto de su gobierno y cada vez que improvisaba hizo sentir vergüenza ajena ante la pobreza de su pensamiento. Un Jefe de Estado que llora ante las cámaras de televisión en lugar de buscar las causas de la tragedia no merece el respeto de los ciudadanos. Pasará la emoción y se instalará la vergüenza. Ha hablado de guerra sin condiciones cuando todavía no se conoce al agresor ni al enemigo. Ha hecho que la OTAN ponga en marcha el artículo 5 por primera vez en 52 años como si uno de sus miembros hubiera sido atacado por una potencia extranjera, recibiendo las advertencias y cautelas de los más importantes líderes europeos, no de los gobiernos español e italiano víctimas de un entreguismo sonrojante. Ha puesto en marcha la más espantosa maquinaria de guerra con portaaviones, centenares de aviones, submarinos atómicos y la amenaza de ocupar países sensibles y explosivos en Oriente Próximo y en las antiguas repúblicas asiáticas de la URSS: el Golfo Pérsico y el Mar Caspio donde se encuentran las mayores reservas de energía del planeta. Afganistán es un pretexto donde no existen infraestructuras, nada más que hambre, miseria y un horror que la CIA financió desde Pakistán para arrojar a los rusos de ese paso necesario para sacar hacia Occidente las inmensas riquezas petrolíferas de las repúblicas asiáticas, objeto de deseo de la antigua Rusia y de la creciente China cuyo consumo de petróleo pronto alcanzará al de EEUU. El acercamiento Rusia-China, después de décadas de distanciamiento, alertó a los halcones que buscaban un pretexto para instalarse en esa zona hacia donde se dirigen los superbombarderos. Pero lo que más alarma a la opinión pública es el vocabulario apocalíptico, fundamentalista y fanático del presidente Bush que, al preconizar la guerra sucia, justificar cualquier medio con tal de alcanzar los fines que garanticen el imperio de unas ideologías que piden una revisión radical presidida por la justicia social, habla de Justicia Infinita y del triunfo del Bien sobre el Mal. Como sostienen respetables teólogos, quizás haya llegado la hora de imponer una moratoria de mil años al uso de la palabra "Dios" para emplearnos en promover la justicia, la solidaridad, la paz, el respeto y unas formas de vida sencillamente humanas, donde el hombre no sea un arma arrojadiza contra los demás hombres y donde la globalización sea el bastidor donde se mueva la lanzadera de la vida sobre la urdimbre del amor y la trama de una felicidad compartida. |
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