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La insignia
21 de septiembre del 2001


Ataque a Estados Unidos

Europa ante EEUU


Alberto Piris (*)
Estrella Digital. España, 21 de septiembre.


La insignia


Especial

Ataque a
Estados Unidos

 

Hoy, viernes 21 de septiembre, está prevista en Bruselas una reunión de jefes de Estado y de Gobierno de los países europeos, en una conferencia al más alto nivel en la que se tratará de definir su solidaridad con EEUU, pero también de establecer claramente sus propias prioridades. Aunque el ambiente de irritación prebélica que ha agitado a Washington en los días pasados parece haberse calmado algo y las airadas expresiones oficiales de ira y venganza no son ahora tan rotundas, no será fácil hallar un espacio común de encuentro entre puntos de vista tan poco coincidentes como los que existen a uno y otro lado del Atlántico.

No es que en ambas orillas no exista un mismo rechazo evidente y bien definido frente al terrorismo. Ni que no se haya sentido por igual, en carne propia, el salvaje atentado perpetrado contra Nueva York y Washington. Ni que existan desacuerdos en la necesidad de castigar a los responsables de esa tragedia y en el legítimo derecho de EEUU a ejercer las represalias proporcionadas que estime adecuadas.

Pero muy pocos dirigentes políticos europeos podrían hoy suscribir desapasionadamente la estruendosa y perturbadora declaración de Bush: "Hemos declarado la guerra al terrorismo internacional y la vamos a ganar". El presidente francés, por ejemplo, ha dejado muy claras sus dudas sobre el hecho de que estemos frente a una guerra. Es muy difícil no compartir su opinión. Una vez más, el uso irreflexivo de las palabras como instrumentos para movilizar a la opinión pública puede resultar muy peligroso. No es lo mismo empeñarse en una lucha continuada, tenaz e implacable contra los diversos grupos terroristas activos de los que se tiene noticia, que "declarar la guerra al terrorismo", así en general y sin más precisiones. Del mismo modo que no se puede declarar la guerra al narcotráfico, al crimen organizado o a la inmigración ilegal, conceptos amplios y difusos, si antes no se les materializa de modo concreto y bien delimitado. La falta de reflexión de muchos medios de comunicación les ha llevado, en los pasados días, a alarmar innecesariamente a la población, con titulares como "EEUU, en guerra", "La guerra llega a América", "Comienza la Tercera Guerra Mundial". El ministro de Defensa español hubo de puntualizar hace dos días, en unas declaraciones radiofónicas, algo que debería ser evidente para todos: "España no está en guerra. La OTAN no está en guerra. El mundo no se encamina hacia una guerra". Estropeó los titulares del día siguiente, pero puso las cosas en su sitio.

Para comprobar la dificultad que tiene el seguir los bandazos de la política de Bush, forzado por la necesidad de reavivar el orgullo y el patriotismo norteamericanos -y también, conviene recordar, reafirmar su popularidad y anticipar su próximo triunfo electoral-, basta intentar desentrañar la siguiente secuencia. En primer lugar, sin haber concluido las investigaciones que lo prueben, se ha declarado a Bin Laden responsable máximo del ataque terrorista del 11-S y se ha exigido a Afganistán su extradición mediante un ultimátum. Solo el apasionamiento de los primeros momentos podría hacer aceptable tal violación básica del derecho internacional. Concedámoslo, como un supuesto teórico y en atención a los muertos producidos por el atentado, aunque haya que olvidar el pánico al que ha sido sometido el infeliz pueblo afgano, que se agolpa, aterrorizado, hambriento y humillado, ante las cerradas fronteras de Pakistán. Pues bien, acto seguido se anunció desde Washington que, aunque se entregase a Bin Laden, se produciría una represalia militar, a la que ayer mismo se puso un ridículo nombre: "Justicia infinita". ¿Qué es lo que realmente pretende conseguir EEUU con estas decisiones contradictorias?

Es esa arrogancia de la política exterior de EEUU, que puede actuar unilateralmente cuando lo desee -no necesita apoyos militares, desdeña las cortapisas que le supone contar con la ONU y define sus prioridades exclusivamente en función de los intereses nacionales-, la que puede entorpecer la reunión de Bruselas. En estas páginas electrónicas citaba Luis de Velasco a algunos comentaristas del diario The Nation, en el que, a menudo, norteamericanos inteligentes y no exaltados intentan comprender los puntos de vista de otras naciones. "¿Se escuchó [...] a alguien advertir que en esta época globalizada, la política de EEUU -sus acciones u omisiones en el exterior, justificadas o no- lleva finalmente a consecuencias en casa?". Una relación directa entre el terrorismo internacional y los errores políticos propios es difícil de asumir cuando la sangre clama venganza, cuando, al peor estilo de un western, el presidente de una nación civilizada añora los viejos carteles de "Se busca, vivo o muerto". Pero es necesario hacerlo y los sectores liberales de EEUU tienen en esto una misión que el mundo habrá de agradecerles.

A la vez que es necesario combatir el terrorismo, cada terrorismo, los distintos y a veces divergentes terrorismos que campan por el mundo, un esfuerzo análogo habrá de aplicarse a su prevención y al análisis de las causas que los suscitan. A tener en cuenta los errores de los poderosos que causan la desesperación de los pueblos oprimidos y humillados. A actuar con justicia e imparcialidad. Y a no ignorar sistemáticamente a Naciones Unidas y reforzar, sin regateos, su importantísimo papel como único organismo dedicado "al fortalecimiento de la paz y la seguridad internacionales".


* General de Artillería en la Reserva del Ejército español y analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)



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